PUEBLO DE LÁGRIMAS

El día que Quebracho se quedó solo

Quebracho despertó el martes con la noticia que dio cierre a una semana de dolor e incertidumbre. Las sensaciones encontradas, la necesidad de llorar a (todos) sus muertos y la carga de saberse incomprendidos. Esta es una crónica del pueblo sanducero en su día de mayor soledad.

Cortejo: el martes, al caer el sol, decenas de personas en Quebracho trasladaron los restos de Martín Bentancur. Foto: F. Ponzetto
Cortejo: el martes, al caer el sol, decenas de personas en Quebracho trasladaron los restos de Martín Bentancur. Foto: F. Ponzetto

Pueblo Quebracho, martes 3 de abril, 12 del mediodía. En la comisaría, tres policías con pocas horas de sueño atienden el teléfono que no para de sonar. Hace unas horas que, después de seis días de búsqueda, el cuerpo de Martín Bentancur apareció a 15 minutos de ahí. El comisario está agotado. "Todavía no caigo. No sé ni en qué día vivo. Se trabajó sin tiempo", suelta de a poco con la voz apagada y sonríe no por satisfacción, sino por pura cordialidad. Están preocupados, él y sus hombres, porque "al desaparecer lo inminente, queda lo latente" y "no se descartan represalias".

¿Represalias? ¿De quién? ¿Hacia quién? Las palabras son escasas. No hay tiempo ni autorización para más explicaciones. Tampoco quieren hablar sobre su compañero muerto, el policía Juan Oviedo. "Era buena persona. Hace un año que entró", se limitan a comentar. El comisario dice que este episodio les ha permitido concluir que "nadie respeta al prójimo" y que "las redes sociales van más rápido" que ellos. Sugiere visitar el centro de comando de crisis que se instaló en el polideportivo, a dos cuadras de allí, y preguntar por el capitán Pereyra.

Washington "Wato" Pereyra, negociador con 28 años de experiencia en la Policía, nos recibe en el salón que hasta hace un rato fue lugar de análisis y decisiones de él y otros 14 hombres llegados desde Montevideo. Dos pizarrones blancos, que fueron tomados a préstamo de una escuela, están repletos de anotaciones sobre Bentancur que Pereyra pide no revelar porque el caso aún está en presumario. En el margen superior de uno de ellos, una foto impresa del hombre que una semana atrás terminó con la vida de su exsuegra y del policía que acudió en su auxilio. Al costado, un mapa de la zona con el perímetro dentro del cual se extendió la búsqueda por tierra, aire y agua. Sobre la mesa de caballete todavía hay huellas del trabajo: computadora, impresora, cuaderno, handie, mate, termo y cigarrillos.

Pereyra tampoco puede hacer declaraciones. A esa hora, en Montevideo, es el jefe de Policía de Paysandú el autorizado a dar una conferencia sobre el operativo y sobre Bentancur, sobre su accionar "metódico y ordenado", sobre sus palabras de perdón para la familia, los amigos y la Policía. Reconoce que la escuela en la que durmió estando prófugo fue recorrida por fuera cuatro veces, pero como no había candados forzados ni puertas rotas, no chequearon dentro. Atribuye esta omisión a la meticulosidad de Bentancur.

La Policía se había trazado un perfil de él: sabían que era "introvertido, respetuoso, solidario, hábil con las herramientas, rápido para resolver, confiable, orientado hacia sus objetivos, creativo, ordenado, disciplinado". Cientos de los 3.000 habitantes de Quebracho pasaron por ese salón, una vez o más, para dar información y descargar su angustia. "Este fue un centro de alivio", dice Pereyra.

El pizarrón contiene muchos detalles sobre la historia de Bentancur que a priori podrían explicar su conducta. Algunos son sabidos por todos —que se crió en un tambo, que de adolescente manejaba armas largas, que ya siendo grande se instaló con su familia en el pueblo— y otros más íntimos que forman parte de la "línea táctica" que corría en paralelo a la "línea operativa".

Lo cierto es que muchos de esos aspectos reservados por la Policía están en boca de todos. Han sido deformados, exagerados y circulan a esas primeras horas de la tarde del martes en forma de chisme, audio de WhatsApp o comentario de Facebook. Y todos tienen un eje: culpar a Valeria Martínez Goyeneche.

