Hallazgo de tiburón gatopardo impulsa área marina protegida en Punta Ballena: ¿no más pesca ni motos de agua?

Investigadores de la ONG Mar Azul Uruguayo y de la Udelar presentaron datos sobre la fauna para que el Ministerio de Ambiente apruebe la preservación de la costa oceánica. ¿Qué implica que Punta Ballena sea área protegida? El País navegó en la zona con un grupo de científicos.

Es mediodía de un sábado de otoño. Cada tanto algunas nubes tapan el sol y enfrían la jornada en Punta Ballena. Sobre la costa, entre mochilas, sogas, cámaras y boyas, los científicos Andrés Milessi, Agustín Loureiro y Valentina Brum ultiman detalles antes de subir todo a una lancha prestada que en pocos minutos saldrá mar adentro. Para ellos no es una excursión rara: los últimos tres meses los han dedicado a recorrer las aguas de Maldonado como parte del proyecto internacional “Peligrosos o en Peligro”. Pero esta vez hay un motivo especial: en esta zona apareció por primera vez registrado en forma natural el tiburón gatopardo o pintarroja (Notorynchus cepedianus), un hallazgo que podría transformarse en una pieza clave para impulsar que Punta Ballena sea declarada área marina protegida, la segunda del país después de Isla de Lobos.

Los científicos tienen muchos equipos para cargar. Y todo el operativo refleja cómo funciona gran parte de la investigación vinculada a la conservación marina en Uruguay: a pulmón, con ayuda de amigos, voluntarios y personas que colaboran sin esperar nada a cambio.

Sobre la embarcación empiezan a acomodarse mochilas con agua y comida, sogas, boyas y dos cámaras submarinas de alta definición sujetadas a estructuras artesanales diseñadas por ellos mismos para soportar la profundidad y las corrientes.

Costa de Punta Ballena
Costa de Punta Ballena en Maldonado. Vista desde el Club de Balleneros.
Foto: Ricardo Figueredo/El País.

Las cámaras pesan muchísimo. Cada una lleva incorporado un sistema metálico similar a un yunque para lograr que el dispositivo se hunda y permanezca estable en el fondo marino. Todo requiere paciencia. Puede tardar horas preparar el equipo, cargarlo, navegar, instalarlo, volver a buscarlo y después limpiar cada pieza. Y muchas veces las condiciones no ayudan. Hay jornadas en las que los agarra una tormenta o el viento obliga a improvisar sobre la marcha.

Hasta hace no mucho hacían la salida en kayak. Además de llevar el equipamiento encima, debían remar largas distancias incluso con oleaje y corrientes complicadas.

“Uno empieza a ver cómo lo hacen en otras partes y piensa cómo adaptar eso acá”, dice a El País Agustín Loureiro, biólogo marino y buzo profesional integrante de la organización Mar Azul Uruguayo, quien además participó a bordo del buque Falkor (too), en el marco de la misión Uruguay Sub200, la expedición científica que exploró las profundidades del margen continental uruguayo. Según cuenta, gran parte del trabajo consiste en adaptar metodologías internacionales a la realidad uruguaya, donde las condiciones son muy distintas a las de otros sitios. “Los primeros diseños eran más grandes, pero después empezamos a pensar cómo desarmarlos para ponerlos en un ómnibus e irnos a La Paloma”, recuerda.

Embarcación en Punta Ballena
Embarcación preparada para navegar en Punta Ballena.
Foto: Ricardo Figueredo/El País.

Ahora están un poco más preparados. Cuentan con un GPS náutico que les permite saber exactamente dónde colocan las cámaras bajo el agua, aunque las boyas marquen la ubicación. Antes no tenían ese recurso y debían orientarse tomando como referencia alguna roca o un árbol lejano sobre la costa. Entre el cansancio, las horas de navegación y la adrenalina, encontrar nuevamente las cámaras podía transformarse en una odisea. Pero siempre aparecían.

