Paula Barquet, en Cerro Largo
No hay cartel. Nada indica dónde comienza el poblado. Por un camino de tierra casi intransitable, unas poquitas casas empiezan a verse. Están separadas, como desperdigadas. Algunas lucen abandonadas. Dicen que allí vivieron 3.000 personas.
Medio Luto no figura en los mapas de Cerro Largo pero se encuentra a 50 kilómetros de Melo, a tres de Aceguá (en la frontera con Brasil) y a otros tres de Isidoro Noblía, el poblado de referencia. Medio Luto supo ser una suerte de barrio de la localidad Puntas de la Mina (que tampoco se nombra en la cartografía). Hoy son prácticamente lo mismo. De los miles de habitantes que durante parte del siglo XIX y todo el XX ocuparon esas tierras, hoy quedan vagos recuerdos y pocos testigos.
Los "pueblos de ratas" o rancheríos del interior profundo se fueron formando alrededor de estancias y riachuelos tras el alambramiento y modernización del campo. La población rural por aquella época iba en ascenso, pero con la industrialización comenzó la decadencia. Según el arquitecto e investigador Carlos Musso, el descenso arrancó por 1940.
No hay datos acerca de cuántos poblados uruguayos existen en estas condiciones. No se pudo averiguar entre los técnicos del Ministerio de Vivienda. El Instituto Nacional de Estadística tampoco sistematizó esa información. De todas formas, la realidad está a la vista.
La de Medio Luto es una historia particular. En lo más alto de un terreno en bajada sobreviven tres casas de material sólido y yacen seis ranchitos de terrón y paja, deshabitados y derruidos por el tiempo. Allí históricamente residían los blancos, la mitad de los habitantes. En el llano, la otra mitad: los negros.
Un camino tapado de monte nativo conecta ambas zonas. A un lado aparece el rancho de Delicia Araujo, una de los cuatro afrodescendientes que vieron el Medio Luto en "esplendor", y siguen vivos.
Delicia duerme la siesta porque le duele la cabeza, pero igual recibe a Qué Pasa sin vacilar. Se levanta de la cama -separada del resto de la casa por una "cortina" de náilon-, e invita a pasar. No parece sorprendida con la visita.
Apenas puede, habla de la muerte de uno de sus hijos, Antonio, "por un lío de mujeres". Cuando en Noblía se comentaba que estaba lastimado, ella ya tenía el "persentimento", asegura. Con sus 64 años, ese "fracaso" que aún la tiene "shockeada", es lo único que la hace llorar.
Por lo demás, se sonríe como una niña chica. Tiene "11 negros gordos" que la hacen feliz con sus tareas de peluqueros o plomeros. Además, casi todos terminaron la escuela. Los hijos de Delicia (y sus 45 nietos) no viven en Medio Luto, claro. Están dispersos por otros pagos y rara vez van a verla "porque tienen familia y no es tan fácil el pasaje". Igual, ella dice que le gusta estar sola.
"Cómo me aburre el pueblo. Me muero si voy al pueblo. Acá cargo leña y agua, todo despacito", explica esforzando el español. Cuando amanece, se levanta. Cuando oscurece, se acuesta. Su día se va en traer agua de la cachimba, tirar comida a las gallinas y sentarse a tomar mate. Alguna vez, barre. Sea invierno o verano, se prepara una sopita o un guiso de arroz, siempre para el día. Porque Delicia, como el resto de los habitantes negros de Medio Luto, no tiene electricidad.
Entre 2007 y 2008 UTE fue a electrificar por primera vez Puntas de la Mina, pero no pudo hacer la instalación en todas las viviendas. Las cuatro familias negras dijeron que no les daba para mantener el gasto. Además, no tienen los títulos de propiedad porque los terrenos no son suyos a pesar de que los ocupan hace más de 30 años. Las familias blancas sí pudieron acceder.
Hace dos años, por un convenio entre el Ministerio de Desarrollo Social, la intendencia de Cerro Largo y el programa Uruguay Rural del Ministerio de Ganadería, a Delicia le construyeron un rancho de bloque y chapa. El suyo de antes, que levantó junto a sus hijos hace 50 años, está "todo estragado".
