Ocho días atrás, cuando finalmente el Sindicato Único de Trabajadoras Domésticas y la Liga de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios del Uruguay firmaron el acuerdo que crea tres categorías laborales para elservicio doméstico —con sus respectivos salarios mínimos—, se abrió una etapa que trae consigo incertidumbres en el impacto de su aplicación, pero también la ilusión de una oportunidad.
El acuerdo es la concreción de un reclamo histórico del sindicato, que espera que a su vez propicie un nuevo salto en la formalización. Con un índice de no registro del 44,5% en 2024, según un relevamiento del Banco de Previsión Social (BPS), el trabajo “en negro” en el sector se posiciona como uno de los más altos del ámbito privado, duplicando el del promedio del total de trabajadores ocupados (22,9%).
Por otro lado, tras haber atravesado más de cinco meses de una negociación “muy dura”, con picos de alta tensión con su contraparte, la Liga de Amas de Casa encuentra en este cambio de reglas un escenario ideal para fortalecerse y resurgir como una asociación modernizada.
Sucede que los entretelones de esta modificación en la regulación del trabajo doméstico —que conlleva un incremento salarial—, celebrada por el gobierno como un “proceso referencial para la región”, volvió a poner sobre la mesa los claroscuros de un sector que emplea a unas 100.000 personas. Que es como decir el 10,3% de las mujeres ocupadas. Que es una cifra que duplica a la cantidad de obreros de la construcción, por hacer una comparación que permita dimensionar la magnitud de este universo laboral.
Un acuerdo entre tensiones
Según los rastreos que hizo la dirigente gremial Laura Rivero, la primera vez que las trabajadoras domésticas plantearon la necesidad de organizar su trabajo según categorías fue en 1987 ante el Parlamento de aquel entonces. Después vino la promulgación de la ley que reguló las relaciones laborales y promovió la formalización del sector (en 2006), y las instancias de negociación tripartita en los Consejos de Salarios (a los que este grupo recién se incorporó en 2008), ámbito en el que en 2013 volvió a llevar este planteo. Desde entonces, negociación tras negociación la discusión se pateó para adelante.
Pero esta vez fue distinto.
Rivero —tres veces presidenta de un sindicato que empezó a gestarse en 1963 por un pequeño grupo que se reunía en la iglesia del Cordón con la ayuda de un cura, que se refundó en 2005 y continuó, convulsionado en los últimos años por algunos episodios entreverados, pero que parecería ahora haber encontrado su eje— dice que la diferencia está en que en la última ronda se plantaron y advirtieron que esta vez no iban a ceder.
“Nos mantuvimos firmes. En la negociación dijimos, queremos las categorías y no nos vamos a bajar”, cuenta en la reluciente y perfumada sala principal de la casa que el sindicato compró con parte del dinero que cobraron del Fondo Social; una casa en la que ella vive y también se alojan circunstancialmente algunas socias. Por estos días, la vivienda ha estado muy concurrida debido a la firma del contrato, aunque las principales consultas llegan por teléfono: el celular del gremio no deja de sonar a lo largo de toda la entrevista.
La determinación era tal —venía contando Rivero— que incluso se conversó la posibilidad de hacer un paro. “Me han dicho, ustedes no tienen fuerza para nada porque son un sindicato chico, pero si convocamos un paro de trabajadoras domésticas paralizamos el país, porque muchos empleadores no pueden ir a trabajar, no tienen quién les cuide a los hijos, no tienen quién les cuide a los padres”, apunta.
Estuvieron a punto de hacerlo, dice.
Entre agosto y octubre, el clima de la negociación se fue crispando. En ese período, hubo varios cruces entre las partes. Primero, en un acto realizado en el Ministerio de Trabajo por el Día de la Trabajadora Doméstica, Rivero dijo en un discurso que la mayoría de las domésticas están “en negro”y que en el interior del país “hay casas en las que pagan 10.000 o 15.000 pesos de sueldo”, de acuerdo a los relatos que le llegan. Y continuó: “Cuando las trabajadoras exigen somos las peores del mundo, pero cuando agachamos la cabeza y nos sacrificamos gratis somos las mejores”.
