Lejos del mar

| Los habitantes del viejo Borro, en Casavalle, se las ingenian para sobrellevar el calor con unas escapadas a la costa o la clásica piscina de plástico mientras vigilan a los jóvenes que están ahí, "esquinando".

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César Bianchi

El Palomar (o Los Palomares), 16.30 horas, 31 grados. Los pasajes de un metro de ancho entre las filas de casas de construcción precaria de la Unidad Casavalle son un horno. El interior de las casas aún más: la sensación térmica -la literal, no la metafórica que impuso Tourné- debe superar los 50 grados. Unidad Casavalle es un complejo de viviendas pero es también un barrio malhadado, que suele ser nombrado en la secciones de policiales de noticieros y diarios. En realidad es el histórico Borro, donde el verano no se disfruta, se padece.

Por el pasaje 320 se ven niños mojándose con mangueras, piscinas inflables para chicos pero donde se meten grandes, y canillas abiertas para refrescar. Parece una tarde tranquila. Muchos vecinos se fueron a la playa de Pocitos o Carrasco en ómnibus o bicicleta, otros no tienen esa suerte. No tienen para los boletos de ida y vuelta. Y otros prefieren quedarse en el barrio por una cuestión de… oportunismo "laboral".

Carla tiene 38 años pero aparenta muchos más. Es de El Palomar de toda la vida, de cuando era el Borro a secas. Allí crió a sus hijos Anthony Santiago de 8 y Sharon de 9. En la casita viven junto a los animales que cuida: cuatro perros, tres gatos, dos conejos y una lora.

Anthony, que prefiere que le digan Santiago, va a la playa de Carrasco con el tío en el auto y a pescar y acampar con el padre, también a Carrasco. Pasó el año con bueno muy bueno y se porta bien, y la madre lo deja salir a veranear a barrios residenciales como premio.

La madre no va a la playa. Prefiere tirarse en la piscina de 1.600 pesos que le compró a los "gurises" y ocupa el diminuto frente de la casa de bloques. Carla no tiene empleo fijo; a veces vende golosinas frente a la escuela 178. Tiene poco y nada, de hecho, pero no va a la playa por miedo a que ese poco-y-nada se lo roben.

"Acá es así, por poco que tengan, a veces prefieren morirse de calor acá adentro porque si salen, cuando vuelven ya no tienen la ropa de la cuerda", comentó quien hizo de guía por el barrio más peligroso del norte montevideano.

La versión fue confirmada por el futbolista Juan Álvez, jugador de Liverpool y vecino del barrio hasta hace ocho meses. "Ahí si no se cuidan entre los vecinos, mirando cada uno la casa de al lado, cuando salís y llegás, ya no encontrás nada. Es bravo el ambiente", reconoció Álvez, quien junto a Jorge García, jugador de Danubio, apadrinan el cuadro barrial Rosario Fútbol Club. Álvez se pudo mudar hace poco a la Unión.

El "guía" de Qué Pasa también se mudó. Es del barrio, pero se alejó hace una década y hoy trabaja en una obra social. Aunque ha pasado el tiempo, muchos todavía lo conocen. Él los saluda efusivamente, como para que vean que "está todo bien con ellos".

No a todos les convence que vengan periodistas a saber qué hacen en verano.

Algunos miran "de pesado"; un adolescente observó detenidamente la cámara fotográfica de la periodista gráfica y dijo por lo bajo: "qué linda cámara para vender".

Por atrás del "palomar" están las "sendas", un conjunto de viviendas de mejor terminación separadas de las otras por una calle, con un pasillo más amplio. A simple vista parecen iguales, pero los residentes en las "sendas" se ofenden si los comparan con los del "Palomar". Igual de susceptibles se ponen los que aclaran que no viven en Los Palomares o el Borro, ellos son del Bonomi, o del Marconi.