"Cuidado", advierte Pereyra. "Son todas familias. Cualquier chispa que vos enciendas, podés lograr una explosión. Un artículo puede generar una desestabilización social".

Tres vehículos de la Republicana y del Grupo de Reserva Táctica siguen haciendo recorridas. Están atentos a las familias involucradas, pero para él, su trabajo está terminado: el miércoles el equipo dejará Quebracho. Pereyra es consciente de la tensión que se respira, pero confía en que todo se estabilice tras las exequias.

Qué sentir.

Dos de la tarde, casa velatoria de la pequeña localidad sanducera que hasta hace no mucho era considerada una villa. Amigos y familiares se empiezan a acercar para recibir el cuerpo de Bentancur. Llora su madre, alguien la abraza y le dice una palabra de consuelo. "Por lo menos se terminó la incertidumbre", contesta ella.

En la esquina, un hombre sale de un taller mecánico, se seca el sudor y mira hacia la casa velatoria. Está enojado. Dice que lo conocía, y que por supuesto que lo quería. Luego suelta una chorrera de insultos hacia Valeria y su madre, Nelly Goyeneche, "Ina" para sus más íntimos, a la que tilda de "manijera". Se explaya sobre la infidelidad de Valeria con un hombre menor que ella y dice lo que muchos: que le sacó plata del banco y que le mandó videos con su "amante". Finalmente concluye: "Lo guampeó, le robó, y se burló de él. ¿Quién aguanta eso? Lo que él hizo no está escrito, pero era una excelente persona, él y su familia. Cuando se murió la señora, no cerró ningún comercio. Hoy está todo cerrado por él", dispara.

A dos cuadras de allí, la casa que fue escenario de las dos muertes está vacía. Desde afuera, nada llama la atención. Los vecinos todavía contemplan la construcción incrédulos. Nair, dueña de la vivienda en diagonal al fondo, dice que esa noche no escuchó ruidos y que cuando amaneció, no podía creer lo que oía en la radio. "Era una amiga de toda la vida", susurra. Ramón, de la casa contigua a la de Goyeneche, mueve la cabeza de lado a lado apesadumbrado, y dice: "Era una buena señora y una buena vecina. ¿Los Bentancur? Otros buenos vecinos. Lamento mucho lo que hizo. Esto es una admiración para Quebracho".

Cementerio de la localidad, 15:30 horas. César y Miguel, funcionarios municipales, sacan tierra de la que será la tumba de Martín Bentancur. Miguel fue compañero de Nelly del liceo. César tenía amigos en común con Martín, y también había compartido reuniones con Juan, el policía. Enterrar conocidos es parte de su trabajo y ya están acostumbrados, pero esa muerte es el corolario de una triple tragedia. Lo más doloroso, dice César, siempre es enterrar criaturas. "Con este gurí no sé ni qué sentir", confiesa.

Pero no quieren opinar, porque para hacerlo "tenés que haber estado en los zapatos de alguno de ellos", dice César, hastiado de lo que viene leyendo. "En Facebook, la gente del pueblo opina a favor de él. A ella nadie la defiende. La culpan. Los que opinan en contra de él son de Montevideo. Opinan por opinar", resume. Y ante el silencio que sobreviene, entiende necesario agregar: "Lo que pasa es que leer doble homicida… es bravo".

Entre palazo y palazo, César dice que el duelo va a costar y que siente dolor por los familiares. Y en él se repite otra vez aquella palabra: "Dios quiera termine acá y no haya ninguna represalia más".

Despedida: Miguel y César cavan la tumba de Martín Bentancur. Foto: F. Ponzetto
Despedida: Miguel y César cavan la tumba de Martín Bentancur. Foto: F. Ponzetto

Después del miedo.

Plaza del barrio Mevir, 16:30 horas. A unas 15 cuadras del velatorio al que llega cada vez más gente, Déborah Martínez y Andrea Goyeneche, hija y hermana de Nelly, se acompañan en su angustia. Los últimos cinco días los pasaron encerradas, con dos policías custodiando la casa las 24 horas por miedo a la irrupción de un Bentancur dispuesto a más. Abuelos, hermanos, cuñados, tíos, sobrino: todos en una misma casa. Todos menos Valeria, su hija de siete años y su novio, que fueron trasladados a Paysandú. De apuro colocaron una doble reja en el fondo de la casa. Además de la custodia permanente, tuvieron visitas repentinas de la Republicana, con sus focos y sus perros. Fueron cinco días de dormir casi nada y temer ante el mínimo sonido inesperado. De ver el informativo y no creerlo cierto, de llorar hasta no tener lágrimas, de sentirse solos, desconsolados, y encima, acusados.

