El viernes por la noche y como cada viernes por la noche, los manifestantes antiguerra levantan sus pancartas frente a la reja de la entrada del hospital militar Walter Reed. "Amamos a nuestras tropas; odiamos la guerra; traigan a las tropas a casa ya". Se cumple el cuarto aniversario de la invasión de Irak. Esta noche lluviosa hay más activistas. Del otro lado de la valla, médicos militares esperan la nueva remesa de heridos llegados desde Irak que acaban de aterrizar en la base militar de Andrews.
Es de mañana. Camionetas de sanitarios, camionetas de pintores, camionetas del servicio de limpieza... Los vehículos estacionados en la entrada del hospital dan una idea de lo que sucede dentro. Se está lavando la cara sucia que tenía la joya de la corona de la medicina castrense tras más de cinco años y medio recibiendo heridos, lisiados, incapacitados psicológicos en la guerra contra el terrorismo iniciada tras el 11-S.
El Walter Reed abrió en 1909 con 10 pacientes. Desde entonces trató a los heridos de todas las guerras en que Estados Unidos ha participado. Hoy el herido es el propio hospital. Los plomeros arreglan las goteras. Los barrenderos cubren con hipoclorito de sodio los malos olores y las inoportunas manchas.
"La prensa ha creado mucho revuelo", explica Lance Cody, soldado diagnosticado con estrés postraumático y depresión tras ver reventar a dos compañeros cuando su jeep pisó un objeto explosivo a las afueras de Bagdad.
Efectivamente. El problema del Walter Reed no reside en las cucarachas o la pintura. El problema radica en la burocracia y el olvido que impide la recuperación de miles de soldados retornados de Irak y Afganistán.
La media de estadía debería de ser diez meses. Pero existe quien ha estado atrapado ahí por dos años. Se quejan los pacientes. Se quejan los enfermeros. Se quejan las familias. Entre estos últimos, aquellos que sólo hablan español se sienten impotentes y vuelven la mirada en busca de intérprete en los limpiadores salvadoreños, los cocineros mexicanos o los choferes peruanos que trabajan en el centro hospitalario. Zulema Calderón, cuyo hijo volvió de la batalla con la cabeza aplastada en su lado izquierdo, lo dejó todo para atender a su vástago, quien no es capaz de recordar sus citas médicas, quien es incapaz de regresar a su habitación. Calderón levanta una queja: "Si el Ejército fue capaz de convencer a mi hijo en español para que fuera a la guerra, el Ejército debería tener un intérprete para su convalecencia".
Fred F. Dowd toma 23 pastillas. Una detrás de otra. Diariamente. Por eso no le pareció extraño que, a pesar de estar en una silla de ruedas, con una pierna amputada, Defensa lo llamara para que volviera a Irak. "Pensé que me equivocaba yo. No tengo bien la cabeza", explica. Es común. El Ejército "pierde", traspapela los informes. A veces, incluso, ni tiene constancia de que alguien estuvo en el teatro de operaciones. Un cabo tuvo que aportar fotografías suyas y cartas para probar que sirvió a su país tres veces en Irak.
Al sargento David Thomas sólo le queda una pierna. Sufre de haber perdido masa cerebral. Pasó sus tres primeros meses en el Walter Reed sin una vestimenta adecuada. Fue la Cruz Roja quien le dio en el hospital una camiseta y unos pantalones. La administración Bush le ha concedido el "Corazón Púrpura". Pero no le da ropa interior.