“A veces tenemos 15 o 20 centímetros de visibilidad”, relata Loureiro sobre las dificultades de trabajar en aguas turbias. Según explica, el equipo fue probando distintas formas de iluminación, posiciones de las cámaras y sistemas de fondeo para mejorar las imágenes. “Fue un aprendizaje continuo de probar, mirar y volver a intentar”, señala.

Un rato después de la una de la tarde llega la embarcación de Matías, amigo de Andrés Milessi —director de la ONG Mar Azul— y colaborador del proyecto. El viento empieza a sentirse apenas la lancha acelera y se aleja del Club Balleneros, de Casapueblo y de la silueta imponente de Punta Ballena. Sobre el agua, el paisaje cambia rápidamente. Las nubes cubren gran parte del cielo y el movimiento del mar se vuelve más intenso a medida que avanzamos hacia la zona elegida para bajar las cámaras.

El primer punto de trabajo exige coordinación y fuerza física. Entre varios levantan la estructura metálica y la deslizan lentamente hacia el agua para evitar que golpeé contra el casco. Todo debe hacerse con cuidado: el equipo es pesado, costoso y extremadamente delicado. Mientras tanto, el GPS conectado a la embarcación va registrando la profundidad y trazando un mapa de las zonas exploradas. Algunas áreas ni siquiera aparecen completas porque el aparato fue incorporado después de iniciado el proyecto, pero eso no significa que no las hayan recorrido antes.

Punta Ballena
Costa de Punta Ballena. Investigadores buscan que sea área marina protegida.
Foto: Ricardo Figueredo/El País.

Sin datos sobre el ecosistema marino

Milessi, biólogo marino, explica a El País que “Peligrosos o en Peligro” busca documentar la presencia de tiburones y rayas en la costa uruguaya para identificar áreas de importancia ecológica y promover medidas de conservación. Según indica, Punta Ballena era una zona donde existía una “carencia de datos” sobre el ecosistema marino.

“El área terrestre ya tenía bastante conocimiento, pero la parte marina tenía ese vacío de información”, sostiene. Por eso trabajaron junto a la Universidad de la República, el Centro Universitario Regional del Este (CURE), el Club Balleneros y distintas organizaciones civiles para reunir evidencia científica que permita respaldar la creación de un área marina protegida.

El patrimonio arqueológico submarino de Punta Ballena es poco conocido. La zona cuenta con restos de naufragios y otros elementos históricos que deberían ser protegidos de la acción humana, sostiene Milessi. Toda esa información, dice, ya fue presentada ante el Ministerio de Ambiente para que pueda incorporarse a una eventual área protegida.

Hay una especie en particular registrada por la tripulación: el tiburón gatopardo o pintarroja. “Su aparición en estado juvenil es muy importante en este tipo de estudios. Sabemos que aparece tanto en adultos, subadultos o juveniles en pesca deportiva, artesanal e industrial; que aparezca por primera vez un recién nacido en esta área reafirma la importancia de la zona”, asegura Milessi. Y señala que esta es “un área prioritaria para los juveniles, que pasan en las costas uruguayas sus primeros años”.

Tiburón pintarroja en el Puerto de Punta del Este.
Tiburón pintarroja en el Puerto de Punta del Este.
Foto: Iván Ibarra.

Las aguas turbias de las costas uruguayas sirven como “refugio” para estas especies, que “son pequeñas y pueden ser comidas por tiburones más grandes, y también pueden disfrutar de alimentación, ya que hay mucha comida”, indica Milessi. “Con nuestros estudios incorporamos información al SNAP, el Sistema Nacional de Áreas Protegidas, para que se consideren nuevas especies para ser protegidas en esta zona: ya se ha mencionado que es importante desde el punto de vista terrestre, por plantas, y del punto de vista patrimonio ya que hay naufragios en la zona que es necesario proteger. Desde lo ecológico es una parte importante por los ciclos que cumplen especies como tiburones y rayas”, añade.

