Nos encanta quejarnos de las acciones u omisiones de los demás, pero detestamos que se metan a opinar sobre nuestro trabajo, o casi cualquier cosa que nos concierna de forma directa y cercana. Somos los primeros en levantar el índice para denostar o -ahora que el "humor" parece estar tan de moda- burlarse. Opinamos sobre qué tendría que haber hecho el presidente, dicho el ministro o decidido el encargado. Pero basta que alguien les diga a los funcionarios que tienen que trabajar seis horas para que éstos se encolericen. Somos muy celosos de nuestra historia y nuestras cosas, pero dejamos que aquellos símbolos que la representan se vengan abajo. Todos tenemos el derecho, claro, de opinar sobre los asuntos públicos. Pero la tan mentada humildad deja de ser tal cuando alguien osa cuestionar nuestras prebenda.