SAN JACINTO

"Megabasurero" de petróleo y frigoríficos pone a vecinos de Canelones en pie de guerra

Productores alertan por el impacto en el agua y el aire en la zona. La comuna los apoya, mientras el actual titular de Medio Ambiente ve “con buenos ojos” este tipo de proyectos.

Megabasurero en San Jacinto
Vecinos juntaron 3.000 firmas contra el proyecto de Eco Australis (Foto: Fernando Ponzetto). 

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La ruta 8, la 11 y la primera entrada a la izquierda. Aunque el camino es laberíntico, con callecitas de tierra, con senderos que se bifurcan, es imposible perderse. Alcanza con mirar hacia arriba y seguir la línea de cables de Antel. Google Maps dice que este trayecto es de unos 10 kilómetros. Parece más. Es desértico y tedioso. Muy de vez en cuando asoman vacas y casi nunca algún caballo. Unos 20 metros antes del portón de la chacra de Daniel Ponce, un tractor obstruye el paso. Sobre él va sentado su único empleado, que saluda con una sonrisa austera y mueve la máquina. Adentro es todo verde amarillento, pasto y gramínea. Al monótono paisaje solo lo interrumpen las dos casas: la de un piso, de Daniel y su esposa, y la de dos, en la que viven una de sus hijas y dos de sus nietos. Tiene cinco hijos más que a veces van a visitarlo.

Hace 20 años que Daniel, que hoy tiene 75, le dijo adiós a la capital. Antes se dedicaba a exportar maquinaria para el campo procedente de Holanda —lo que ellos ya no usaban acá era tecnología de punta. Compró 42 hectáreas, algo de ganado y se lanzó a la aventura. Suele tener siempre unas 80 vacas y su negocio es engordarlas. En un rato contará que le suma 200 kilos a cada una antes de vendérselas a los frigoríficos en primavera. Lo dirá inflando el pecho, con excesivo orgullo por cada uno de esos 16.000 kilos.

Apenas bajo del auto, al mismo tiempo que le ordena a sus perros que me dejen en paz, invita a caminar hacia un descampado. Estamos rodeados de pasto y bastante lejos están desperdigados los 250 árboles que dice haber plantado con sus propias manos. El frío congela la sangre. Primero se da dos cachetadas suaves en la mejilla izquierda; después se da otras dos, un poco más fuertes, como para captar mi atención.

—¿Ves?, ese es el viento del sur —me explica mientras tiemblo—. Está siempre. En invierno y en verano. Ese es el viento que no nos va a dejar vivir. El que va a traer todo el olor que salga de la planta. El hedor va a ser insoportable, nauseabundo. No vamos a poder ni comer. La tranquilidad del campo se va a convertir en una tortura.

La planta

Eco Australis Latinoamérica S.A. es una empresa con capitales argentinos y uruguayos, que dice sustentar sus actividades en la experiencia técnica que le aporta IBS Córdoba S.A. Esta otra firma de la vecina orilla trabaja desde 1999 en el tratamiento de “residuos industriales y peligrosos”, comúnmente provenientes del petróleo. Su plan es instalar una planta en Estación Pedrera, al borde de Empalme Olmos, sobre San Jacinto.

La viabilidad ambiental de localización de Eco Australis fue firmada por Alejandro Nario, ex número uno de la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama). Tras esto la empresa entregó el 22 de mayo un informe con los pormenores de la obra, y un resumen fue colgado en la página web del organismo. El título es: “Planta de valorización de residuos orgánicos”. No se advierte sobre el petróleo.

El documento fue elaborado por la firma Adapta. Una de las técnicas encargadas de redactarlo fue Sandra Castro, quien según su perfil en Linkedin es socia de Adapta. Antes fue jefa del laboratorio ambiental de la Dinama entre 2006 y 2010, y desde 2016 trabaja para el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (Mvotma) —del que depende la Dinama— como coordinadora del Plan Nacional de Aplicación del Convenio de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes.