Ahora bien, ¿qué implica un área marina protegida, como podría ser Punta Ballena? Milessi señala que estas áreas tienen como función evitar la erosión y la contaminación de las costas, brindar recursos pesqueros, y ayudar a mitigar y disminuir los efectos del cambio climático. En Uruguay las áreas marinas protegidas no son necesariamente zonas de restricción total en sí, sino que en ellas se definen restricciones específicas según cómo las diferentes actividades humanas pueden afectar los valores de conservación que el área busca proteger. Se permiten actividades que, por la forma en que son desarrolladas o gestionadas, no implican una presión directa sobre los objetivos de conservación.

Según el Ministerio de Ambiente, declarar un Área Marina Protegida (AMP) implica identificar y proteger zonas del mar que tienen un valor especial para la biodiversidad, los ecosistemas, las especies amenazadas o procesos ecológicos clave, incorporándolas al SNAP. El objetivo es conservar esos ambientes frente a amenazas como la sobrepesca, la exploración de hidrocarburos, el tráfico marítimo, la contaminación o los efectos del cambio climático.

Embarcación antes de navegar en la zona de Punta Ballena
Embarcación antes de navegar en la zona de Punta Ballena.
Foto: Ricardo Figueredo/El País.

El decreto de ingreso de las áreas marinas protegidas define medidas de protección: actividades prohibidas. “Comúnmente se aplican a actividades que signifiquen un problema a los objetivos que se plantean en la zona”, dice Sebastián Horta, técnico especializado del SNAP y de la Dirección Nacional de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos del Ministerio de Ambiente. “Por eso se requiere una evaluación y consulta a los actores que desarrollan distintas actividades”, explica. Al no haber sido declarado, por el momento no hay un proyecto de selección y delimitación que defina los valores y objetivos de conservación de esta área. “Esto se ampara en una ley que permite el cumplimiento de la normativa y se resuelve en un decreto del Poder Ejecutivo”, aclara.

Para tener una referencia, en el área protegida de Isla de Lobos está prohibido todo proceso de urbanización, realización de nuevas edificaciones, extracción de minerales e introducción de especies de flora y fauna alóctonas, así como emisión o producción de niveles de ruido “que afecten el paisaje sonoro natural” (motos de agua y barcos, por ejemplo), entre otras disposiciones.

Además de Isla de Lobos —la única área marina protegida al momento—, hay áreas integradas al SNAP que son costeras marinas como Cerro Verde, Cabo Polonio, Laguna Garzón, Laguna de Rocha, Isla de Flores y Santa Lucía, que tiene una extensión de cinco millas náuticas de la costa mar adentro.

Tiburón pintarroja
Tiburón pintarroja en el Puerto de Punta del Este.
Foto: Iván Ibarra.

Crónica en el mar: Punta Ballena

Volvemos a bordo. Una vez instalada la primera cámara, la lancha avanza algunos metros y el procedimiento vuelve a repetirse con la segunda. Después llega el tiempo de esperar: cerca de una hora flotando sobre el mar mientras las cámaras permanecen grabando en el fondo. El ambiente se vuelve distendido y los investigadores conversan.

Valentina Brum, estudiante de la Licenciatura en Ciencias Biológicas, cuenta que muchas veces las salidas se realizaron remando en kayak con todo el equipamiento encima. “Teníamos que llevar todo ahí, y con el oleaje a veces era complicado mantener todo en orden”, recuerda. También explica que los primeros días estuvieron marcados por pruebas y errores técnicos, especialmente vinculados al sonido. “De a poquito fuimos perfeccionando y mejorando todos esos aspectos”, afirma.

Embarcación en Punta Ballena
Embarcación en Punta Ballena, donde se busca incorporar esa zona como área marina protegida.
Foto: Ricardo Figueredo/El País.

La estudiante señala además que en varias oportunidades trabajaron guiados por pescadores de la zona, quienes les indicaban lugares donde habían observado determinadas especies. “Íbamos probando mucho”, resume. Dice que durante las semanas de trabajo se generó un fuerte clima de colaboración con familiares, pescadores y voluntarios que participaron de distintas maneras.