Dos días después, la Liga de Amas de Casa respondió con una carta en la que expresaba que les “dolían” las palabras de la representante del sindicato, “acusando a todo el colectivo de empleadores de explotadores por no querer que se firme las categorías”. Más abajo, dice el documento: “No decimos solamente que nos van a cobrar por pelar una papa, estamos diciendo que si tenemos la categoría de cocinera, la que cocina y ensucia no va a querer limpiar lo que ensució porque fue contratada para cocinar, no para limpiar. En la construcción ya pasa, si no pregunten”. Y en el cierre, a modo de despedida, enfatiza: “Dígale no a las categorías como las empleadas domésticas quieren, que no nos obliguen a hacer algo que va en contra de nuestro bolsillo”.
El eco mediático que tuvo el proceso de negociación tampoco cayó bien a los representantes de los empleadores. Según supo El País, alguna discusión en el ministerio terminó con frases, por parte de las amas de casa, como “mejor que todavía no firmamos así les damos tiempo para que sigan saliendo en los medios”, o “vamos a tener que llamar a Crónica”.
Pero al final, de un lado y del otro cedieron.
Las amas de casa
Después de que se firmó el acuerdo, el ministro de Trabajo Juan Castillo hizo una leve referencia a estos episodios álgidos y su superación al reconocer que el acuerdo fue el resultado de una negociación donde primó “la búsqueda del consenso y de mucha paciencia y flexibilidad de todos ustedes”. Marcela Barrios, la directora nacional de Trabajo, lo describió como “un día de logros”. “Estamos haciendo historia en Uruguay y en la región”, dijo.
Ante los jerarcas, además de las directivas del sindicato de las domésticas, había dos representantes de la Liga de Amas de Casa. La mayor de las mujeres, es Mabel Lorenzo y dijo que ese había sido “un día maravilloso”, según recogió El Observador. “La implementación deberá hacerse paso a paso, con la responsabilidad de mirarnos al espejo y saber si hicimos bien nuestro labor”, concluyó.
Lorenzo es una de las 29 mujeres que en 1995, inspiradas en la organización argentina, fundaron la asociación con dos objetivos que nada tenían que ver con el servicio de las empleadas domésticas: empoderar a las amas de casa para que pelearan por el reconocimiento de su labor reclamando una jubilación (lo que sigue sin lograrse) y brindar asistencia a los consumidores.
Lorenzo ahora está más bien retirada de la actividad y la que lleva la posta es Cristina Novello. Del cuello de la vocera cuelga una cadena con un dije plateado con la forma de una casa y en el centro brilla una amatista. Es un símbolo de la liga. La usó expresamente esa mañana, para la firma del acuerdo.
Exprofesora de química, ayudante contable y recientemente licenciada en Ciencias Políticas, fue una figura clave cuando en 2007 a instancias del entonces ministro de Trabajo Eduardo Bonomi, la asociación asumió el desafío de ampliar sus cometidos y representar a los empleadores de trabajo doméstico. Así se conformó finalmente el grupo 21.
—Las llamó Bonomi, ¿y qué les dijo?
—Señoras, hemos visto que ustedes tienen el perfil. Nosotras en realidad tomamos esa posta un poco para reivindicar el rol del ama de casa. ¿Por qué? Porque si nosotras visibilizábamos las tareas de las empleadas domésticas también estábamos visibilizando nuestras tareas. ¿Porque, qué pasa en el hogar?
—¿Qué pasa en el hogar?
—Yo siempre digo, cuando se habla de amas de casa hay dos grandes caricaturas: o somos la señora de Carrasco que va tres veces por semana a la peluquería y tiene a las empleadas domésticas como en la telenovela “Cachorra”, o somos Doña Florinda, y en el medio no hay nada. Y no es así. En el medio hay muchas cosas y hoy en el medio hay tantas cosas como ser empleadores de servicio doméstico.
En aquel momento, la propuesta de Bonomi dividió aguas, y al aceptarla hubo socias que dejaron la asociación. El sí que dieron fue celebrado por el gobierno, que resolvía de esta manera un enorme problema. Ernesto Murro, entonces presidente del BPS, organizó un convenio con la Universidad de la República y con el apoyo de la Embajada de Francia se montaron dos consultorios jurídicos —uno en la casa de la liga, otro para el sindicato— para implementar la formalización del sector.
Ahí, pegada al abogado Hugo Barone, estaba Novallo. Y aprendió. Desde entonces, la Liga de Amas de Casa asesora a socios y no socios sobre la contratación de trabajadoras domésticas.
