Eloísa Capurro
Se respira olor a leña en El Pinar. Un guiso que combata los primeros fríos del año se va haciendo a fuego lento. Y se escucha el chasquido de las astillas y se ve el humo abrazando una enorme olla de hierro. Alrededor, unas 10 personas escucha música, charla, mira a los niños corretear sobre el pasto. Son una familia, pero no tienen ningún parentesco. Salvo que todos los días, a eso de las cuatro de la tarde, se juntan para preparar la olla popular con la que alimentarán a buena parte del barrio. Y lo hacen desde la crisis de 2002.
Verónica es la referente del local de la Unión de Trabajadores Desocupados (UTD), una organización que nació en 2001 para reclamar trabajo y que tiene unos 500 afiliados. Hace nueve años que concurre a la olla popular. Dice que viene gente desde Salinas y Lagomar para llevarse la vianda diaria. A ellos parece no haberles llegado la noticia de la bonanza económica. Cocinan lo mismo que siempre: unos días guiso y otros, fideos.
Hay 162 personas anotadas en la planilla y eso sin contar los niños. Nacida en 2002, la de El Pinar es una de las ocho ollas a las que el Instituto Nacional de Alimentación (INDA) entrega alimentos. En Rivera funciona otra, en el barrio Cerro del Marco, que atiende a 260 personas.
Pero la UTD asegura que en el país hay muchas más. Varias nacieron bajo su supervisión, pero hoy se manejan de forma independiente. Siguen surgiendo, dicen, con auge económico y todo, como una forma de entre todos, hacerse de un plato diario de comida.
Fernando tiene 34 años, es albañil y no tiene hijos. Le ha tocado ser cocinero por segunda semana consecutiva, y muestra con orgullo el contenido de la olla: la cuchara recoge apenas un pedazo de chorizo y muchas lentejas. En 2002 preparaban unos 400 platos diarios; hoy menos de la mitad. Hasta 2010 recibían unos 2.500 kilos de alimentos, hoy les llega la mitad.
"Hay que tener idea de cuántas personas van a venir para ir administrando y no denigrar la comida", cuenta. "Las lentejas las ponemos dos horas antes en agua, la olla se pone a hervir una hora antes y el arroz es lo último para que no llegue pasado a la casa cuando lo vengan a buscar".
Fernando se enteró por conocidos de que existía la olla y se hizo asiduo. Trabajó un tiempo gracias a los llamados que difunde el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), otro tanto en la construcción y haciendo changas. Pero nada de eso duró. "Es importante mantener la olla. Esto es necesidad al 100%", concluye.
Según los organizadores de ollas populares con los que dialogó Qué Pasa, la mayoría de las familias que asisten viven gracias al reciclaje de plásticos y botellas que encuentran por ahí: son hurgadores. Muchas se han inscripto en los llamados del Mides pero o no consiguieron trabajo o este se tornó insuficiente para cubrir las necesidades de un hogar que, por lo general, alberga a más de cuatro niños.
Hay familias que reciben tarjetas de alimentos, también del Mides. Hay jubilados que no llegan a 4.000 pesos por mes de pensión. Hay familias que formaron parte del Plan de Emergencia. Pero nada de eso les alcanzó.
También hay quienes consiguen un trabajo zafral o una changa y se ausentan por unos meses. Pero siempre vuelven. Todos, de una forma u otra, siguieron dependiendo de la olla popular.
"Hace menos de una semana se construyó, a media cuadra de la olla de El Pinar, un rancho costanero donde vive una pareja con cinco gurises. Por techo tienen algunas chapas y nylon", relata Gustavo Paez, presidente de la UTD. A los asentamientos que comienzan a surgir por la zona, también se les da comida.
Por eso apenas pueden, los organizadores comienzan a recalcar lo importante que es tener ese plato de comida asegurado. Saben lo que está pasando. El Inda quiere evitar la doble asistencia y está pidiendo que se registren con nombre y número de cédula a cada una de las familias que concurren a las ollas. Quienes reciban una tarjeta de alimentos o quienes vayan a comedores públicos, consideran las autoridades, no deberían asistir más.
"No se vive con 1.100 pesos, que es el máximo valor de las tarjetas", opinó Paez. "Hay familias que la tarjeta la usan para comprar artículos de limpieza, o comida fresca que en la olla no hay. Hay familias con más de cuatro hijos, y el monto de la tarjeta es el mismo para todos. El INDA está dedicado a eliminar la doble asistencia. Y nosotros les hemos dicho que si reconocen el papel social que las ollas cumplen en estos barrios, estamos dispuestos a discutir".
En El Pinar los miembros de la UTD solían aportar la cifra simbólica de tres pesos por mes para solventar la olla. Hoy esa práctica se abandonó. En Rivera los vecinos todavía aportan algo de dinero: 20 pesos por familia. "Y después tenemos otra cuota de 20 pesos para el asado de fin de año, cuando hacemos una fiesta grandísima para los niños y la gente", cuenta Enrique Castillo, su coordinador.