Explica el lugareño: "Es como todo lo mismo, pero cuidadito con decirle a alguien del Bonomi que es de Casavalle o Los Palomares. Te van a decir que allá es donde se roba, se fuma (pasta base) y se mata; en la zona de ellos no", dice y señala un conjunto de viviendas en mejores condiciones, apenas a unos metros del complejo de la Unidad Casavalle y los "pasajes".

En las "sendas", hay casas que tienen un cartel hecho a mano con mensajes como: "aquí helado a 2 pesos" y "helados: 2 por 1,50". Son helados palito caseros, hechos con jugolín puestos en la heladera.

Por el barrio se pueden ver pintadas que promocionan al "Pepe" Mujica, que exhortan a escuchar la FM comunitaria La Tribu y hasta hay un pasacalles que dice "Daniel Martínez presidente" con el rostro del calvo dirigente del "tercer polo" frentista.

En una de esas casas, una familia numerosa toma mate a plena tarde. Hay tres mujeres y un hombre junto a seis niños. Cuando saben que se acercan cronistas, las mujeres entran corriendo.

Sólo queda Alejandro Barton, de 35 años, quien dice que se dedica a changas de lo que sea y ahora no tiene ninguna. Cuando tiene calor va a la playa Pocitos en el 405 de Coetc. A la arena bajan con toda la prole, incluyendo los pequeños Brisa, Dylan, Luzmila y Lázaro. "¡Mirá que esto no es `pasajes`, esto es `sendas` de Casavalle!", aclara de adentro de la casa una mujer que prefiere no hablar y no dejarse ver.

A escasos metros de ellos hay un grupo curioso. Miguel, más conocido como "El Canilla", de 37 años, está terminando de hacer un jugo de naranja en medio envase de plástico de agua mineral, le puso hielo y lo revolvió con un palito. Convida a los visitantes para que vean que no tiene ninguna sustancia alucinógena. "Es jugo, es jugo, tomá", insiste. Para el jugo hay cola: están Franco de 13 años, Enzo de 9, Diego de 17 y Matías de 20 años (los dos últimos ya no estudian). Los más chicos conocen al adulto de ahí del barrio. "El Canilla" siempre está "en la vuelta", dicen, no estudia ni trabaja, no hace nada. "Está en la vagancia", sostiene uno y estalla en una carcajada.

Este grupo de varones variopinto suele juntarse debajo de ese árbol a dejar pasar las horas y compartir algo para tomar, así haga más de 30 grados. Es lo que el "guía" de Qué Pasa llama "esquinar": dejar pasar las horas haciendo nada.

"A veces es un jugo, a veces una coca", dice Franco. "Y cuando hay guita puede ser una cerveza o una sidra", señala Enzo, el de 9. Enzo dice que pasó a tercero con bueno y pregunta cuál es el problema con que tome alcohol.

También van a la playa. Se toman el 396 o el 328 ("los amarillos"). "¿Qué a dónde nos lleva? ¡Al agua, muchacho!"

Hay que interrumpir el diálogo e irse. El amable guía avisa que acaba de pasar un "rastrillo" con los ojos bien abiertos, y cerca de él puede andar un "campana" que le diga para dónde van los forasteros.

Explica que así como muchos deciden no ir a la playa para que no les roben, otros prefieren no ir por el motivo contrario: para robar a los que sí fueron. Cuestión de códigos perdidos en la era de la pasta base.

En uno de los pasillos hay una parejita joven sentada en sillas. Están rodeados de varios niños que se mojan con una manguera y debajo de una canilla. Ellos son Natalia Almeida, de 22 años, y su novio Jonathan Pereira, de 16. Ella tiene dos hijos de una anterior pareja, Kevin de 5 y Romina de 2 años, que se revuelcan en el piso mojado.

Ni Natalia ni Jonathan trabajan. Tampoco estudian. Y, a decir verdad, no les importa mucho.