Con cada tormenta, las cañas de su viejo hogar se quiebran y las pajas se ablandan. Las paredes artesanales apenas se sostienen erguidas. A pesar de que duerme en el nuevo, Delicia conserva casi todas sus pertenencias en el otro. Las camas aún están a medio hacer, hay chupetes, desodorantes, paquetes de royal, carteras cargadas de documentos. "Todo era bein arregladinho, mais fue cayendo", se excusa. Lamenta perder "el roperito" y la "camita". "Son cositas de pobre, pero que se me estraguen...", suspira con tristeza, sin perder la sonrisa.
Al rato confiesa que le encanta conversar. Tanto, que acompaña la visita a otro viejo habitante de Medio Luto: un hombre de su misma edad, que se hace llamar Negrón.
"Acá nos criamos nueve negritos. Mi abuela murió con 108 años", empieza a contar el hombre casi sin esperar preguntas. Jesús Silva, o Negrón, tiene una suerte de living instalado a la intemperie a metros de su casa. "Pere que agarro el remedio", comenta antes de caminar hacia allí.
Ya con su botella de caña en mano, Negrón empieza el show de chistes. Coincide con Delicia en que la presencia de este suplemento es "linda", pero "qué lástima que no trajeron ni un whisky". Sus largas uñas asoman por los agujeros de sus alpargatas. El olor que desprende su camisa revela varias semanas de uso. Los ojos de color indefinido, como si fueran canicas, son signo del mestizaje. "Siempre para la joda, siempre riendo, pero con respeto", se describe a sí mismo.
Negrón bien podría ser la alegría de Medio Luto, si allí todavía existiera alguien para escuchar sus bromas.
SE FUERON TODOS. Delicia nació en Brasil. Llegó a Medio Luto a los 16 años, no sabe explicar mucho por qué, y se instaló "en la zona de los negros". Negrón, en cambio, se enorgullece de haber nacido allí, aunque advierte un tanto reticente que ése no es su nombre verdadero.
Una vez, su abuela (rubia) fue al cementerio en Montevideo con su abuelo (negro). Desde allí la gente lo empezó a denominar Medio Luto por la mezcla de razas, pero a Negrón le molesta y reivindica que en los orígenes el pueblo se llamaba Rosalía, en honor a una señora que donó sus campos para que la gente se asentara allí. Otros pioneros en el poblamiento de la zona habrían dejado sus tierras para que las habitara quien quisiera.
Según Negrón, Rosalía fue parienta lejana suya, dato que no sorprende. En Medio Luto todos llevan más o menos directo los apellidos Silva y Silvera. A pesar de tener un origen familiar, ninguno de los parientes de Negrón permaneció en el pueblo.
Sus hermanos hicieron la escuela agraria y sus hermanas viven en Melo. Él, en cambio, cursó hasta tercero de escuela porque "era muy sinvergüenza". "Me hizo falta el estudio. Prácticamente me perdí la vida mía. No tengo nada acá", comenta en tono banal. "Uno se da cuenta de grande".
Tampoco se lamenta demasiado. "Quedó cuidando" los campos, como dicen en campaña, y también tuvo la oportunidad -aunque no le gustó- de vivir en Montevideo. Trabajó en la Fuerza Aérea y en la intendencia de Cerro Largo. Además fue peón de estancia. "No tengo sueldo pero me gusta la vida. E así, lindo".
Negrón, el único hombre afrodescendiente de la vieja camada, se gana la vida pastoreando vacas ajenas -le pagan 60 pesos por cabeza de ganado mensualmente- y vendiendo leña. Con el dinero compra caña, porotos, y poco más. Se las arregla cocinando huevos de distintas especies y recogiendo yuyos del suelo.
Nair y Carmen Rodríguez, dos hermanas también por encima de los 60 (que, a propósito, están peleadas y se ven una vez cada seis meses), tienen algunos de sus hijos y nietos consigo. Los jóvenes de Medio Luto viven de changas, alambrando o pastoreando; algunos son peones en estancias vecinas o se alistaron en el Ejército. No hay mucha opción. Son las fuentes laborales de siempre.
En Medio Luto nunca hubo proyectos productivos sustentables más que la cría de cerdos o pequeñas quintas. Dicen que en los comienzos lo habitaron esclavos que escaparon de Brasil en la Guerra de los Farrapos, por 1840. Cayeron en esas tierras sin planificación, abasteciéndose esencialmente del contrabando. Hoy viven en gran parte gracias a pensiones y asignaciones familiares. Su sobrevivencia parece haber sido de milagro.
