El impacto de las explosiones de cajeros

La epidemia de los millones en el aire

En 13 meses hubo 74 cajeros explotados, de los cuales se repuso menos de la mitad. Entre las pérdidas millonarias, los costos de las medidas de seguridad y la certeza de que renovar las condiciones del seguro será una misión imposible, los bancos buscan curas a la epidemia.

Foto: El País
Foto: El País

Esta no es precisamente una epidemia silenciosa. Cada cajero automático explotado trae un estruendo de destrozos en las noches, y los ecos del impacto se sienten a las mañanas siguientes. Hay secuelas visibles y sensibles porque el contagio golpea en la vida cotidiana. Pero las consecuencias más dolorosas de esta epidemia se procesan en privado, y se cuentan en millones de dólares.

Unos 15 mil dólares cuesta, en promedio, un cajero automático. Reponerlo si se dañó porque lo hicieron explotar implica, además, algunos miles de dólares en sensores, alarmas, cámaras de vigilancia. Y si la terminal estaba en el lobby de una sucursal bancaria también habrá que contemplar los vidrios partidos, los techos rotos, más sensores, más alarmas, personal para poner el lugar en condiciones, pérdidas ocasionadas por la clausura temporal del local.

En los 13 meses que lleva Uruguay como escenario de esta moda delictiva, se violentaron exactamente 74 cajeros. Son aproximadamente el 10% de los equipos que hay en plaza hoy. Hubo 42 que fueron tentativas infructuosas, y 32 en los que los ladrones accedieron a las bandejas cargadas de dinero, a pesar de que en siete de estos el cajero tenía sistema de entintado. Las cifras se desprenden del conteo que realiza Edward Holfman, un exfuncionario del Ministerio del Interior que se ha especializado en seguridad privada de hoteles, casinos y remesas, y que lleva el registro meticuloso de cada cajero violentado. En todos los casos, los cajeros quedaron inutilizables: implica que alrededor de un millón de dólares fueron volados en mil pedazos.

Al principio, el Banco República (BROU) parecía indemne. Se especuló que sus cajeros oponían más dificultad, o que incluso podía responder a una posición filosófica de los delincuentes de robar solo a los privados. Las hipótesis quedaron descartadas, porque en los últimos meses los siniestros golpearon también a los cajeros de RedBROU.

De los 33 cajeros violentados, se repusieron hasta ahora “aproximadamente la mitad”, según se informó desde el BROU. Para reponer los cajeros el banco está priorizando que el equipo dañado fuera el único de la institución en la ciudad. Ya están operativos los cajeros automáticos de Aiguá, Villa Rodríguez, Migues, Los Cerrillos y Solís de Mataojo, y esta semana quedaron los de Parque del Plata y Sauce.

En el caso de Banred, los cajeros explotados fueron 41, y solamente se repusieron 15. Pero, según fuentes del sector, el parque de Banred tenía 435 cajeros hace un año, y hoy solo hay 370. Esto se explica porque, además de los vandalizados, hubo 14 que se cerraron previendo el potencial riesgo que corrían.

En definitiva, los 13 meses de epidemia dejaron un saldo de unos US$ 450.000 invertidos en reposición, y al menos 54 cajeros menos por delito o por prevención.

En cuanto al efectivo robado, los bancos son herméticos y la Policía dice no manejar montos. Pero de acuerdo a la cuenta que lleva Holfman, supera los US$ 2 millones.

Así quedó el cajero RedBrou de Legrand y Michigan. Foto: Francisco Flores.
Así quedó el cajero RedBrou de Legrand y Michigan. Foto: Francisco Flores.

El fin del negocio.

Las noticias de los cajeros explotados también duelen en otro sector. “Que no sea nuestro”, piensa para sus adentros Álvaro Motta, director de la división Reclamaciones del Banco de Seguros del Estado (BSE), cada vez que hay un nuevo episodio.

