FABIÁN MURO
Somos cada vez menos", dice Diego Fukuhara y señala hacia el interior del Mercado de Flores capitalino, un edificio que alberga a productores, compradores y distribuidores desde 1954. Mientras Fukuhara descarga ramo tras ramo de distintas especies de la parte de atrás de su camioneta, recuerda que hace más de 15 años, el mercado rebosaba de gente y los stands estaban llenos. Actualmente, allí en Guadalupe y Marsella, típica esquina del Reducto, hay lugar de sobra entre los puestos.
Los floricultores en Uruguay son pocos. Aunque Qué Pasa no pudo dar con una cifra exacta, el presidente de la Cooperativa de Floricultores Agraria Limitada (Cofloral), Eber Da Silva, dice que la asociación tiene actualmente 42 socios. "En un momento llegamos a tener algo más de 200", agrega. Igual no todos los floricultores están afiliados a Cofloral. El presidente de la cooperativa no acepta que se lo llame pesimista cuando dice que no cree que el negocio repunte. "Soy realista", dice Da Silva.
Un distribuidor recuerda cuando hacía pedidos de 4.000 paquetes de claveles, cada uno de una docena, para vender a florerías o los puestos de los alrededores de los cementerios. Eso ocurría antes de alguna de las fechas claves para este rubro: Día de los Muertos, Día de la Madre o Día de los Enamorados, por ejemplo. Hoy, con suerte, hay encargos de 600 paquetes.
LOS MUERTOS. Las razones de este sombrío panorama son varias. Una de ellas fue la crisis de 2002. Luego de esa caída, varios productores se fueron a Japón, dice Fukuhara. Otra explicación es la única que se repite: la ordenanza municipal de no permitir agua en los floreros de los cementerios. Eso fue en 1995 y es desde entonces, dicen varios de los consultados, que el negocio viene disminuyendo.
La medida -tomada para combatir la reproducción del mosquito que puede transmitir el dengue- no necesariamente tendría que significar el fin de los floricultores. Como dicen desde la IMM, se puede sustituir el agua con arena húmeda y las flores se mantienen. "Pero como muchas veces se trata de personas mayores, les cuesta un poco más cambiar, adquirir una nueva costumbre, una nueva forma de hacer las cosas", dice otro productor en el mercado que como otros no quiso decir su nombre.
Para Da Silva también influye que, en su opinión, la relación con los muertos ha cambiado. Según él, es cada vez más frecuente optar -a menudo a pedido expreso del fallecido- por cremar y no enterrar el cuerpo. "Una vez esparcidas las cenizas ¿a dónde voy a ir a poner una flor? Prendo una vela el Día de los Muertos al lado del retrato y así recuerdo a mi ser querido".
Otro factor que incide de acuerdo al presidente de Cofloral es que ir al cementerio a honrar el recuerdo de los muertos es algo que mayoritariamente hacen las personas que ya están en una edad avanzada. "Y muchos tienen miedo de ir hasta el Cementerio del Norte para dejar un ramo en la tumba, se sienten intimidados por la muchachada que le pide dinero de una forma poco amable". La migración hacia cementerios privados, cuya disposición y presentación de tumbas y panteones es diferente, redondea para los floricultores el poco esperanzador panorama.
Con todo, los muertos aún siguen siendo una fuente de ingresos para productores y distribuidores. "No es lindo decirlo, pero muchas veces vivimos de los muertos. Es cierto que lo de los floreros afectó mucho, pero las coronas de flores son caras y aún sigue la costumbre -sobre todo cuando fallece alguien más importante- de mandarlas", dice Luis Firpo, distribuidor de flores.
Para él, que empezó en el negocio en 1981, las migraciones internas también influyeron. En el Interior, dice, la gente es más apegada a tradiciones como la de ir a ofrendar flores a una tumba. Pero una vez que se llega a Montevideo, eso se pierde. Y, por ahora, las flores no han entrado entre aquellos artículos que forman parte del boom de consumo uruguayo. "Se prefiere salir a comer. O comprar ropa. En términos generales, los jóvenes no compran flores. Lo hacen los veteranos".
Jorge Martínez es productor independiente. Tiene una quinta de una hectárea sobre la ruta 48. Aún siendo un productor comparativamente pequeño -en el Mercado de los Flores, Qué Pasa
charló con floricultores de 15 hectáreas- Martínez tiene dos peones todo el año: cultivar flores es una actividad que requiere de mucha mano de obra. "A eso hay que sumarle que no es barato entrar en esta industria. Un invernadero sale varios miles de dólares. Mantenerlo tampoco es barato: puede insumirte hasta más de 1.000 pesos por día entre combustible para calefaccionar y sustituir las láminas de nylon que se rompen. Las semillas se cotizan en dólares. Para empezar a hablar, son varias decenas de miles de dólares". Como además es una actividad que requiere de mucha atención -como dice otro productor, "no es lo mismo que atender un quiosco"-, hay pocos incentivos para entrar en el negocio.
Desde el lado oficial, además, los productores no se sienten contemplados, una sensación reforzada por el hecho de que no existe ninguna división o técnico que tenga a la floricultura como especialidad en la Junta Nacional de la Granja, del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. Una funcionaria explica que hace años que se jubiló el único que ella recuerda era entendido en la materia.
Martínez, sin embargo, dice que seguirá y que no todo está perdido. No será como antes, pero tampoco es una situación "crítica". La producción ha disminuido, los productores son menos que antes, pero aún hay margen para cierta ganancia, dice Martínez, que estima su producción anual en medio millón de pesos.
Mientras termina de armar el puesto en el Mercado junto a sus dos hijos -a quienes llama "mis japonesitos"- Firpo se expresa en un tono similar. "Ya no hay cheques por varios miles de dólares, como hace unos cuantos años. Pero la plata no es todo. Trabajo con mis hijos en lo que me gusta, tengo salud... Entonces, no me puedo quejar. Al menos no demasiado", dice y termina de atar otro ramo.
EL PUESTITO DE LA ESQUINA
Hace 40 años que Rodolfo Reyes vende flores en la esquina de 18 y Yí. De los consultados para esta nota, fue el único que se expresó, de manera inequívoca, positivamente. "Está lindo. Vendo bien casi todos los días", dice sobre su actual momento. Rosa, yerbera y jazmín son las flores que más vende, las dos primeras se venden de manera más o menos constante durante todo el año, mientras que recién arranca la temporada de jazmín. Y las ventas son parejas en género: "El hombre también compra, aunque todavía no llegó al ojo que tiene la mujer, que se da cuenta si se trata de una rosa importada o una nacional, por ejemplo".
LAS ROSAS VIENEN DE ECUADOR
La rosa -en sus distintos colores- sigue siendo una de las flores más populares para regalar u ofrendar. Sin embargo, son cada vez menos los floricultores uruguayos que se dedican a cultivarla. "No se puede competir con Ecuador", dice Diego Fukuhara, productor. "Ese país es el sueño del floricultor: todo el año es primavera", dice entre risas. Lo cierto es que las rosas ecuatorianas están desplazando paulatinamente a las uruguayas de los stands de venta, en parte porque las importadas tienen un período de frescura más largo que la cultivada en tierra nacional. Como dice un florista callejero, la rosa importada puede mantenerse con buena apariencia hasta una semana, mientras que la rosa uruguaya empieza a deshilacharse a los tres o cuatro días.