"Y bueno, nos rebuscamos", dice ella, con hombros, cuello y brazos tatuados con corazones y hadas madrinas. "No tenemos plata para los boletos, por eso no vamos a la playa. Nos quedamos acá, nos refrescamos abajo de la canilla nomás".

Jonathan dice que no tienen hijos en común, pero se olvida del bebé que dará a luz Natalia, embarazada de cinco meses.

-O sea que sí tienen un hijo... aunque esté en camino. ¿Cómo se va a llamar?

-Jonathan, como yo.

-¿Y cómo lo vas a mantener? Porque vos no trabajás...

-Y... habrá que ver algo... Ya veremos. Habrá que encarar...

Jonathan se sonríe mientras habla. No parece preocuparse mucho por nada. Tiene 16, es un adolescente.

José Pedro Alanís, de 42 años, y su mujer Graciela Sánchez, de 30, tampoco van a la playa. Y por ende se privan de la arena y el Río de la Plata sus hijos Jonathan (sí, otro más) de 10 años, Jessica de 9, Daiana de 8, Matías de 6 y Kiara de 3.

Alanís fue despertado por las palmas en el frente de su casa cuando intentaba dormir una siesta un martes a media tarde. Salió en short y descalzo, sudando por el calor.

"¿Playa? No, no, no vamos porque los gurises son arteros y les gusta irse para lo hondo. Manguera nomás".

Alanís no trabaja tampoco, se dedica a lo que la mayoría en el Borro -perdón, Bonomi-, a las changas. Pasa las tardes junto a su mujer mirando televisión: novelas e Intrusos.

OTROS VERANEOS. Otros en Casavalle sí van a la playa. El proyecto Tupambaé del Movimiento Tacurú tiene como una de sus actividades estivales llevar a los 40 adolescentes varones inscriptos a las playas de Pocitos o Buceo.

La salida recreativa se complementa con los talleres de electricidad, albañilería, carpintería, cerámica y otros talleres que tienen en el Tacurú. Es un proyecto educativo-laboral, como explicó el coordinador Walter Zarzay.

Otro proyecto, el Casajoven, también tiene salidas como ir a la playa o a una piscina municipal. Concurren varones y chicas de entre 14 y 18 años que también acuden a talleres educativos todo el año.

"Muchos de estos chiquilines (de entre 16 y 18 años de la zona) no bajan a la playa si no los traemos nosotros", dijo Miguel Cardozo, educador del proyecto Tupambaé de Tacurú, la obra en convenio con el Inau.

Con los 25 pases libres que obtuvieron en Cutcsa para transportar a los jóvenes en compañía de tres educadores, todo se hace más fácil. Después es cuestión de dejarlos jugar y relacionarse, compartir un desayuno de refuerzos de lionesa y queso, y estar muy alerta.

El martes 20 y miércoles 21 bajaron a la playa Pocitos, frente a Kibón, a pasar la mañana. Para Reinaldo Otero, de 18 años, y Matías Rodao, de 17, no fue ninguna novedad, porque ambos se dan el gusto después de pedalear una hora desde sus casas. Y si no, se toman el 192.

El miércoles el que estaba fascinado con la playa era Brian Chinepe, de 17. ¡Había ido dos días seguidos! Y no es que antes no hubiera ido por falta de dinero, sino simplemente por pereza. Hizo algunas changas que le permitieron ahorrar algún peso.

Ahora no sabe qué hacer con ese dinero, pero hace tres semanas con él "hacía algo que ta... que no se podía hacer, porque está mal".

"Dejé el liceo de La Blanqueada en segundo, me iba espantoso. Ahora voy al Tacurú y después pa` mi casa y estoy con mis amigos".

-¿Y cómo se portan tus amigos?

-Regularmente mal, pero es lo que hay. Nos quedamos esquinando. Me gusta estar parado en la esquina, pero no me gusta cuando corre la droga. Y corre mucha droga en la esquina. Por eso te digo que regularmente mal los amigos, porque siempre te están ofreciendo. Yo ahora empecé a decir que no, pero hace unas semanas no conocía la palabra no.