El escrito dice que la planta de Eco Australis dará “tratamiento y disposición final a industrias, agroindustrias y servicios que generen residuos orgánicos Categoría I y II”. Según el Decreto 182/013 los primeros abarcan aquellos que son inflamables, corrosivos o reactivos; que contengan sustancias carcinogénicas, muy tóxicas, nocivas e irritantes; que impliquen riesgo biológico especial, pasibles de contener agentes patógenos y que puedan implicar un riesgo a la salud de la población o la sanidad animal o vegetal; que contengan un alto grado de arsénico, mercurio, níquel o plomo, solo por nombrar algunas sustancias.

Eco Australis dice que los residuos que tratarán provienen de las siguientes industrias: “frigorífica, avícola, chacinera, oleaginosa, azúcar y alcohol, vitivinícola, cervecería y maltería, pulpa y papel, derivadas del petróleo, procesamiento de frutas y estaciones de servicio y talleres”.

Su plan, advierte la empresa, es tratar unas 4.000 toneladas de residuos al mes: 700 para compost, mientras que 300 serán para biopilas y 3.000 para landfarming —dos procedimientos que se utilizan mayormente para desechos de hidrocarburos.

—De compostaje no va a haber nada. Van a trabajar con restos de petróleo, la porquería de las estaciones de servicio, y lo orgánico va a ser el triperío de los pollos, los restos de las vacas, la sangre. Nos van a arruinar —dice Daniel, que tiene parte de su terreno en Empalme Olmos y otra parte en San Jacinto, y que está a apenas 1.700 metros del predio de 55 hectáreas donde estaría ubicada la planta.

El mismo informe de Adapta reconoce algunas debilidades del proyecto. Dice que se generarán emisiones de compuestos orgánicos volátiles (COV), nitrógeno y azufre, los cuales son considerados altamente contaminantes, y que estos pueden “afectar la calidad del aire, contribuyendo indirectamente al efecto invernadero”.

También dice que se verán afectadas las abejas, y que podría generarse una “migración de contaminantes por medio del suelo hacia las aguas subterráneas”. El proyecto, no obstante, matiza estos últimos dos puntos advirtiendo que no hay más de 20 colmenas alrededor y que solo existen “magros caudales de agua”, descartando la presencia de un acuífero.

—¿De dónde es que saco agua yo si no hay un acuífero? Acá es todo agua de pozo —se indigna Daniel—. Y sé por los vecinos que en la vuelta hay 50 colmenas. ¿Cómo puede ser, entonces, que solo 20 se vayan a ver afectadas?

Una explicación a todo esto podría ser que la planta fijó su área de influencia en unos 1.700 metros a la redonda, mientras que el grupo de vecinos al que pertenece Daniel —y que ya presentó más de 3.000 firmas a la Dinama en contra de lo que denominan el “megabasurero de petróleo”— reclama que deberían considerarse 5.000 metros.

Por eso el documento de Adapta dice que hay solo dos escuelas rurales en la zona: la 77 y la 144, con seis y 15 alumnos cada una. Los vecinos sostienen que estas en realidad tienen siete y 23 alumnos, y que también tiene que ser incluida la escuela 43 de El Talita, que está a 2.500 metros de donde va a estar la planta, y que cuenta con 70 estudiantes. Desde Primaria aclaran estos números: la 77 tiene cuatro alumnos; la 144, 24; y la 43, 64.

En tanto, mientras Adapta habla de 51 hogares, 66 viviendas y 140 personas, los vecinos dicen que son 200 familias las que se verán afectadas.

Horacio Lacruz, megabasurero, San Jacinto
Horacio tiene su chacra a 150 metros del terreno de Eco Australis.(Foto: Fernando Ponzetto).

Sin abejas no hay cebollas

Horacio Lacruz tiene 49 años y se dedica a la plantación de cebollas y zapallos (cabutia y calabacín) en Empalme Olmos. Con su socio empezaron hace seis años con una hectárea y media. Hoy tienen 70 y la planta de Eco Australis se les va a instalar a unos 150 metros.