Allí están bastante más ordenados. Tienen una comisión fiscal, se reúnen en asamblea y eligen a sus autoridades escribano mediante. "Acá es toda una organización. Apoyamos a la gente para que tramite las asignaciones. Los asistimos para que tengan un mejor acceso a las cosas, porque muchas veces no saben los derechos que tienen", agrega Castillo.
Para él, albañil de 46 años y cinco hijos, la olla "es una lucha todos los días". Una lucha en la que todos participan: 35 familias se dividen las tareas de limpiar, cortar alimentos, cocinar y buscar leña.
Las donaciones, algo común en estas organizaciones vecinales, se reciben con la entrega de un recibo. Empresas brasileñas les donan porotos, comida tradicional en la frontera y que el INDA no proporciona. También les dan verduras y carne. Y en El Pinar los vecinos donan verduras o pimentón para condimentar el guiso (el INDA da un kilo de salsa cada 110 personas). También consiguen que un aserradero cercano les entregue leña y que un frigorífico les dé algunos huesos.
Pero hubo épocas mejores. Sonia se acercó a la olla hace ocho años. Su padre estaba enfermo y ella había dejado de trabajar. En el Club de Leones le dijeron que se acercara a la UTD. "Antes era una especie de tesorera y me encargaba de los fondos, que ponía el que quería. Y hacíamos rifas. Comprábamos leña y en la chanchería nos daban algo, como también en la pollería. Ahora está todo más difícil", dice.
En El Pinar, a pocos metros del fogón, se conserva un horno de pan. Dicen que a veces lo usan. Pero no mucho. La levadura es cara y ya no se consigue gratis.
de puertas cerradas. "¿Llegué para la leche?", pregunta Verónica, y saca una botella recargable de la mochila rosada de una de sus hijas. En total tiene ocho niños y, dicen, es la madre más joven y con más hijos de las que van a El Pinar.
"No tengo trabajo y los gurises están estudiando", responde cuando le preguntan por qué se acercó a la olla. "Yo antes iba hasta Solymar, pero después empecé a venir acá", y sigue saludando. Allí todos parecen conocerse. Y los gritos de los más pequeños, jugando y trepando unos toboganes de madera instalados al frente del terreno, no dejan de escucharse.
En la cocina, la que manda es Sonia. Entre electrodomésticos viejos (una heladera no funciona) y mesas de madera, muestra dos ollas grandes esmaltadas. Están por menos de la mitad, una con leche, la otra con chocolatada. Y mientras esa botella se carga de leche, las mujeres se reúnen y charlan y entre ellas nace de nuevo la preocupación y surgen otra vez las críticas al gobierno.
De eso sabe mucho Luisa Guerra. Ella hasta hace un mes dirigía la olla popular que su marido había fundado (la habían nombrado con su nombre, Marcelo Barcelós) y que funcionaba en Paso Carrasco. Alimentaba a 200 personas, hasta que el INDA dejó de enviar comida.
"Nos dijeron que estaban recortando la olla de El Pinar, nos empezaron a recortar y de un momento para otro acá no vino nada. No sabíamos qué hacer. Son 200 personas y de todas las edades, ancianos, niños, mujeres jóvenes, toda gente desocupada y hurgadores que reciclan cartón y venden plástico", dice Guerra.
La olla ya había pasado sus malos momentos. Fundada en 2002, al principio funcionaba en un terreno de la familia de Guerra. Luego pasó a la casa de un compañero, luego a la de un vecino y terminó, varios robos mediante, otra vez en la casa de Guerra. "Yo hacía la leche, amasaba de 15 a 20 kilos de harina cuando se hacía el merendero, las mujeres íbamos a buscar leña al monte... Cocinábamos todos los días. Todo al aire libre", recuerda.
En el último año habían techado un parrillero para que las familias estuvieran más cómodas. Y habían conseguido más donaciones. El Club de Leones les había dado ropa, calzado, colchones y hasta juguetes para que los 300 niños del barrio pudieran festejar el día de Reyes.
Ahora un vecino está encargándose de realizar los trámites para que esas familias reciban las tarjetas de alimentos que promete el INDA. Pero igual dicen que no es suficiente. "Con tarjetas de 1.000 pesos por mes, ¿qué van a cubrir? Nada, absolutamente nada", se pregunta Guerra.
En El Pinar y en Rivera, la esperanza de poder seguir cocinando para el barrio está. Para ellos, igual en pleno auge económico, tener un plato de comida es un problema. Más o menos como lo era en 2002.
Asistencia del inda
Según Qué Pasa publicó el mes pasado, en el INDA se calcula que un tercio de las personas que tienen tarjetas de alimentos del Mides, reciben también canastas por situaciones de riesgo nutricional. Ahora las autoridades quieren eliminar esa doble asistencia.
420
personas comen de las ollas populares en El Pinar y en el barrio Cerro del Marco, en Rivera.
2.500
kilos de alimentos mensuales recibía la olla de El Pinar hasta el año pasado; hoy es la mitad.