Ese milagro hoy es casi insostenible. Quedan siete familias, no más de 10 personas menores de 20 años, y al menos cinco mayores de 60. Walter, hijo de Carmen, a sus 20 es el más grande de los jóvenes. Él también "quedó cuidando" la casa (y la madre) pero a diferencia de Negrón, no piensa estar allí toda la vida. Quizá se mude a Montevideo porque su novia -que además es su sobrina segunda-, quiere ir al liceo y él está dispuesto a acompañarla.
Hace por lo menos 20 años que el pueblo viene en declive. Según cuentan los vecinos, el hecho que marcó la emigración fue la clausura de la escuela 28, Puntas de la Mina. Cerró en 1995, supuestamente con la intención de que los niños del pueblo (que ya eran pocos) asistieran a la de Noblía, a tres kilómetros.
Hicieron firmar a los habitantes asegurándoles que sería mejor para sus hijos. Prometieron transporte diario de ida y vuelta, pero lo cumplieron a medias, y el camión llegaba sólo dos veces por semana. Los niños de Medio Luto fueron abandonando y hoy, como Walter, apenas saben leer.
La escuela reabrió hace cuatro años. Muchos pensaron (y piensan) que fue muy importante y renovaron sus esperanzas. De hecho, la escuela es la única institución del poblado. No hay policlínica, seccional, ni local municipal. No hay parroquia (nunca hubo). Puntas de la Mina se abastece de comestibles en el almacén de Carmen "la bolichera" y entierra a sus muertos en el cementerio que lleva el nombre de la zona. El resto es campo.
Muchos habitantes se fueron al cerrar la escuela. Otros tantos dejaron sus ranchos en el temporal de 2005, en el que varias paredes de adobe quedaron en el suelo. Pero ya se habían ido antes. Negrón es capaz de señalar los espacios vacíos donde hubo viviendas y hoy, ni taperas.
Y quizá el motivo de fondo para los que decidieron irse fue la carencia de servicios que hasta hace dos años era total. A la electrificación -parcial- hoy se suma un proyecto de OSE de ofrecer agua potable a través de una canilla comunitaria que estaría pronta en enero. Según un análisis encargado por Uruguay Rural, las tres cachimbas de la zona están contaminadas con altos niveles de coliformes fecales.
Puntas de la Mina fue seleccionada por ese programa como una de las 167 zonas rurales aisladas y empobrecidas en las que urgía ayuda. Trabajaron junto a Primaria enseñando a firmar a los adultos analfabetos. Organizaron reuniones explorando la identidad del pueblo, y ayudaron a resolver las necesidades básicas.
Todos estos intentos y proyectos, más otros que los habitantes de Medio Luto conservan en algún lugar de su memoria, llegan tarde. "Hubo un montón de reuniones", repiten. Pero entre ellos prima la sensación de abandono y de un pueblo destinado a desaparecer.
Emilia Clavijo y Roberto Félix cuidan la escuela desde los tiempos de su clausura. Roberto es hermano de Carmen, la bolichera. Esas dos familias y una brasileña que hace poco cruzó la frontera buscando un lugar tranquilo, son los habitantes blancos de Medio Luto. Los Félix, nativos de allí, reconocen que la gente se ha ido pero son optimistas. Sobre todo se alegran con los "logros" alcanzados: además de la luz y ahora el agua, el Plan Ceibal -con conexión de internet en la escuela- y el Plan de Emergencia llegaron a todos.
Igual, la mejora sería a largo plazo. Hoy la escuela tiene nueve alumnos. Mientras los más voluntariosos llegan a sexto, otros tantos buscan trabajo y futuro en las ciudades. Jimena González, trabajadora social de Uruguay Rural, afirma que en la zona hay autoexclusión, alcoholismo, abuso de menores, violencia doméstica y consanguineidad. Tantos males parecen imposibles entre tan poquitas personas.
Con todo, Negrón está convencido de que la situación se va a revertir. "Se fueron muchos. Se fueron para arriba, como quien dice. Pero van a volver. Están volviendo ya, por la luz". Como Delicia cuando estaba muriendo su hijo, Negrón tiene ese "persentimento". "Van a ver que se va a llenar de vecinos, si Dios quiere".
LO QUE QUEDA. Los más veteranos conservan imágenes de los bailes en la escuela y los jóvenes hablan del fútbol que armaban los domingos. Pero los recuerdos surgen con dificultad. Parece que hubieran sucedido hace un siglo.
