Comer sin ver nada

Inédita experiencia sensorial atendida por no videntes.

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Fabián Muro

Cuando se llevan las velas todo se vuelve negro. Quienes pagaron 800 pesos para la primera "cena a ciegas" de Montevideo se preparan. El comunicado promocional estaba encabezado por la foto de una mujer con ojos vendados y la boca abierta.

En realidad no hay vendas sino cortinas y láminas de nailon, que encapsulan a las 24 personas en una oscuridad total en el espacio elegido del restaurante La Commedia. Están ahí para comer totalmente a oscuras en una experiencia auspiciada, entre otros, por la Unión de Ciegos del Uruguay.

Pasan los minutos pero nada se aclara. No tiene sentido esperar que la vista se acostumbre. Hay que aceptar que no se verá ni dónde termina la nariz. Si la luz de vela estimula el cuchicheo y los susurros, la oscuridad tiene el efecto contrario. No pasaron diez minutos desde la desaparición de la luz y todos estamos hablando como si la insuficiencia no fuese visual, sino auditiva. "Es común. Cuando se va la luz viene el volumen", dice Patricia, la moza asignada a la mesa compartida por Qué Pasa y el matrimonio de Marcelo y Mariel, que se enteraron por internet.

Patricia es ciega. Todos los mozos son ciegos o de baja visión. Ella explica lo que hay que hacer: dejar la copa de vino a la derecha, el vaso de agua o refresco a la izquierda, panera en el centro y botellas en uno de los extremos de las dos mesas que se juntaron para acomodar a cuatro personas. Y también conviene arrastrar la mano por el mantel hacia la copa o el vaso. El movimiento habitual podría derramar la bebida.

Patricia y los otros se capacitaron en un curso de 12 horas para esta noche, y consiguen servir platos y copas sin accidentes. Parte del método es hablar y avisar qué se va a hacer.

Hay un grueso cable en el suelo, uno que recorre la entrada al cuarto oscuro y ruidoso hasta el final de las mesas. A lo largo de ese cable, los mozos empujan los carros de platos hasta las mesas.

Llega la entrada y el juego de las adivinanzas comienza apenas la comida entra a la boca: ¿Será paté? ¿Hay algo de queso en esta picada? ¿Esto es crudo o cocido? Sin la vista, sabores y texturas adquieren una faceta enigmática. Y el acto de comer, un tinte experimental y un ejercicio de predisposición.

No ver lo que uno se lleva a la boca no solo desafía más o menos a las papilas gustativas y la memoria que se ha acumulado en ellas. Solo encontrar la porción se convierte en una prueba a superar, en particular durante la entrada donde varios bocados se complementan en diferentes sabores y consistencias.

Entre lo ofrecido inicialmente había salmón marinado en limón y ceviche de corvina negra con eneldo. El aura de evento para acaudalados era un efecto pretendido. De acuerdo al dúo de productores Carlos Martínez y Adrián Castelló, se apuntó desde el principio al "público ABC 1". Mariel y Marcelo cuentan que salen una vez cada tanto. Tres hijos no les dan mucho tiempo libre, pero apenas se enteraron, cada uno por su lado, estuvieron afín de probar cómo es esa experiencia de comer sin ver.

Recorrer el plato con el tenedor para encontrar los diferentes componentes es más complicado de lo esperado. La comida parece haber adquirido la nueva e incómoda costumbre de esquivar con la gracia de un buen bailarín el tenedor o el pan que pretende empujarla hacia el cubierto. O de esconderse: se aparta hacia donde puede pasar inadvertida entre las exploraciones del tenedor y cuchillo por el plato.

La solución es recurrir al tacto. "¡Suerte que me lavé las manos!" dice Marcelo y tantea sobre la cerámica. Más de uno habrá pensado lo mismo. Otros tal vez se hayan congratulado por haber ido al baño antes de sentarse. Mirar hacia la salida del cuarto oscuro es inútil, la negritud continúa siendo compacta. La solución para uno de los comensales llega cuando a una de las láminas se le sale un clavo. Eso deja entrar un hilo de luz que ayuda durante un par de minutos.

El plato principal fue elegido previamente, no hay sorpresa. Con todo, las recetas tienen tantos componentes que es complicado acordarse que el ragú de cordero, por ejemplo, viene acompañado de tomate fresco, verdeos, romero, vino tinto, pimientos y pasta casera. Las pruebas a la lengua siguen cuando llega el postre, que tampoco fue comunicado previamente pero que era parfait de jengibre y marquise de chocolate con salsa de naranja.

Una vez que todo concluye los sabores que pasaron por el paladar no tardan en desvanecerse. Lo que queda es el recuerdo del reencuentro, por un rato, con sentidos que casi siempre están a la sombra de la vista y su influencia sobre el cotidiano acto de alimentarse o el disfrute de gustos raros.

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