¿Cuántos socios tiene? Su vocera no lo revela, pero confía en que se van a multiplicar. Es que esto que empieza ahora es como un déjà vu del 2007. Contrató a una agencia de comunicación, adquirió una nueva línea de celular (096.628750) y acaba de hacer un curso de Inteligencia Artificial para prepararse para el aluvión de consultas que está convencida traerá la implementación de las categorías el próximo 1° de julio de 2026.
La intuición le dice que habrá mucha confusión que hará falta aclarar.
Una pirámide salarial
Según un análisis del BPS, la composición del sector doméstico por áreas principales releva que en 2024 algo más de dos tercios de las trabajadoras se ocupó en “tareas domésticas” (es decir, 68,41%), mientras que el resto se dedicó al cuidado de niños (15,76%) y de personas enfermas o en situación de discapacidad o dependencia (15,84%).
¿Por qué son necesarias las categorías? “Lo que pasaba en el servicio doméstico es que al no existir categorías, estaba la idea de que lo que correspondía era que la trabajadora entrara a la casa e hiciera de todo”, plantea la economista Alejandra Picco, coordinadora técnica del Instituto Cuesta Duarte del PIT-CNT que acompaña al sindicato desde la primera ronda de negociación que tuvo el gremio en 2008.
Desde el sindicato plantean que en Montevideo es habitual pactar un salario de acuerdo a las tareas, pero que en el interior del país la situación es distinta. Rivero ha denunciado (de forma pública y también ante el Ministerio de Trabajo, asegura) que en especial en los departamentos de frontera ocurren situaciones de abuso laboral, con salarios demasiado bajos, que se pagan “en negro” y no son acordes a la amplitud de las tareas. El gremio plantea que esto se da especialmente en la contratación “con cama”, que —según el BPS— representa al 2% de los hogares que contratan estos servicios.
Al principio, la propuesta del sindicato era conformar cinco categorías —cuidado de personas (niños, adultos mayores y personas con discapacidad), cocina sencilla o elaborada (con responsabilidad en el menú, compras y manipulación segura de los alimentos), limpieza (de mantenimiento y a fondo), lavado y planchado y mantenimiento de exteriores y cuidado de mascotas—, y que la clasificación del trabajador en una o en otra estuviera planteada “en términos más vinculados a la habitualidad de las tareas”. En cuanto a los salarios, se había sugerido “un mayor margen salarial para diferenciar a las categorías”, explica la economista Picco.
Pero finalmente el acuerdo estableció condiciones más moderadas. Se pactaron tres categorías con la respectiva designación de salarios mínimos, que entrarán en vigencia el 1° de julio de 2026. La categoría cuidados, con un salario mínimo nominal (al 30/6/2026) de 33.935 pesos, cocina con un salario de 32.875 pesos y la categoría general por 31.178 pesos. Hasta el momento, el salario mínimo nominal para el trabajo doméstico es de 29.400 pesos.
¿Qué tareas incluye cada una de las categorías?
Cuidados: comprende a las trabajadoras cuya tarea regular o mayoritaria es el cuidado de niños, personas mayores o con dependencia. Incluye supervisión, acompañamiento, alimentación, higiene, así como tareas complementarias de limpieza o aseo de personas o el entorno inmediato. Para pertenecer a esta categoría, las tareas del cuidado deberán constituir el 50% más una hora de la jornada.
Cocina: comprende la elaboración de alimentos para la familia a partir de ingredientes crudos, manipulación de alimentos, planificación de menús y las tareas asociadas con la elaboración. Las personas comprendidas en esta categoría podrán realizar tareas de la categoría inferior: general. Esto es: orden, limpieza, lavado y planchado, mandados, cuidar mascotas y mantenimiento del hogar.
Los trabajadores de la categoría general pueden realizar cuidados y cocina de manera secundaria o no mayoritaria, mientras estas no superen el 50% más una hora de la jornada laboral.
Las trabajadoras clasificadas en una categoría podrán realizar tareas correspondientes a una categoría de remuneración menor. Se entiende que la tarea principal es aquella que ocupe el 50% más una hora de la jornada laboral, tanto en régimen mensual como jornalero.
Pongamos un ejemplo: si una trabajadora es contratada para tareas generales y además cocina, solo pasa a la categoría superior —cocina— si dedica la mitad de su horario más una hora a esto. Si realiza tareas de cocina esporádicas, no corresponde la recategorización.
“La idea es que si tú contrataste a alguien para que limpie la casa, pero mañana le pedís que también cuide a tu nene porque terminó las clases y está en el hogar, pero sin dejar de hacer las otras tareas, entonces la trabajadora tiene que ser reconocida por la tarea de cuidadora de niños. En este caso implica una responsabilidad mayor y eso implica un salario mayor”, explica la economista.