—Va a haber que acostumbrarse a vivir con los olores, pero voy a tener que seguir. Las corrientes de agua van a traer todo para este lado y yo voy a tener que regar. Eso es lo que van a comer los uruguayos. Alguna cebolla capaz que te toca —dice Horacio, y apenas sonríe festejando su broma debajo de su boina vasca.

La planta de Eco Australis se propone emplear a 10 obreros para su construcción, que demorará entre dos y tres meses; luego contratarán de tres a cinco personas para trabajar de manera permanente, en turnos de ocho horas, de lunes a viernes. El documento que entregaron a la Dinama dice que en caso de que “el emprendimiento sea exitoso”, el personal podría duplicarse.

Horacio ya no sonríe, sino que lanza una carcajada. Él tiene cinco empleados fijos y en tiempos de cosecha contrata a unos cuantos más.
—La semana pasada vinieron 50. Se quedan tres o cuatro días, van y vienen. Son momentos puntuales, pero es mucho el trabajo que damos, trabajo de verdad.

De sus plantaciones saca entre 700.000 y 900.000 kilos de cebolla por año, lo que vuelca todo al mercado interno. La mayoría va para los supermercados de la capital. Es considerado un productor grande. En total en todo el país se plantan unas 1.000 hectáreas de cebolla. La producción es importante, dice, porque cerca tiene un apicultor con 30 colmenas —10 más que las que Eco Australis dice que hay próximo al predio donde colocará la planta. Las abejas son las que se encargan de transferir los granos de polen haciendo que las cebollas —en este caso— se reproduzcan.

—Nosotros estamos temblando, porque acá hay un montón de inversión que no la hacés en dos días. Tenemos bastante saneado, pero también pedimos créditos. Y esto, si viene la planta, va a ser invendible. Va a pasar como en Cañada Grande, que los campos pasaron de valer US$ 8.000 a US$ 2.000.

Horacio se refiere al basurero de Cañada Grande, cerca de Empalme Olmos, que recibe unas 450 toneladas de basura por día, y que también ha sido un dolor de cabeza para los vecinos de esa zona.

El sitio será peligroso y deberán abandonarlo

En el escrito presentado por la empresa Adapta sobre la planta que Eco Australis pretende instalar en Estación Pedrera, se incluye una página sobre cómo será la “fase de abandono”, la que ocurrirá una vez que sea peligroso seguir desempeñando tareas allí. Aunque no se manejan fechas, se advierte que por 10 años luego del abandono la empresa se compromete a hacer un monitoreo de las aguas subterráneas del lugar. Se aclara, además, que el predio no podrá ser usado nunca para residencias ni para uso agrícola. Y el suelo excavado no podrá tampoco utilizarse como relleno en otros lugares. El documento también advierte que antes del cierre definitivo pueden realizarse cierres parciales de algunas áreas.

¿Un mal menor?

Eduardo Andrés, flamante director de la Dinama, trata de ponerle paños fríos a todo este asunto. Lo que él advierte es que históricamente el plan del organismo ha sido disminuir la concentración de residuos, y que para eso los distintos gobiernos se han valido del trabajo de empresas privadas que han desarrollado tecnología para poder hacerlo. En este sentido, dice que emprendimientos como el de Eco Australis, aunque son vigilados de cerca, suelen ser vistos “con buenos ojos”.

—No es lo mismo que un frigorífico tenga que distribuir sus desechos en un territorio cualquiera, buscando el menor costo de disposición de los residuos, a que lo haga en una planta de estas características con el menor costo posible para el medio ambiente. La diferencia que tiene esta planta es que además de compost y residuos orgánicos, lleva adelante otra práctica que se llama landfarming, que es un procedimiento que se utiliza para productos derivados del petróleo.

En cuanto a qué concretamente se espera que la planta reciba, explica que se trata, más que nada, de aceites o combustibles que puedan ser producidos en una estación de servicio o en un taller. Comúnmente lo que pasa con estos residuos, señala Andrés, es que terminan en canales o cursos de agua, donde son llevados “de manera ilegal”.

