No hay sombra más densa que la penumbra que antecede al amanecer. Así de oscuro comienzan los días de Miguel "Chan" Dávila, que a fuerza de tanto madrugar ya tiene ojos de búho.
A sus 54 años, el rostro de "Chan" deja asomar los surcos que el sol ha labrado en su rostro. Son las marcas del endemoniado y venerado sol caribeño que azota inmisericorde a quienes, como él, viven de la pesca. Pero el oficio ha perdido su cariz aventurero.
"Ahora, cada vez hay que ir a pescar más y más lejos", dijo el hombre que es el líder de una villa pesquera que agrupa a los pescadores de las comunidades Maternillo y Mansión del Sapo en Fajardo, un municipio en la costa noreste de Puerto Rico.
"Antes se pescaba a una milla de la costa, pero ahora hay que ir cinco y ocho millas más adentro. Gastamos más combustible, nos arriesgamos por el mal tiempo y lo que se pesca es pequeño. Nada es como antes", se lamentó repitiendo una frase que, por ser tan trillada, ha perdido su impacto.
Desde hacía tiempo, "Chan" notaba que algo raro ocurría en las aguas donde pescó desde niño. Lo más dramático fue notar que muchos de los arrecifes de coral se habían despojado de sus vibrantes colores para mostrar un blanco fantasmal, como si se hubieran desnudado. "Yo creía que se habían puesto blancos por el golpe que reciben de las miles de embarcaciones que tiran sus anclas, pero un biólogo me dijo que era también por el calentamiento", narró.
Los arrecifes de coral son el ecosistema marino más rico en biodiversidad y uno de los más productivos en la faz de la Tierra comparado con los bosques tropicales. Pero son más que hermosas formaciones que seducen a turistas curiosos. Según la Red Global de Supervisión de Arrecifes Coralinos, la región del Caribe genera entre U$S 3.100 y U$S 4.600 millones en ingresos anuales producto de actividades relacionadas con este recurso marino. En Puerto Rico, las actividades relacionadas con los recursos marinos generan cada año U$S 2.000 millones, dijo Ruperto Chaparro, director de Sea Grant, programa educativo dedicado a promover la conservación y el uso sustentable de los recursos marinos y costeros de Puerto Rico, las Islas Vírgenes y la región del Caribe.
A pesar de estos beneficios, es poco lo que el gobierno destina para proteger este recurso. "Considerando los cerca de cuatro millones de turistas que nos visitan cada año sumado a los cuatro millones de habitantes, la inversión del gobierno en el recurso marino es de menos de un centavo al año", dijo Chaparro.
Los arrecifes son el hábitat de peces de valor comercial. En Puerto Rico se desembarcan en la actualidad entre cuatro y seis millones de kilos de pescado anuales y el 70% de estos proviene de los arrecifes de coral, dijo Daniel Matos, biólogo marino del Laboratorio de Investigaciones Pesqueras del Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA).
Pero eso es casi la mitad de lo que se pescaba en el 1970, cuando el promedio de desembarcos rondaba los 14 millones de kilos. Esta reducción es atribuida a una mezcla de variables que incluyen nuevos reglamentos que limitan la pesca de ciertos peces y moluscos como el carrucho, y es también la consecuencia de la sobrepesca. Pero una de las variables que se sabe está incidiendo en esta merma es el calentemiento global. "No tenemos estadísticas aún, pero sabemos que es una de las causas", dijo Matos.
Eventos en los que la temperatura del mar se eleva por períodos prolongados provocan el blanqueamiento de los arrecifes. Esto ocurre cuando los pólipos del coral, estresados por el calor o por radiación ultravioleta expulsan el alga simbiótica que vive en los tejidos del coral. Cuando el alga es expulsada, el coral se torna blanco y parece que se ha desteñido, explicó el biólogo marino Edwin Hernández, uno de los investigadores más prominentes dedicado al estudio de los arrecifes de coral.
Si se pierde el arrecife, los peces no vienen a comer ni a reproducirse. Más aún, con su muerte, comunidades de peces vinculadas a este ecosistema sencillamente desaparecen. Esto es lo que ocurió en algunas áreas marinas estudiadas en Puerto Rico.
La temperatura promedio máxima saludable para los arrecifes de coral del Caribe debe ser de 28,5 grados. Pero en 2005, alcanzó los 31,8 grados durante 15 semanas. En 2006 la temperatura se mantuvo en los 29 grados y en lo que va de 2007 se mantiene en los 29 grados. Aunque leve, esta lectura es superior a la temperatura deseada, según explicó.
Estos eventos causaron mortandad de arrecifes que en algunas áres alcanzó entre un 65 a un 85%. Lo más serio es que gran parte del coral muerto pertenecía a unas especies cuya presencia es vital para la construcción de la estructura del arrecife. "Este estrés ha provocado que el arrecife que sobrevivió dedique su energía a mantenerse vivo en lugar de reproducirse", explicó Hernández.
El pescador "Chan" no puede conceptualizar científicamente las consecuencias del cambio climático, pero su testimonio le pone rostro a un problema global que aún es etéreo para muchos. "La pesca no es como antes y el clima está bien raro. Hay algo raro pasando, algo que es muy diferente".