El BSE tiene desde marzo la póliza de seguros de los cajeros Banred. El negocio llegó al banco de parte de un intermediario que contaba con un reasegurador que tomaba el riesgo. Cuando se concretó, ya habían explotado una docena de máquinas de esta red, por eso la negociación fue ardua y el BSE puso como condición que a los cajeros en puntos considerados más peligrosos se los cargara con menos dinero. De todas formas, la realidad se llevó puesta toda la cautela.

“No sabíamos la cantidad de siniestros. Semejante boom no estaba en la órbita de ninguno”, afirma Motta ahora, cuando se acerca el final del contrato y se evalúa la pertinencia de su renovación y las tasas acordadas.

Motta reconoce que la pérdida del BSE en estos meses fue “alta”. Aunque no quiere ponerla en cifras, admite que lo que lleva pagado el banco por siniestros a cajeros es más del doble de las primas cobradas. Se trata, obviamente, de un pésimo negocio.

De todas formas, el BSE tiene reasegurado el 90% de la póliza con una firma extranjera. Es esta empresa la que cobra casi la totalidad de las primas, y la que corre también con la casi totalidad de los gastos de los cajeros explotados. De acuerdo al registro de Motta, Banred accionó el seguro en 17 casos (de los 41). Como el deducible está por encima del valor de la máquina (US$ 15 mil), solo valió la pena utilizarlo en los casos en que pudieron llevarse el dinero.

Igualmente, que se renueve no depende solo del BSE. La reaseguradora actual probablemente no quiera seguir, pero no es imposible que aparezca otra. Entre los bancos privados hay quienes ya tienen aceptado que el acuerdo difícilmente se extienda, y que en caso de lograrlo las primas subirán a las nubes.

Además, la situación de los socios de Banred es dispar. Algunos llevan más de 20 cajeros explotados, mientras uno sufrió solo dos. “Algunos estamos subsidiando a otros”, advirtió en ese sentido una fuente de ese banco. Agregó que es muy probable que desde febrero cada institución deba buscar su propia aseguradora.

En el caso de RedBROU, según supo El País de varias fuentes, no han hecho acuerdos con aseguradoras porque el banco está “autoasegurado”, es decir, los siniestros se cubren con créditos propios. Es una decisión que implica pérdidas grandes, pero que posiblemente se compense con el acumulado de primas ahorradas en años. En el BROU no quisieron confirmar esta información ni hacer ninguna referencia al impacto del fenómeno.

En la madrugada del 8 de noviembre explotaron un cajero ubicado en Garzón y 19 de junio (Colón). Foto: F. Flores
En la madrugada del 8 de noviembre explotaron un cajero ubicado en Garzón y 19 de junio (Colón). No accedieron al dinero. Foto: F. Flores

La cura oficial.

Un año atrás, cuando recién comenzaban las explosiones de cajeros y todavía no se avizoraba lo que vendría, en una reunión de un banco privado alguien agarró un mapa de Uruguay, marcó con precisión la ubicación y las características de cada cajero de esa empresa, y anunció: “Van a ir por estos”.

“Estos” eran los considerados más expuestos: los instalados “en el medio de la nada” y los del tipo “isla”. En cuestión de meses, los cajeros que entraban en esa categoría fueron explotados en su totalidad. “Acertamos cien por ciento”, resume, irónico, un mando alto de ese banco al que se pidió no identificar en esta nota.

En el otro extremo, el mapa se llenó de marcas de tranquilidad para señalar los que eran “imposibles” de volar. Eran los que estaban dentro de minimercados, en shoppings y estaciones de servicio, o muy próximos a seccionales policiales. “Uno decía: no se van a meter en una estación a volar un cajero. Pues sí. Con el riesgo de tener gente cerca, de que explote todo. Lo hicieron”, continúa el funcionario. “Volaron uno que estaba pegado a una seccional. En la casa lindera”, agrega, entre resignado e incrédulo.

En un rango de peligro medio se incluyeron los cajeros ubicados en los lobbies de las sucursales bancarias, y también fueron blanco de ataques.