-Vos por lo menos con Tacurú bajás a la playa. ¿Y ellos?

-¿Mis amigos? No... prefieren quedarse en la esquina, la playa no la conocen. Prefieren quedarse a consumir en el barrio que bajar a la playa. Tengo miedo de recaer, pero intento que no.

Lo confiesa y después mira el yogur que le dio una promotora y agrega: "Tamo` acá, yogurcito, tranquilo..." Ese día no se metió al agua porque estaba fría, el día anterior sí lo hizo.

En la arena hace dos cosas: juega al fútbol con sus compañeros y mira "gatas", como él dice. "¡Sabelo!".

No fue el único que salió desesperado en busca de yogures. También lo hicieron Marcelo (un prometedor futbolista que prefiere no hacer declaraciones), Sebastián, Sandro, Matías, Reinaldo... todos.

Cuando los 20 chicos posaban como un cuadro de fútbol para la foto, pasaba corriendo el ex futbolista y actual técnico de la selección de fútbol-playa, Venancio Ramos. Uno de los educadores lo reconoció y le pidió si se podía sumar. Muy gentil, "El Chicharra" Ramos saludó uno por uno a los muchachos y posó con ellos. Cuando siguió su trote, todos se preguntaban quién era.

Tras el desayuno tardío y un chapuzón, subieron a la rambla para emprender el retorno a Tacurú en el 149 destino Camino Mendoza. Pero... justo pasaban las dos promotoras con bolsos repletos de yogures y allá las corrieron ellos. Les pedían dos, tres, cuatro.

Cuando pasó el 149, Qué Pasa se subió con ellos para acompañarlos. Arriba del ómnibus competían para ver quién tenía más yogures con los nuevos sabores de kiwi y arándanos. "Yo tengo cinco", dijo uno. "Ja, yo ocho, te gané", le contestó otro.

El resto del viaje continuó entre chistes, cumbias a todo volumen salidas de teléfonos celulares y cargadas. Los educadores oficiaban entre mediadores y cómplices. Hubo pasajeras muy mayores que miraron desconfiadas a los muchachos -la mayoría con remeras no originales de Shalke 04 de Alemania, Manchester United, Boca Juniors, la Roma, Holanda e Italia y gorritos con visera Nike-, pero ninguno de ellos alteró la armonía del trayecto.

Llegaron al Tacurú y un mensaje pintado en la fachada les daba la bienvenida, algo parecido a lo que le podría decir el maestro Gandalf a Frodo Bolsón en El Señor de los Anillos: "A su tiempo, lo comprenderás todo".

¡COMO CHOCOLATE! Hay otras formas de pasar el verano en el viejo Borro y sus barrios linderos. El jueves 22 cinco adolescentes se bañaban lo más campantes en la laguna Rione, unas aguas más marrones que el chocolate, que salen al costado de un puente sobre Aparicio Saravia y desembocan en el mismísimo arroyo Miguelete.

Eran las cinco de la tarde y había 33 grados. Elvio de 15 años, Marcos de 14, Santiago y Pablo (alias "Lindo", irónicamente) de 13 años y Rodrigo de 12, se tiraban una y otra vez al agua no muy profunda (y mucho menos limpia) de la lagunita. Cuando vieron al fotógrafo, todos y especialmente "Lindo" aprovecharon sus minutos de fama con cabriolas y zambullidas posadas.

"Venimos con la calor, cuando no hay plata para ir a la playa. Está sucia sí, ¡chocolate! pero después llego a mi casa y me baño de verdad. ¿Y ustedes no se van a tirar?", preguntó Marcos. Sinceramente, no parecía una idea tentadora, mucho menos después de saber que ahí históricamente se arrojaron caballos y perros muertos, así como piezas de autos robados, según dijeron los chiquilines y confirmó el vecino "guía".

