Sharon Begley, Newsweek
Si uno sigue las noticias sobre las investigaciones en torno a la salud, puede quedar traumado. Primero, uno se entera que el ajo reduce el colesterol malo. Luego, tras nuevos estudios, se descubre que no. El método de sustituir hormonas reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares en las mujeres posmenopáusicas. Hasta que se descubre que no lo hace y que, para peor, puede aumentar la probabilidad de contraer cáncer. Desayunar a lo grande corta las calorías diarias. O no, como un nuevo estudio parece demostrar. Aún así, confiamos en los estudios biomédicos.
Pero ¿qué pasaría si las respuestas erróneas fueran la regla y no la excepción? Un número cada vez más grande de expertos revisan los resultados de estudios sobre la salud y afirman justamente eso. No es que un estudio acá y otro allá estén mal, agregan. Es el marco mismo, el paradigma de la investigación médica que falla, llevando una vez tras otra a hallazgos que en el mejor de los casos no han sido comprobados correctamente y, en el peor, pueden ser directamente peligrosos. El resultado es un sistema que confunde a pacientes y médicos por igual, y que es el sustento de tratamientos costosos que no curan y hasta pueden dañar.
Es una visión perturbadora, que abre grandes interrogantes para médicos, políticos y ciudadanos cuidadosos y conscientes de su salud. Uno de los cruzados de este punto de vista, el doctor John P.A. Ioannidis, ascendió recientemente una privilegiada plataforma desde la cual luchar contra este fenómeno. Como el nuevo jefe del Centro de Investigación de Prevención de la Universidad de Stanford, Ioannidis está cimentando su papel como el destructor de mitos médicos. "La gente está siendo dañada, y muere", por culpa de afirmaciones médicas erróneas, dice. No por charlatanería, sino por los errores presentes en las investigaciones médicas.
Este es su momento. A medida que los costos de la salud dificultan la situación económica general e impiden el éxito de los esfuerzos para reducir el déficit, políticos y empresarios buscan desesperadamente bajarlos sin tener que sacrificar enfermos. Una solución -no muy sofisticada- es recetar y pagar solo por tratamientos que fehacientemente funcionan. Pero si Ionannidis tiene razón, la mayor parte de los estudios biomédicos arrojan resultados erróneos.
En los dos últimos meses, dos pilares de la medicina preventiva cayeron. Un gran estudio realizado por la Cochrane Collaboration y que involucró a casi 35.000 personas concluyó que no hay pruebas para afirmar que las estatinas (inhibidores de la enzima HMG-CoA reductasa) son beneficiosos para aquellos a quienes están dirigidos: personas sin una historia de enfermedades cardiovasculares. Las estatinas cuestan unos 20.000 millones de dólares al año. Hasta la mitad de esa cifra puede ser innecesaria. El laboratorio Pzifer, que comercializa medicamentos basados en las estatinas respondió que "evaluar y manejar los factores de riesgos de enfermedades cardiovasculares es complicado". En noviembre, un panel del Instituto de Medicina llegó a la conclusión de que hacer una prueba de sangre para vitamina D es inútil: prácticamente todo el mundo tiene suficiente vitamina D para sus necesidades, sin tener que tomar ningún tipo de complemento o píldoras de calcio. El costo de la vitamina D: 425 millones por año.
Ioannidis, de 45 años, no se propuso derribar ningún mito médico. Fue un niño prodigio (calculaba con decimales a los 3 años y escribía poesía a los 8 años) y se recibió en el primer lugar de su clase, en la Universidad de Athens. Fue pasante en Harvard, supervisó los estudios clínicos de SIDA en los Institutos Nacionales de Salud en la década de los noventa, y fue también el presidente del departamento de Epidemiología en la Universidad de Ionannina, en Grecia. Fue en los noventa que tuvo una epifanía. Los estudios "positivos", que arrojan resultados de medicamentos que funcionan, llevan el mismo tiempo que los "negativos". "Pero los resultados negativos llevan hasta cuatro años más para su publicación que los positivos", notó Ioannidis "Esos resultados se encajonan. O se siguen haciendo pruebas, con la esperanza de que en algún momento la balanza se incline hacia el otro extremo y salgan resultados positivos".
Con miles de millones invertidos en estos estudios, los laboratorios no tienen muchas ganas de declarar que una nueva droga es inefectiva. Como resultado de este retraso en la publicación, los pacientes reciben un tratamiento inefectivo. Esto hizo que Ioannidis se preguntara: ¿Cuántos estudios biomédicos arrojan resultados erróneos?
Su respuesta, publicada en un trabajo académico de 2005: "la mayoría". Desde estudios clínicos de nuevas drogas a lo más avanzado en genética, los estudios biomédicos están plagados de resultados inexactos, afirmó Ioannidis.
Pero la situación no es desesperante. Porque no todo el conocimiento convencional sobre la medicina es incorrecto. Fumar mata. La obesidad, o la desnutrición, aumenta la probabilidad de una muerte prematura. Ciertos tipos de carnes procesadas aumentan el riesgo de contraer algunos tipos de cáncer. Y controlar la presión sanguínea regularmente reduce el riesgo de una apoplejía.
Para quienes se quieren cuidar, estas son buenas noticias: hay reglas y conocimientos médicos que han superado el paso del tiempo. Eso hay que tenerlo en cuenta cada vez que se anuncia la llegada de nueva píldora milagrosa o nuevos y supuestos benéficos hábitos alimenticios.
El papel de la ciencia
Dudar sobre la validez de los estudios científicos es menos tabú. En el artículo The Truth Wears Off se cita el caso de "efecto declive" en muchas investigaciones: se arranca con un resultado positivo que gradualmente pierde validez cuanto más estudios se hacen.