Los únicos que se vienen salvando por ahora son los ubicados en los shoppings. Por el tiempo que les tomaría a los delincuentes llegar hasta ellos, son considerados los más difíciles de violentar. Con esa premisa, hace poco un centro comercial de Montevideo sacó el cajero que tenía cercano a una de las puertas de entrada, y lo movió hacia el interior del edificio.

De aquel mapa solo queda una conclusión: los imposibles ya no son tan imposibles, y todos -incluso los de los shop-pings- son cajeros de alto riesgo. Porque esta epidemia no sabe de peligrosidad. La definición de este banco y otros, por ende, es entintar todos, sin importar lo que dicte el sentido común.

El 5 de noviembre el Poder Ejecutivo emitió un instructivo que profundiza un decreto de julio y establece los plazos en los que debe hacerse el entintado. Allí se prevé que los bancos tengan entintados los cajeros más vulnerables en 90 días (hasta el 5 de febrero) y los considerados más seguros en 180 días (hasta el 5 de mayo), y que entreguen un “plan de adecuación” ante la Dirección General de Fiscalización de Empresas del Ministerio del Interior para plantear excepciones. En el ministerio no respondieron las insistentes consultas realizadas para esta nota.

El Banco Central (BCU), a través de su Departamento de Comunicación, infor-mó que hasta ahora lleva canjeados 11.344 billetes entintados, por un total de $ 8.734.800 (unos US$ 264.690). Los billetes entintados que se canjean son los que quedaron en el cajero o en la zona de la terminal. Estos billetes, luego del arqueo correspondiente, son presentados por los bancos al BCU y son canjeados por billetes aptos para circular. Este canje se realiza sin costo para el banco, y para el BCU solo implica el costo de reimpresión.

Respecto al entintado como cura de la epidemia, los bancos tienen distintas posturas y van a distintos ritmos. Uno de los privados entintó todos sus cajeros a principios de año, antes de que el Poder Ejecutivo siquiera resolviera la medida obligatoria, y considera que la medida fue exitosa. Esta institución tiene ahora un año y medio para adecuar su sistema al que establece el decreto. Otro de los privados tiene reparos con tratar al entintado como “la” solución, y además asegura que la importación de la tinta ha sido un trámite extremadamente burocrático en el que el gobierno no colaboró lo suficiente. Desde el BROU se dijo que prevén terminar de entintar todo antes de fin de año. Según estiman las fuentes consultadas, actualmente hay alrededor del 50% de los cajeros del país con el sistema incorporado.

Aplicar un sistema de entintado en un cajero cuesta en el entorno de los US$ 3.000. Agregar otras medidas de seguridad, como bomba de humo o sirenas ensordecedoras, sale US$ 5.000. Empotrar el cajero al piso con una barra de acero, y duplicar el grosor del acero que lo recubre -como se hizo en Chile- cuesta, prácticamente, lo mismo que un cajero nuevo.

Chile y Paraguay: distintas experiencias con el entintado
Varios cajeros en Montevideo ya alertan la nueva medida de seguridad. Foto: Fernando Ponzetto

Esta epidemia llega tarde a Uruguay. Como ya sucedió con otras modas delictivas (por ejemplo, fraude con tarjetas de crédito), van migrando en busca de terrenos fértiles para actuar. En Uruguay se observa especialmente la experiencia de Chile y Paraguay.

En Chile, el año del boom fue 2012. Ese año atacaron 491 cajeros automáticos, no solo intentando explotarlos con gas, sino también mediante otras técnicas (impactando la terminal con un vehículo, por ejemplo). En octubre de 2013 el gobierno emitió un decreto que obligaba a empotrar los cajeros, a entintar los billetes y a disponer de cámaras de seguridad más modernas. De acuerdo a la prensa chilena, los asaltos fueron bajando hasta casi desaparecer en 2017. Más que al entintado, el resultado se le atribuye al combo de medidas de seguridad.

