"Me expuse demasiado"

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Tenía 21 años en 1982. Era el jugador de básquetbol más importante del país. Terminó en un hospital psiquiátrico por fumar marihuana. Horacio "Tato" López cuenta cómo vivió esa experiencia. Los detalles de la historia se pueden leer en La vereda del destino, su autobiografía.

-¿Cómo llega a las drogas?

-El niño de oro gana una oportunidad de oro y se va becado con 17 años a Estados Unidos a jugar al básquetbol. Allá conozco la marihuana, nunca había visto un porro acá. "¿Vos jugás al básquetbol y fumás?", le pregunté a un compañero que vi. "No, voy a prender fuego el cuarto", dijo, y se dio media vuelta y se fue. El shock fue encontrar gente joven con códigos distintos a los de los jóvenes uruguayos, que eran códigos de gente vieja con miedo.

-Era otro mundo

-Llegabas a una fiesta y había profesores fumando, fumabas con tus compañeros después de entrenar como una forma de confraternizar, sin persecuciones. Al mismo tiempo, tenía cursos complementarios al básquetbol como alcoholismo y adicciones y un curso de política. ¡Mi Dios! En Uruguay teníamos dictadura y allá me enseñaban qué era el marxismo, el anarquismo, la democracia.

-¿Cómo fue regresar?

-Medio ingenuote y transparente, me vine con ese mundo. Yo sabía que no era un adicto, que lo que consumía no me dañaba. En el 79 llegaron muchos jugadores extranjeros al básquetbol y se llenó de estadounidenses. Yo hablaba inglés, había jugado allá y se dio naturalmente: después de los partidos nos juntábamos a fumar marihuana. Y era vox populi que yo fumaba.

-En Uruguay había una dictadura, ¿no imaginó los riesgos que corría?

-Sabía que podía pasar, cada tanto se llevaban a algún conocido. Pero haber vivido en otro lado me dio la dimensión de la enfermedad, de la represión y de la locura que vivíamos acá. Como jugaba en la selección uruguaya, dos por tres viajaban militares con nosotros y eran los que nos entregaban los premios. Los miraba y me causaban gracia, pensaba que eran unos payasos.

-Pero el chiste se volvió muy duro. Terminó procesado y en un hospital psiquiátrico.

-Es cierto. No fui muy inteligente, me expuse mucho. Tendría que haber zafado, pero no zafé. Todo lo que sucedió fue muy premeditado: fui un golpe mediático, porque yo no era un traficante.

-¿A qué se refiere?

-La brigada de narcóticos se creó a través de la embajada de Estados Unidos y tenían que justificar su existencia. Ellos dieron varios golpes mediáticos. Bueno, tampoco tanto, no eran cinco genios planeando. Cuando fui preso era campeón sudamericano, había ido a Estados Unidos, mi equipo había ganado los campeonatos de básquetbol que se jugaban en Uruguay. Ese personaje tenía una proyección tremenda: después agarraban a cualquier chico fumando y salía en los diarios.

-¿Cómo vivió ese proceso?

-Me dañó mucho, pero tenía la claridad o la necedad, no sé, de decir "esto es una locura". Sabía que los tipos que decían que querían salvar a la sociedad y protegerme de las drogas eran dictadores y estaban locos. Me sentía un tonto que les había dado de comer. Pero lo que más me dañó fue salir de la cárcel y ver cómo el vecino, el del club, la familia, todos me veían como un muchacho con problemas de drogas y hubo gente que no quiso estar más conmigo. El horror de los cuarteles y la masacre en dictadura dejó en un rincón olvidado la cotidianeidad de la calle, el miedo.

-¿Qué pasó después?

-Seguí consumiendo con más cuidado. Un día sentí que tenía que cambiar mi vida, vivía en los extremos y sentía que me moría. Entre esas cosas estaba el consumo, me di cuenta que me hacía mal y ése fue mi límite. Tenía la información para hacerlo, y cuando la precisé, la utilicé.

-¿Qué opina hoy de las drogas?

-Es tan complicado como todos los temas en los que están implicadas las luchas por el poder: un poder al que le sirve manejar ese mercado y otro que dice que controlará. La legalización sería el fin de su mercado y evitaría el peligro mayor: desconocer qué estás consumiendo. Consumir trae riesgos, pero el mayor peligro es no saber qué fertilizante o qué basura le pusieron. Legalizar permitiría un control de calidad. Además, entiendo que hay que prevenir las adicciones. El enfoque tiene que pasar por la educación. Hablo desde lo vivencial.

-¿Cómo ve hoy a la sociedad uruguaya?

-Hoy se juzga menos. La dictadura nos metió un milico en la cabeza. Creo que el uruguayo ha mejorado, se empezó a sacar ese control y ese miedo en los `90 y desde 2000 terminó de hacerlo. Que una banda uruguaya junte dos días seguidos a 15 mil personas es una señal. ¿Qué me interesa si tocan bien, si me gusta o no? Si fuman marihuana, la pasan bien y sin violencia, ¡qué me importa! Aunque ya no fumo. Yo voy. ¿Cómo me lo voy a perder si antes ni podías andar en la calle?

-¿Escribir el libro fue sacarse al militar de encima?

-El milico nunca pasó por mí.

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