La China capitalista no abandona el comunismo

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Pocos describen ya el modelo chino como comunista, ni siquiera los dirigentes del Partido Comunista.

Cómo se esfumó el comunismo durante el auge del mayor y más poderoso Estado comunista del mundo, es un misterio solo relativo. Las múltiples y vertiginosas contradicciones de la China moderna confunden al más experto. Lo que en otro tiempo fue un partido revolucionario hoy es el establishment. Los comunistas se hicieron del poder apoyándose en el rechazo popular a la corrupción, el mismo cáncer que hoy socava los cimientos del Partido. Los altos líderes se adhieren al marxismo en sus declaraciones públicas mientras dependen de un sector privado despiadado para la creación de empleo. El Partido predica la igualdad en el país de mayor desigualdad salarial del continente asiático. Los comunistas también despreciaron el pasado la clase formada por hombres de negocios, consumidores de la época anterior a la revolución y, sin embargo, les faltó tiempo y vergüenza para aliarse con los magnates de Hong Kong cuando se recuperó la colonia británica en 1997.

Pero si escarbamos un poco en el modelo chino veremos que es mucho más comunista de lo que parece a simple vista. Lenin, quien diseñó el prototipo de gobierno para países comunistas de todo el mundo, lo reconocería de inmediato. La permanencia en el poder del Partido Comunista de China se basa en una sencilla fórmula que parece sacada del pensamiento de Lenin explicado a los niños. A pesar de todas las reformas de las últimas décadas, el Partido se ha asegurado de que conserva el control del Estado y de los tres pilares necesarios para la supervivencia de este: el personal gubernamental, la propaganda, y el Ejército de Liberación Popular.

Hace tiempo que China renunció a la centralización de la vieja escuela a favor de una economía de mercado híbrida y más pulcra, la gran innovación del partido. Pero si atendemos a los parámetros establecidos por Robert Service, el veterano historiador de la Rusia soviética, Beijing conserva un sorprendente número de los atributos de los regímenes comunistas del siglo XX.

Al igual que ocurrió en otros países comunistas, el Partido en China ha erradicado o anulado a sus rivales políticos, ha eliminado la autonomía del poder judicial y de la prensa, ha restringido el culto religioso y las libertades civiles, ha creado extensas redes de seguridad y ha enviado a disidentes a campos de trabajo. Durante la mayor parte de su historia, aunque ahora en menor medida, los líderes del Partido han imitado a los comunistas de la vieja escuela escudándose en la "infalibilidad de su doctrina y proclamándose, al mismo tiempo, científicos implacables en asuntos humanos".

El Partido en China se ha tambaleado al borde del precipicio de la autodestrucción en numerosas ocasiones. Después de cada catástrofe, el Partido se ha levantado, ha reconstruido su armadura y ha reforzado sus flancos. De algún modo ha sobrevivido, ha sido más inteligente, ha actuado mejor o simplemente ha tapado la boca a sus detractores, desmintiendo a los expertos que predecían su defunción bajo distintas circunstancias. Como maquinaria política el Partido es un fenómeno de proporciones formidables y únicas. A mediados de 2009, su número de afiliados ascendía a 75 millones, el equivalente a una doceava parte de la población adulta china.

Además, la decisión crucial del Partido de cambiar el rumbo a finales de la década de 1970 ha transformado las vidas de, literalmente, cientos de millones de chinos. Según el Banco Mundial, el número de pobres en China descendió en 500 millones entre 1981 y 2004. "La cifra absoluta de pobres (empleando el mismo estándar) en el conjunto de países en desarrollo bajó 1.500 millones a 1.100 millones en el mismo período", informó el banco. "En otras palabras, si no fuera por China, el número de pobres en países en desarrollo no habría descendido en las últimas dos décadas del siglo XX".

En solo una generación, la elite del Partido ha pasado de banda de esbirros adoctrinados con camisas de cuello mao a clase dirigente adinerada, trajeada y amiga de los negocios. Con ella se han transformado el país y el mundo en general. La prioridad actual del Partido es subirse al carro de la globalización, lo que se traducirá en una mayor eficacia económica, mayores beneficios y mayor estabilidad política.

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