Rodrigo no quiso tirarse, prefería custodiar de la rienda a su caballo Mama. "Es mío este caballo, tiene tres años. Me lo regaló mi padre, que tira de un carro. ¿Qué hago con él? Lo cuido. Yo no me tiro ahí... ¡es agua podrida!", aclaró el más chiquito, por si había algún incauto.

Elvio y "Lindo" salieron del agua después de decenas de piruetas fotogénicas. Dijeron que suelen irse en bici hasta la playa de Buceo o de Pocitos, pero a "Lindo" se le había pinchado una rueda y prefirieron ir a la laguna, porque les quedaba cerca.

Viven en el barrio Marconi, pasando el Borro ("¡no es el Borro, eh!"). "Lindo" va a la escuela de Maroñas, pero no se acuerda el nombre ni el número. Elvio hizo sexto de escuela y dejó los estudios. Este año no empezará el liceo ni ningún curso en la ex UTU. "No voy a hacer nada. De repente le doy una mano a mi viejo, que es hurgador", dijo.

"Lindo" tiene 10 hermanos y Elvio seis.

Amagan con irse, pero antes se dan el último chapuzón en el agua llena de barro.

-Che "Lindo", ¿esa agua no está sucia?

-Está sucia sí, pero lindaza...

Mucha plata para el área de Casavalle

El líder barrial Rony Trinidad (48), zapatero de oficio, señaló que se han invertido "más de cuatro millones de dólares en esta zona y no se ven los beneficios". Trinidad recordaba una nota de Qué Pasa de mayo de 2005 donde la socióloga Verónica Filardo daba cuenta en un informe de la Cepal que la Intendencia de Montevideo y distintas ONG destinaban ese monto de dinero en programas de ayuda para Casavalle, pero a su juicio, no se veían los resultados. Filardo revelaba que la inversión anual en programas de asistencia previos al Plan de Emergencias en la zona de Casavalle -que reúne varios barrios carenciados- era de 4.450.000 dólares (menos del 10%, 417.000 dólares de origen privado). Filardo habló de esfuerzos múltiples pero separados, políticas de vivienda truncas, y políticas sociales múltiples sin ninguna evaluación posterior. Consultada para esta nota, dijo desconocer la realidad actual del área.

Cien años del Borro, en Casavalle

Según lo define la enciclopedia virtual Wikipedia, el barrio Borro está situado en la "localidad" de Casavalle. Creado en 1926 como barrio jardín José Borro alude al sitio donde estaba la granja de José Borro, según figura en los planos de 1908. Esa granja habría pertenecido a la familia Castellanos, donde nació Florentino Castellanos, vicepresidente de Uruguay durante el mandato de Gabriel Pereira. El Borro está delimitado -según explica Wikipedia- al este por la avenida San Martín, al oeste por el arroyo Miguelete, al sur por la avenida Aparicio Saravia y al norte por la cañada Matilde Pacheco. El barrio Bonomi se creó dentro del Borro, pero tanto uno como el otro están en la histórica zona ("localidad", insiste la enciclopedia de la web) de Casavalle. El año pasado se celebraron los 100 años de Casavalle.

El Rosario, el cuadro de Jorge García

El 24 de noviembre el danubiano Jorge García y dirigentes de Danubio visitaron la escuelita de fútbol que lleva el nombre del lateral del equipo de Maroñas, y vecino del barrio Borro. La escuelita funciona en el Club Atlético Rosario, un cuadro de la zona, muy popular entre los niños y jóvenes. García junto al futbolista de Liverpool, Juan Álvez y el de Villa Española, Jonathan Larrosa, son padrinos de la institución. Los dirigentes llevaron pelotas, chalecos para entrenas, camisetas de Danubio y hasta meriendas. Los dirigentes de Danubio dijeron ir a apoyar a García quien intentaba "cambiar". El jugador se ha visto involucrado en varios episodios de indisciplina y enfrentamientos con la Policía. Todos los niños dijeron admirar al ídolo de su barrio.

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