En Paraguay, en tanto, los ataques se extendieron durante cuatro años aproximadamente, pero cobraron intensidad entre 2014 y 2015. Allí las explosiones se hacían con dinamita en gel y en ocasiones eran asaltos violentos, con tomas de rehenes incluidas. Desde que se aplicó el entintado, en 2015, hubo un par de episodios más pero los delincuentes cayeron presos intentando usar billetes manchados, con lo cual la práctica perdió atractivo.

En vista de las experiencias internacionales, desde febrero y por varios meses más, una comisión integrada por el Ministerio del Interior, el Ejército, el Banco Central, el BROU y los bancos agrupados en Banred, realizaron una serie de pruebas para determinar qué sistema de entintado incorporar. Se analizaron distintos tipos de tinta, se vio cuánto manchaban, si se expandían o no, si eran tóxicas, si eran lavables.

Finalmente, el BCU resolvió las especificaciones. El sistema podrá ser activo (con sensores) o pasivo (por quiebre del depósito de la tinta). La tinta será de color verde.

¿Qué más se puede hacer? Se manejó la posibilidad de instalar cajeros dentro de las seccionales policiales, algo que hizo Chile en 60 localidades como medida temporal, y que se evaluó como positiva. Si bien el BROU imitó esa iniciativa tras el ataque de su cajero en Parque del Plata, hacerlo como medida general es algo que ya no está sobre la mesa.

Varios bancos han optado por dejar de brindar el servicios durante la noche. Otros consideraron que sin sacar el dinero carecía de sentido, y que contratar una transportadora para ese movimiento diario sería muy costoso. Algunas instituciones privadas han disminuido la recarga de dinero, lo cual ha generado malestar en el sector ya que se considera que así se afecta a toda la red, y por ende al usuario.

Porque esta es otra preocupación que surgió en medio del impacto: la certeza de estar resintiendo el servicio. Para paliarlo, todos están apelando a fortalecer los acuerdos de corresponsalía con las redes de cobranza (por los que es posible extraer dinero allí) y analizando expandirlos a supermercados u otros. ¿Es el fin de los cajeros? Por ahora no se ve de esa forma, y se tiene esperanza en el entintado. Hasta mayo hay tiempo para especular.

La policía enfrenta una moda que evoluciona y contagia

El primer asalto del que se tiene registro reciente fue el 21 de septiembre, en la torre de Antel. Cortaron el cajero con una amoladora; eran uruguayos. El segundo fue el 30 de octubre, en un supermercado de Pocitos. Ese sí dio inicio a la modalidad de explosión; fue con una garrafa de 13 kilos.

En febrero cayó una banda integrada por chilenos y uruguayos. Entonces se supo que la modalidad había sido “importada” de ese país. Siete hombres fueron procesados; seis eran chilenos y tenían antecedentes. Hay otros cuatro chilenos que están requeridos y se presume están fuera del país.

Las primeras explosiones eran más fuertes y dañaban mucho más que los cajeros. El método se fue profesionalizando y cambió la garrafa de supergás, por la combinación de oxígeno y acetileno, como quedó registrado en el video del robo de Nuevo Berlín.

Surgieron otras bandas que imitan el procedimiento, con más o menos éxito. De ahí que empezó a haber intentos infructíferos. Fuentes policiales comentaron a El País días atrás que hay al menos seis bandas explotando cajeros. Según Edward Holfman, experto en seguridad, uno de estos grupos, al que identifica como “la banda del Bora” (porque generalmente utiliza un Volkswagen Bora para huir, y luego lo prende fuego) es altamente eficiente en sus atracos.

En la mayoría de las situaciones, las cámaras de vigilancia de los cajeros -monitoreadas en tiempo real- no sirven para actuar a tiempo porque los robos duran dos minutos. En un caso la Policía logró detener a cinco delincuentes y recuperar los $ 1.600.000 robados.

En suma, Holfman cuenta 39 personas vinculadas a las explosiones de cajeros: 17 condenados, 15 formalizados, uno pendiente de formalizar y seis requeridos.

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