En cambio, los restos de una de las dos comunidades afro más antiguas del país -junto a Antigua Etiopía, en Artigas- siguen vivos. O al menos están presentes en la cotidianeidad de quienes aprendieron las costumbres de la raza de sus abuelos.
Se ve en los yuyos que Delicia cuelga en las paredes, en la resistencia que opone Negrón a ir un médico tradicional, en el uso que le dan a la leche de higo para eliminar las verrugas, a la planta de "embira" para curar "el cobrero", a la coronilla para atacar el reuma; se ve en las brujerías que explican que un conocido haya nacido con deficiencia mental.
La barba canosa y desteñida de Negrón esconde una promesa, o algo así. Cuando su sobrina falleció de un paro cardíaco, aseguró que se la dejaría crecer por cuatro años. Lleva dos. Cuando vaya a reducir los restos de su parienta, los juntará con los de su barba.
Como ésta, Negrón tiene montones. Lleva en el cuello un amuleto o breve, como se le dice en la frontera. Lo que carga es una pequeña bolsita de cuero que contiene oraciones. Son para protegerse de las cruceras u otros males. No las puede decir ni enseñar, y se pone receloso cuando se le pregunta del tema. Para él es una reliquia familiar. Los nueve hermanos llevan las oraciones colgadas; su madre las copió de un libro de su abuela.
Cuando muestra su pequeño santuario con imágenes católicas, o cuando camina por el cementerio donde descansan sus antepasados, Negrón es respetuoso y temeroso. "En el tiempo en que yo era chico no se podía caminar por aquí", cuenta, y explica que en esas tierras yacen muchos más cuerpos que las tumbas que se ven. Algunos panteones los hizo él con sus propias manos cuando era empleado municipal. Allí está enterrada su "mama" (abuela), abuelo, tíos y familiares varios.
No hay sólo afrodescendientes, aclara. El cementerio es refugio de distintas razas y orígenes. De todas formas, Medio Luto, y Puntas de la Mina en general, está marcado por la vivencia de una comunidad negra que en algún tiempo tuvo otra vida y otra perspectiva. De todo eso ya casi no queda. La historia sobrevive en Negrón y su remedio, en Delicia y su soledad, y en las peleadas hermanas Rodríguez. El Estado está llegando, sí, pero justo cuando los que lo necesitaban se están yendo.
Experiencia educativa
A cargo del maestro Miguel Soler se llevaron adelante las Misiones Socio Pedagógicas entre 1945 y 1961 en siete escuelas rurales de Cerro Largo, entre ellas la de Punta de la Mina. La experiencia mejoró la calidad de vida y educación.
La mirada de Uruguay rural
Patricia Duarte, delegada por Cerro Largo del programa Uruguay Rural, opinó que parte de la decadencia de Puntas de la Mina se debe a su cercanía con el pueblo Noblía. Para ella, eso explica que no justifique la instalación de una policlínica. Incluso Duarte señaló que Noblía creció en detrimento de Puntas de la Mina y otros poblados: pasó de haber 1.000 personas a 2.600 entre los últimos dos censos. En gran parte se vincula a que hubo cuatro planes Mevir en los últimos años. "La tendencia al despoblamiento rural es mundial, influyen muchas variables", consideró la técnica. Por otro lado, dijo que las viviendas que se hicieron en Medio Luto fueron respuesta a la emergencia que allí se sufría, aunque no son soluciones a largo plazo. Uruguay Rural existirá hasta setiembre. Sus funciones las realizará la Dirección de Desarrollo Rural del Ministerio de Ganadería.
La primera campaña electoral
Medio Luto no vio candidato municipal alguno -y menos que menos, presidencial- hasta esta última campaña. Delicia Araujo, vieja en el poblado, comentó que el ex intendente nacionalista Fernando Riet estuvo por allí, y también "los del Frente Amplio" aunque no supo precisar quiénes. Los carteles de Riet tapizan Noblía, el pueblo vecino, pero en Medio Luto apenas se ve uno en la casa de Carmen Rodríguez. Los que tienen credencial (como Delicia, que la sacó hace poco tiempo) votan en Noblía. Van a buscarlos en camionetas "porque es tiempo de política", dice la mujer. Cuando terminó la campaña, volvió el ausentismo total.