Por fin respiran al aire libre. Están sentadas en un banco de la plaza de enfrente. El hijo de Déborah, de cinco años, patea la pelota con su padre. No hay nadie más.

Martín era "muy callado", dicen. Pero también era "servicial" y "muy inteligente: ¡normal!". Agradecido con los abuelos de ella, que durante tres años le dieron techo y lo "adoraron". Pero "no tuvo la madurez para afrontar que aquello no iba más", dice Andrea. Y agrega Déborah: "Lo que nos tiene partidos al medio es que mucha gente en este pueblo no sabe lo que pasó y habla. Hablan cosas horribles de mi hermana. Y yo sé que no hizo las cosas bien, que capaz tendría que haber esperado un poco más. Pero ella tiene derecho a dejarlo. Él estaba completamente obsesionado".

Cuando se separaron, a principios de marzo, ella se fue a la casa de su madre y ahí se empezaron a llevar mal. "La llamaba a cada rato. Nosotros pensamos que era medio normal en una separación. Pero el lunes anterior, él le pegó. Por lo que ella me dijo, no fue la primera vez. Yo le dije, Valeria, ¿por qué estás tan nerviosa? ¿Qué pasó?, contame. Y cerré la puerta porque me dio hasta miedo a mí la forma en la que estaba ella. Y me dijo: Déborah, vos nunca lo viste rallado a Martín. Yo sí. Ahí me asusté. Pero no me quiso decir mucho. Nos decía lo justo y necesario. Capaz eso ayudó a que no nos contara los problemas que tenía".

Valeria dudó si denunciarlo, y Déborah no le insistió. "Hoy me arrepiento. Tendría que haberla obligado", dice. "Después de ese día que le pegó, ella me dijo que hacía como un año que se quería separar y él no quería. Se había hecho un Facebook y un Instagram, y la quería seguir, y ella lo bloqueó. La perseguía por WhatsApp, le decía ¿qué hacés en línea?, ¿qué hacés en línea?. Estaba de continuo mirando lo que ella hacía. Él estaba así, pero nosotros no nos dimos cuenta. Vinimos a darnos cuenta desgraciadamente después de que pasaron las cosas".

Lo que más les duele es no haber podido despedir a Nelly "como se merecía". "El miedo no nos dejó sufrir el dolor", dice Déborah. El velorio, que se hizo en la misma sala en la que esa tarde iban a velar a Martín, fue breve. Les cambiaron la hora por seguridad. En el cementerio sobrevolaban los helicópteros. Valeria, por supuesto, no pudo estar.

Aunque no se sienten del todo tranquilas, Andrea y Déborah quieren aprovechar la entrevista para homenajear a Nelly. Sienten que su vida quedó opacada por los actos de Martín. Sus recuerdos fueron sintetizados para esta nota 

Nelly Goyeneche
Así la quieren recordar: luchadora, aguerrida, compañera y trabajadora
"Nadie habla de ella", lamentan Andrea Goyeneche y Déborah Martínez, hermana e hija mayor de Nelly. "De lo luchadora que fue, lo aguerrida", dice Andrea. "Trabajó siempre. Nos crió a los cinco, éramos repobres. Todos los días trabajaba para que no nos faltara nada", agrega Déborah. Sienten que todo el episodio "opacó" la muerte de Nelly, y quieren contrastarlo homenajeándola con sus mejores recuerdos. Les viene la imagen de Nelly yendo en moto a la escuela rural 74, en la que trabajó 16 años, y llegando con las articulaciones hinchadas por su artritis reumatoidea. "Mi madre amaba esa escuela y a los gurises, que ahora lloran porque no quieren otra empleada", dice Déborah. "Mi hermana era un eslabón muy importante. Y al faltar ella, es como que quieras armar un rompecabezas y falte la pieza fundamental. Me piden que sea sostén de mis padres cuando no soy ni sostén mío. Hubiera dado mi vida porque hubiera sido yo y no mi hermana", lamenta Andrea. "Era igual a papá: querida, carismática", agrega.

