Los territorios, la propiedad y los nuevos invasores

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SANDINO NUÑEZ

Filósofo

A Núñez (nacido en 1961) se lo conocerá popularmente como el "filósofo de la tele", un mérito interesante. Eso se debe a que era la cara visible de Prohibido pensar, un programa de Televisión Nacional del Uruguay que guionó y condujo. Allí reflexionó sobre virtudes y defectos contemporáneos nacionales e internacionales. Su mirada es polémica y erudita. El texto de esta página está tomado de la segunda edición ampliada de Disney War (Casa Editorial Hum, 290 pesos), su ensayo sobre "violencia territorial en la aldea global". Aquí habla de cómo la separación en countries o complejos habitacionales genera una división social en la que las clases más pudientes se sienten invadidas por aquellos que quedaron fuera.

En el nuevo mundo global-territorial la vieja lucha de clases se ha degradado en escaramuzas fronterizas. En la frontera solamente parece haber configuraciones instantáneas, ráfagas o relámpagos brillando y tronando aparatosamente para apagarse un segundo después y dar paso a otros y a otros. La frontera, es claro, no se organiza según la estructura tranquila del logos, la razón o la dialéctica. No se arma de acuerdo a la lógica civil o libresca de la conciencia, la reflexión, la soberanía o el parasí. No conoce la negación. No está estructurada como lenguaje: está ensamblada en una dinámica tensa, apretada y urgente, llena de miradas, de afectos, de rencores, de envidias, de proximidad. Un country o un gran barrio residencial burgués o rico, en todo el esplendor displicente de su soberanía, nunca se colocaría en el horizonte del deseo amargo del asentamiento. El marginal lo vería como quien ve un OVNI o Las Vegas: nada para decir, nada para sentir (excepto cierta ligera maravilla, cierto éxtasis). Ahí no hay frontera: ningún eslabón práctico, ninguna pieza afectiva que los conecte y los ponga a funcionar juntos. La tensión es propia de la contigüidad, de la vecindad, de la proximidad social: la compadrada, la provocación o la simple agresividad pasiva del mutante marginal hace máquina con la psicología temerosa, vigilante y posesiva del propietario pobre. Paisaje folclórico de la última frontera.

Una pandemia. La territorialidad bidimensional que nos afecta es omnímoda. La creación de territorios (y por tanto de fronteras) no es solo literalmente geográfica; hay, por ejemplo, territorios etáreos o generacionales. De las poblaciones mutantes o marginales que se van creando por territorialización en la complicada mecánica del complejo, los propios jóvenes residentes son, quizás, de la primeras y más importantes. Es lo que llamamos exterioridad interna. Así como en determinado momento de la historia contemporánea. Así como en determinado momento de la historia contemporánea los hijos jóvenes se enemistan con la pareja de padres, el Plan Condo ayuda a acentuar la creación de arrabales y asentamientos generacionales y a tugurizar a sus propios jóvenes.

La mirada celosa, paranoica u obsesiva del pequeño propietario es irreductiblemente militar, territorializante. Nuestro hombre se siente invadido, estafado. Molesto con la presencia siempre intrusiva y antiecológica de los jóvenes que se fuman un porro, toman vino y cantan y se festejan a los gritos en el parquecito, un miércoles a las dos de la mañana. Se entiende que siempre es a los gritos y siempre son las dos de la mañana para esa persona que siente desesperadamente que el paraíso por el que ha peleado o esperado tanto se hunde en la borrachera incivil, improductiva y barullenta de sus propios hijos o nietos, en su haraganería y su falta de voluntad o interés para sostener el proyecto de los mayores. Haraganería, para colmo, siempre elevada en el rango de lo espectacular o lo carnavalesco. Vamos así de regreso de las dinámicas razón-gobierno al ejercicio del poder territorial más elemental. Los jóvenes no son aquellas personas que hay que educar, sino aquella manada que hay que controlar. Sin duda, este otro conflicto fronterizo (jóvenes vs. adultos; el otro era complejo habitacional vs. asentamiento) algo tiene que ver con la contratación del 222.

El complejo habitacional ha funcionado concentrando, enfantizando y liberando de golpe una energía territorial que ya estaba ahí. Esto es cada vez más notorio, en mayor o menor medida, en toda la ciudad. Lo pongo en otras palabras: la creciente territorialización social es una especia de condominización generalizada. Toda la ciudad, toda la sociedad, se convierte (se está convirtiendo, se convirtió) en un gran complejo habitacional, un sueño urbano póstumo con sus zonas perimetrales, sus asentamientos, sus ráfagas agresivas, su fronterización forzosa, su seguridad. Otro de los efectos globales de un capitalismo verdaderamente global.

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