Pero, ¿y si ya tengo contratada a una trabajadora para realizar mayoritariamente tareas de cuidado y el salario que le pago ya supera al indicado en el acuerdo? Entonces no debo hacer ninguna modificación.
“Yo siempre lo recalco: tienen miedo de que nosotros entremos a una casa y vayamos a cobrar tres sueldos si hacemos las tres cosas y en realidad no es así. La idea de las categorías es tener un porcentaje diferencial porque consideramos que no es lo mismo cuidar a una persona que lavar un piso”, resume Rivero.
El día después
Faltan más de seis meses para la implementación de las categorías y las consultas ya se acumulan. A Rivero no le alcanzan las horas del día para responder las decenas de preguntas que recibe. La dirigente gremial aún no goza de fueros sindicales —no se ha hallado la forma de aplicar este derecho en el grupo 21— y trabaja por las noches cuidando a una señora. Cuando puede, como puede, va respondiendo.
Novallo, de la Liga de Amas de Casa, vive algo parecido. “Me preguntan si no se superponen los salarios, les digo que no. Incluso me han preguntado mucho si tienen que contratar a tres personas distintas, una para cada tarea. La respuesta es no. Yo estoy 24-7 respondiendo consultas”, dice. “Nuestro cometido ahora es tratar de llevar un poco de tranquilidad a esas familias”.
En las redes sociales, los comentarios no demoraron en llegar. Por un lado, en el perfil del sindicato, una trabajadora escribió: “Por fin voy a dejar de ser una esclava”. Pero en la acera de enfrente, se leen posteos como estos: “Golpe a la clase media. Esa que paga a alguien mientras ambos salen a laburar y los hijos están en clase, para poder vivir un poco mejor”. “Buenísimo, van a desaparecer”. “Le pediremos al servicio doméstico que me facture el servicio. Que sean ellas las que tengan la responsabilidad de pagar BPS y DGI, veremos cómo quedan y cuántas quedan”. Otros usuarios directamente caen en la mala interpretación de asumir que ahora habrá que contratar más personal para hacer las mismas tareas que antes hacía una trabajadora.
A octubre de 2025, el BPS tenía registrados 73.531 puestos cotizantes, pero en realidad las trabajadoras declaradas son unas 55.000: la diferencia radica en que algunas de ellas tiene más de un trabajo, lo que implica que se sumen vínculos laborales. Desde la regulación del sector en 2006, la formalización ha crecido exponencialmente —el promedio anual de puesto cotizantes era de 39.132 en 2005 y de 72.423 en 2024, según información a la que accedió El País—, y se ha mantenido estable, con variaciones mínimas.
La remuneración promedio del sector, en 2024, fue de 15.043 pesos. Que es como decir que las trabajadoras domésticas ganaron en promedio menos que los trabajadores rurales (38.188 pesos), menos de la mitad del salario promedio de un obrero (36.467 pesos), y casi cuatro veces menos que el salario promedio de un trabajador de Industria y Comercio.
Desde su oficina renovada, Novallo se apronta para lo que se viene. La Liga seguirá “abogando por la formalización, como hizo siempre”, dice. Rivero, del sindicato, también está entusiasmada y aclara: “Nosotros no estamos para pelear contra el patrón, si no para informar sobre nuestros derechos a las compañeras”. Después de la electricidad de la negociación, las dos esperan con ansias lo que está por venir.
Otros beneficios que se suman en licencias y presentismo
Otros beneficios se sumaron en el acuerdo que estableció la organización del trabajo por categorías. La prima por presentismo se empezará a prorratear a partir de 2026 considerando las faltas mes a mes. Además se agregó una licencia especial para cuidados. Las trabajadoras tendrán derecho a tres días al año de licencia especial con goce de sueldo para cuidados de padres o hijos a cargo cuando haya una internación hospitalaria o domiciliaria. Si es una internación programada, debe dar aviso al empleador 10 días antes, si es una emergencia, deberá avisar en el día y en ambos casos presentar constancia. El uso de este derecho no generará descuento en la prima por presentismo ni afectación salarial alguna. Las trabajadoras también tendrán derecho a tres horas de licencias anuales para consultas con psiquiatra. Por último, se crea una comisión para la elaboración de un Protocolo sobre Violencia, Acoso y Salud en el Trabajo.
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