Déborah quiso escribir unas líneas para expresarse mejor: "Mi madre, llena de sonrisa en la cara, luchando siempre por los hijos, por la familia, estaba llena de proyectos para con nosotros. A ella no le gustaba cocinar pero lo hacía con mucho amor por los niños de su escuela adorada; no le gustaba mi gata negra pero dejaba que se subiera a sus piernas mientras miraba la novela. Era una excelente madre, muy presente en nuestra escuela, en el liceo, acompañaba a unos al fútbol, a otros a las carreras de moto. La mejor abuela... gran hincha de su arquero preferido (dijera ella) y acompañaba a danza en telas a su nieta, su fiortita, como le decía ella. Era multifunción, estaba en las buenas y en las malas, corriendo siempre si nos enfermábamos y haciendo todo en las fiestas de cumple. Y ahora... es una estrellita, como dice su nietito. Ella nos dejó tantas enseñanzas, tantos recuerdos. Ella era mi madre y lo digo orgullosa, con la frente en alto. Ella me va a impulsar para ser mejor persona y valorar aún más la vida. Ella es mi madre, la Ina. Ahora vamos a sentir tu inmenso vacío, este dolor en el pecho no nos deja respirar, pero cerramos los ojos y al recordarte es imposible no sonreír porque nos hiciste felices, mi mami querida. Que descanses en paz como te lo mereces, te amaremos por siempre".

Llorar a los tres.

Casa velatoria de la localidad, 17:30 horas. Se acerca la hora de partida del cortejo fúnebre y decenas de autos y camionetas copan las cuadras alrededor del local. La noticia del velorio masivo explota en los medios nacionales y en el pequeño gran mundo de las redes sociales. Allí, en Quebracho, algunos están al tanto de las miradas perplejas y condenatorias que llegan desde la capital del país, pero lo que piensen a 500 kilómetros de distancia los tiene sin cuidado. Quebracho ya sabe de orfandad, aunque quizás hoy esté más solo que nunca.

"Acá estamos todos los que lo quisimos, y mirá que esto, en un pueblo chico… Mirá la cantidad de autos. Acá hay gente de muy arriba y de muy abajo", dice un hombre que se encarga de mantener a raya la curiosidad de los ajenos. "Lo pusieron como un asesino y no era así. Hizo las cosas mal, pero no era así", insiste.

A las 18:15 parte el cortejo, a pie, y transita en silencio las cuatro cuadras que hay hasta el cementerio. Las familias que no fueron, salen a mirar. A lo lejos, una pareja de veteranos que toma mate en el jardín alcanza a ver el movimiento y vuelven a preguntarse si fue culpa de ella o no, si a él le faltó apoyo o qué, si se saldrá pronto de esto. Intentan recordar hace cuántos años fue el último asesinato en Quebracho y piensan cuántos pasarán hasta que suceda otro.

—¿Por qué el pueblo llora más a Martín Bentancur que a Nelly Goyeneche o a Juan Oviedo? —le pregunto unas horas más tarde a una amiga de Valeria.

—Bueno, uno llora más a quien más conoció —dice, y aclara que a Juan lo conocían menos porque era de Paysandú y estaba hace poco en Quebracho.

Pero se queda pensando, y agrega:

—Tal vez es porque estos días de búsqueda y expectativa faltaba algo. Al menos ahora hubo un cierre. Llorar a Martín fue llorar todo el episodio, llorar a los tres.

Fecha: exactamente 132 años después de la Batalla o Revolución del Quebracho, Bentancur mató a su suegra y a un policía. Foto: Fernando Ponzetto
Fecha: exactamente 132 años después de la Batalla o Revolución del Quebracho, Bentancur mató a su suegra y a un policía. Foto: Fernando Ponzetto

Hay psicólogos para los niños y habrá talleres de género

Los cinco niños de la escuela rural en la que Nelly trabajaba como auxiliar, recibieron a un grupo de psicólogos el lunes. A su vez, los compañeros de clase de Nadine, la hija de Martín y Valeria, fueron visitados por psicólogos el miércoles. Se espera que la niña vuelva a la escuela próximamente. Durante los 10 días en los que ella y su madre estuvieron bajo custodia en Paysandú, contaron con la asistencia de psicólogos, asistentes sociales y abogados. A Nadine la fue a visitar una maestra. La directora de Inmujeres, Mariella Mazzotti, anunció que se realizarán talleres de violencia basada en género en Quebracho.

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