Dublín, una ciudad llena de palabras

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ENPRIMERA PERSONA

Nacido en 1958, Doyle es una de las más destacadas voces literarias de Irlanda, con una obra de ficción que se bifurca en novelas, obras de teatro, cuentos y guiones para cine y televisión. Maestro de literatura durante casi 15 años, capturó sus primeros lectores en 1987 con la novela The commitments, un vigoroso retrato de un grupo de personajes que confluyen en un grupo musical. Su más reciente libro en inglés se llama The dead Republic y el último en traducirse al castellano fue La mujer que se estrellaba contra las puertas, en 2008.

Dublín es una ciudad de palabras. Tiene un par de edificios que valen la pena y la ciudad está al lado del mar. En días crueles, llega a estar en el mar. Las montañas están cerca, pero no están entre las más imponentes. Y está el río, el Liffey. Ahí está el ingrediente secreto de la cerveza Guiness pero más allá de eso, desilusiona un poco. Es pequeño. No estoy siendo honesto en esto; probablemente esté siendo estúpido.

Dublín tiene su gloria y, en muchos de los sentidos de la palabra, la ciudad es encantadora. Pero quiero enfatizar esto, establecerlo como un credo: Dublín no es un lugar. Dublín es un sonido. Dublín es el sonido de gente hablando. La ciudad es el sonido de gente a la que le encanta hablar, gente enamorada de las palabras, que ama tomarlas y jugar con ellas, doblándolas y estirándolas, alargando las cortas y acortando las largas, gente a la que le encanta inventar palabras y darle significados nuevos a las antiguas.

Los esquimales podrán tener muchas palabras para "nieve", pero los dublineses solo necesitan dos para expresar su reacción si nevara en la ciudad: "Puta nieve". En Dublín hay muchas maneras de saludar: "Hola", "¿Cómo estás?", "Aló", "¿Cómo va?", "¿Cómo van las cosas?", "¿Cuál es la historia?", "¿Cómo está el hombre?", "¿Qué se cuenta?".

Muchas de ellas llevan un signo de interrogación; alguna de ellas hasta exigen una respuesta. "¿Cuál es la historia?", es una pregunta extraordinaria para ser hecha varias veces al día, más un desafío que un saludo. Como si la ciudad te diera un empujón para que te conviertas en un conversador, un anecdotista, un escritor: no avanzarás si no eres capaz de entregar una historia medianamente decente, algo que vale la pena escuchar y luego transmitir.

Cuando era un maestro de escuela, allá por los últimos días de la recesión anterior, y me topaba con un grupo de chicos amontonados en la esquina de una esquina del patio escolar, de donde salía el olor a culpa y a humo de cigarrillo, a menudo les preguntaba: "¿Cuál es la historia acá?". Ellos me entendían: los estaba invitando a que zafaran del problema hablando. Muy de vez en cuando me desilusionaban.

He visto a niños silenciosos en otras partes del mundo: me aterran. Los niños de Dublín responden con un zumbido.

Hace poco leí un cuento de un adolescente de 15 años. La palabra "zumbido" aparecía una vez cada dos oraciones. Pero nunca era usada exactamente en el mismo sentido. Era como estar viendo la creación de nueva vida, con sus extremidades y sus rasgos sometidos a prueba y luego afirmados. Ayer, un grupo de mujeres jóvenes me explicaron qué es un "incubador casero". El término había aparecido en algo que habían escrito: "Era medio `incubador casero` pero ahora vive más afuera que adentro". Un "incubador casero" es generalmente un hombre que pasa demasiado tiempo dentro de su casa jugando videojuegos.

Tal vez la expresión no haya nacido en Dublín, pero la frase "era medio incubador casero" no podría haber nacido en ninguna otra parte.

Soy un nostálgico, ya sé. Hay veces que veo a chicos de Dublín que no hablan. Y pueden pasar días en la ciudad sin que escuche "¿Cuál es la historia?". Pero mi nostalgia es deliberada. Hace unos días escuché a dos mujeres en la radio, llorando: les iban a embargar sus hogares. Los años del Tigre Celta, para la mayoría de la gente, se terminaron. Volvieron las colas de desocupados. Cierran negocios. Edificios sin terminar empezaron a crujir. La gente teme inhalar y exhalar; algo más les será quitado. El tipo que estuvo al lado mío el otro día tenía razón: "Este país está hecho pedazos". Pero la gente de Dublín siempre tendrá sus palabras. No hay impuesto al lunfardo. La palabra temida de esta semana es "embargado". La semana que viene, alguien se adueñará de esa palabra: "¡Vení o si no te embargo!". Dublín saldrá adelante, porque Dublín es la ciudad que nunca se calla.

Tres historias llevadas al cine

The commitments, The snapper y La camioneta constituyen la trilogía de Barrytown, sobre historias de gente de los suburbios de la capital irlandesa, Dublín. En 1991, Alan Parker dirigió Camino a la fama, la adaptación de la primera novela de Doyle. Stephen Frears se encargó de las dos entregas siguientes.

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