Mientras esperamos, Loureiro muestra en el celular algunas imágenes del tiburón gatopardo registrado por las cámaras submarinas. Cuesta creer que un animal así esté nadando debajo de las mismas aguas por las que avanza la lancha. El equipo logró registrar por primera vez en Uruguay ejemplares juveniles de esta especie mediante cámaras submarinas con carnada, después de más de 100 horas de grabación.

“Sabíamos que la especie estaba presente, pero nunca la habíamos registrado con cámaras y en forma natural en su ambiente”, afirma. El investigador comparó el hallazgo con “gritar un gol” por la relevancia científica que tuvo para el equipo. Incluso, según cuenta, científicos de otros países destacaron la dificultad de obtener imágenes de este tipo en aguas con tan poca visibilidad.

Embarcación en Punta Ballena
Embarcación en Punta Ballena, preparada para navegar.
Foto: Ricardo Figueredo/El País.

El alma en la cancha

Durante la espera en la lancha, Loureiro habla con entusiasmo, mezclando anécdotas técnicas con historias de mar. Escuchar a él y sus compañeros permite entender que para ellos este proyecto no es solo una investigación científica. Es algo más personal.

Dice que esta experiencia terminó construyendo, además, un fuerte componente humano. Recuerda jornadas enteras esperando las cámaras mientras el grupo pescaba, hacía snorkel o simplemente compartía el atardecer sobre el agua: “Entre todos fuimos construyendo y pilotando el proyecto”.

Atrás quedaron semanas de frío, remadas hasta el agotamiento, jornadas peleando contra el viento y la lluvia o improvisando soluciones técnicas sobre la marcha. Ellos sienten que dejaron todo en la cancha. Una vez que terminen el visionado del material para analizar los datos y recopilar la información, la pelota queda del lado del gobierno.

Por ahora toda la información recopilada continúa siendo procesada y analizada debido al enorme volumen de material audiovisual obtenido durante meses de trabajo. Una vez finalizado el informe técnico, será presentado ante el Ministerio de Ambiente. Luego deberá pasar por una Comisión Nacional Asesora, y eventualmente por una audiencia pública, antes de definir si Punta Ballena se convierte finalmente en un área marina protegida.

Embarcación recorre la costa de Punta Ballena
Embarcación recorre la costa de Punta Ballena, donde hay fauna protegida.
Foto: Ricardo Figueredo/El País.
Las “presiones” sobre Punta Ballena

Punta Ballena reúne características que la convierten en un sitio singular y de enorme valor para Uruguay, tanto desde el punto de vista ambiental como cultural, dice a El País Sebastián Horta, técnico especializado de la División del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) y de la Dirección Nacional de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos del Ministerio de Ambiente. Afirma que eso “quedó demostrado recientemente con la movilización de numerosas personas reclamando su protección”.

El área “se destaca por su paisaje, su situación geológica, su ubicación geográfica y su biodiversidad”, dice el técnico. Añade que quienes visitan Punta Ballena “no solo encuentran una costa de gran belleza escénica, sino también una experiencia singular de cercanía con el mar debido a su configuración de proa hacia el océano Atlántico”.

También destaca que la zona “es muy valorada para la pesca, tanto desde las rocas como desde embarcaciones deportivas y artesanales, además de poseer una rica historia vinculada a naufragios y rescates”. Explica que el área presenta características oceanográficas muy variables y procesos ambientales “muy interesantes”, ya que constituye el límite exterior del Río de la Plata, influenciado por las descargas de los ríos Uruguay y Paraná. En determinadas ocasiones predominan allí las aguas del Río de la Plata sobre las del océano Atlántico. Según detalla, esa condición “favorece la presencia de mejillón azul y convierte al lugar en un área de refugio y alimentación para numerosas especies de peces, incluidos tiburones con problemas de conservación a nivel internacional, como también mamíferos marinos: ballenas, delfines y tortugas”. Asimismo, “el fondo rocoso aporta una gran heterogeneidad de ambientes, funcionando como sustrato para algas y mejillones y como hábitat para distintos organismos invertebrados, como cangrejos, esponjas y anémonas”. Sin embargo, Horta advierte que “sobre el sitio existe una fuerte presión derivada de actividades e intereses humanos que representan un riesgo para la conservación de esos valores naturales”.