—El landfarming, ¿qué es? —continúa el director de la Dinama—. La disposición de esos residuos en un suelo que sea apto para recibirlos, que tenga material orgánico. Los microorganismos presentes en el suelo, más la actividad del sol y del agua, procesan esos derivados de hidrocarburos. Lo que se hace es neutralizar esa actividad supuestamente tóxica y anclarlos en el lugar. Esa planta lo que hace es depositar los productos en el suelo.

Andrés reconoce, sin embargo, que esto tiene aspectos negativos. Dos de los más importantes, dice, son la producción de olor, “por la oxidación de la materia orgánica, que produce fermentaciones”; y el ruido, “por los camiones que van a transitar la zona”. Sobre la desaparición de abejas —que el informe de Adapta asume, pero no aclara si es que lo que emane de la planta las aniquilará o provocará que emigren—, dice no tener conocimientos. No menciona nada sobre la contaminación de los cursos de agua.

El director de la Dinama advierte que al haberle dado Nario, su antecesor, la viabilidad ambiental de localización, quiere decir que ya se hizo un análisis del lugar y se revisó que los aspectos negativos del proyecto no sean mayores que los positivos. De aquí en más lo que queda es que la Dinama recoja las opiniones de los vecinos y de la Intendencia de Canelones, y pida, en caso de que lo crea necesario, que Eco Australis realice algunas modificaciones a su proyecto.

—A la actividad en sí, si hubiera que ponerle puntaje, es un buen puntaje, porque pasamos de mirar para un lado y tirar los residuos para el otro, a procesarlos con seguridad y responsabilidad. De todos modos entendemos el reclamo de la gente, lo tenemos en cuenta, y estamos evaluando la situación. Desde el punto de vista legal, instalar una planta de ese tipo en un lugar rural, se puede. Salvo que haya algo jurídico... Tenemos que respetar el derecho privado. No digo que vamos a respetar solo el derecho privado, sino que vamos a tener en cuenta todo —concluye Andrés.

José Pedro Alegre, megabasurero, San Jacinto
José Pedro vende peras a Italia y teme que el negocio se venga abajo (Foto: Fernando Ponzetto).

Made in Uruguay

José Pedro Alegre tiene 64 años y trabaja desde los 15 en la misma quinta de Empalme Olmos. Son 150 hectáreas que cambiaron de dueño una y otra vez, pero hace mucho que él es el encargado. Es todo pera y limón. Sacan 750.000 kilos de cada uno por año. Y según él, es de lo mejor que se cultiva en el país. Nada de insecticidas y nada para el mercado uruguayo. Todo se exporta a Italia. Entrar a Europa no es fácil. Y su mayor temor es que esa puerta que tanto costó abrir, se cierre de un portazo.

Para no usar insecticidas lo que José Pedro hace es llevar adelante un procedimiento que se conoce como “confusión sexual”. Los dos insectos que más se suelen ver atraídos por sus cultivos se llaman carpocapsa y grafolita. Lo que hace es evitar que estos se reproduzcan haciendo que el macho nunca encuentre a la hembra. Esto lo logra a través de ciertos productos químicos que emiten un olor idéntico al de la hembra, entonces “el macho no sabe para dónde ir”.

Otra exigencia de la Comunidad Europea para que estas peras y estos limones puedan cruzar el océano es que no haya nada de basura en el sitio en el que se producen.

—Tenés que tener un campo limpio. Si recibís algo de plástico lo tenés que devolver. O sea, si trajiste cinco tanques de aceite, que se usa para calentar las plantas para que las flores salgan más parejitas, tenés que llevar esos tanques a un lugar específico en Montevideo. Te das cuenta, entonces, de que si no puedo quemar un tanque en la quinta, si no puedo usar fertilizantes, mucho menos puedo tener una planta de estas cruzando la calle —dice con indignación José Pedro.

Una de las plantaciones de limones está exactamente allí, a escasísimos metros del terreno de Eco Australis.

En cuanto al costo de esta quinta, solo para la confusión sexual invierten US$ 12.000 por cosecha de cada uno de los cultivos. José Pedro dice que 11 familias viven gracias a estas plantaciones, y que hay días en que hay hasta 45 personas cosechando limones.