Puerto del Club Balleneros
Puerto del Club Balleneros en Punta Ballena, donde llega una embarcación.
Foto: Ricardo Figueredo/El País.

¿Cómo es el proceso para declarar un área marina protegida? Primero debe analizarse si la herramienta adecuada es la ley del SNAP. Esa normativa “permite establecer objetivos de conservación y medidas de protección destinadas a limitar o regular actividades que amenacen los ecosistemas”, dice Horta.

Según indica, el objetivo es garantizar que las características por las cuales el sitio es valorado puedan mantenerse en el tiempo para el disfrute y aprovechamiento de las futuras generaciones. “La salud y la vida de las personas dependen del buen estado del ambiente”, sostiene.

Para que Punta Ballena pueda ser incorporada al SNAP, el área debe ser propuesta formalmente ante el Ministerio de Ambiente siguiendo las pautas establecidas por la ley 17.234. Posteriormente, el proyecto atraviesa un proceso de evaluación y consulta con actores vinculados al lugar y con la sociedad involucrada, hasta que finalmente puede ser declarado mediante un decreto del Poder Ejecutivo.

Además, existen otras herramientas de conservación vinculadas a normativas municipales o de ordenamiento territorial, aunque Horta dice que, en un contexto de fuerte especulación inmobiliaria y creciente presión de actividades humanas que contaminan, destruyen hábitats y sustituyen espacios naturales, la designación como área protegida del SNAP “parece ser el camino correcto”. No obstante, aclara que ese análisis todavía debe realizarse.

Respecto a la posibilidad concreta de avanzar hacia esa declaración, afirma que “es viable siempre y cuando se demuestre documentalmente que la protección responde a un interés general”. En ese sentido, remarca la importancia de encontrar un equilibrio entre la conservación y las actividades humanas compatibles con el lugar. “Se intenta no afectar las actividades que se desarrollan de forma armoniosa con los objetivos de conservación y que no significan una amenaza”, afirma.

Intendencia de Maldonado aprobó por unanimidad el ingreso de la zona bajo la categoría Monumento Natural

El Ministerio de Ambiente denegó en 2024 la construcción de un complejo de 29 edificios en Punta Ballena, respaldado por informes que advierten sobre impactos irreversibles. Hoy el sitio es Reserva Natural Departamental y se avanza para incluirlo en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP).

El pasado viernes 5 de junio la Comisión Asesora Técnica creada por la Intendencia de Maldonado aprobó por unanimidad el ingreso de la zona bajo la categoría de Monumento Natural. La decisión representa un nuevo avance en el proceso que busca garantizar la conservación de uno de los paisajes costeros más emblemáticos del país.

Punta Ballena
Costa de Punta Ballena en Maldonado.
Foto: Ricardo Figueredo/El País.

La comisión está integrada por representantes de la Intendencia de Maldonado, del Centro Universitario Regional del Este (CURE) de la Universidad de la República, de la Asociación Civil Punta Ballena Protegida y de los partidos con representación en la Junta Departamental de Maldonado. Tras analizar la propuesta, el organismo recomendó al intendente de Maldonado, Miguel Abella, elevar el expediente al Ministerio de Ambiente para dar cumplimiento al procedimiento previsto en la normativa que regula el SNAP.

La comisión sugirió que la presentación ante el gobierno sea realizada de forma conjunta entre la intendencia fernandina y Punta Ballena Protegida, “en reconocimiento al papel que desempeñó la sociedad civil en la construcción y promoción de esta iniciativa”.

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