—Traigo a trabajar gente hasta de Salto. Están acá dos o tres meses y se vuelven. Acá sí hay trabajo —me dice casi a los gritos.

José Pedro planta tres tipos de peras: Santa María, Abate Fatel y Barlett Roja. Las últimas dos difíciles de conseguir en ferias y supermercados uruguayos.

Si nos cortan el mercado europeo, todas estas peras yo las tengo que volcar al mercado interno. Si eso pasa, nadie más vende una pera en Uruguay. No hay peras como estas.

Daniel Ponce, megabasurero, San Jacinto
Daniel organizó a los vecinos para que se resistan a la planta (Foto: Fernando Ponzetto). 

Con los vecinos

Leonardo Herou, director de gestión ambiental de la Intendencia de Canelones, dice que se enteró de qué iba el proyecto de Eco Australis a través del informe de Adapta publicado en la web. Luego elaboró un documento que la comuna envió a la Dinama, en el que advierte que la planta no puede empezar a construirse hasta obtener un permiso del gobierno departamental.

Además, en el escrito de dos carillas al que accedió El País, hace una puntualización de las que entiende son las contradicciones del proyecto. Por un lado, advierte que mientras la empresa presenta su intención de hacer una Planta de Valorización de Residuos Orgánicos, al leer la información presentada por ella misma se devela que en realidad se trata de una Planta de Tratamiento y Disposición Final de residuos Categoría I y II. También advierte que aunque la planta dice que va a gestionar residuos procedentes de frigoríficos y avícolas, “queda la duda” sobre el tipo de residuos al que se refiere.

Una cosa es procesar cueros y pluma, y otra tripas —alerta sobre este punto Daniel Ponce, el vecino.

Herou también pide, entre otras cuestiones, que se haga un monitoreo de los tajamares y tanques por donde los residentes sacan agua, para determinar si estos se pueden ver contaminados.

Consultado sobre si la planta podría no ser habilitada, Herou prefiere no dar certezas para un lado, ni para el otro.

—A cualquier habilitación se le puede decir que sí o que no. Si a la intendencia no le convence no se va a aprobar, pero todavía no nos llegó la documentación que pedimos para analizarla.

El País intentó comunicarse con Eco Australis a través de un e-mail de la empresa que figura en el resumen del proyecto publicado por la Dinama, pero no obtuvo respuesta.

¿Cómo se elige dónde se va a ubicar un megabasurero?

Eco Australis eligió Estación Pedrera por varias razones:los eucaliptos que le servirán de cortina forestal, la accesibilidad desde Montevideo y las características del terreno. También porque la zona es considerada clase 5 dentro del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), es decir de menor importancia para el período 2015-2020, aunque igual el Mvotma advirtió la necesidad de buscar “estrategias para su conservación”. La ubicación de estos emprendimientos siempre es un problema. Justamente en este momento la Dinama revisa una autorización dada por el anterior gobierno al “megabasurero” de Cerro de Mosquitos, que sustituiría a la actual planta de disposición final, tras un reclamo realizado por los vecinos.

Acá no

Pegado al terreno donde estaría ubicada la planta también está el tambo de César González. El suyo casi es un mandato familiar. Su padre compró el primer tambo en 1952, cuando él tan solo tenía seis años. Siempre trabajaron para Conaprole, la empresa láctea que había nacido algunos años antes, en 1936. Es un predio de 250 hectáreas en Empalme Olmos, donde viven él, sus cuatro hijos y sus 10 empleados.

González jura que es uno de los más grandes tamberos en venderle a Conaprole, y luce números impresionantes. En 2010 le entregó a la empresa 1.890.722 litros de leche. En 2015 alcanzó su récord: 2.600.238 litros. Y en 2019, 2.338.381.

—No me pueden poner un basurero. Me van a contaminar el agua con la que les doy de tomar a las vacas. Y se va a llenar de mugre, de ratas, de perros, de cualquier cosa. Si me tengo que parar con un revolver en la puerta del campo, me voy a parar. Pero de acá no me sacan. Acá no.

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