LA CIENCIA DE HACER LO QUE SE PUEDE

Investigadores uruguayos redireccionan sus proyectos al COVID-19

Desde que se desató el desastre, los virólogos uruguayos pusieron su esfuerzo y conocimiento en estudiar el coronavirus. Sigilosamente, aquella promesa frustrada vuelve: el 1% del PIB para la ciencia.

Instituto Pasteur
Instituto Pasteur. Foto: Archivo El País

Los jóvenes científicos uruguayos prefieren las luces de los laboratorios a la de las cámaras. No pueden parar de trabajar. Los investigadores que desarrollaron ensayos para diagnosticar el Covid-19, o los que secuenciaron genomas del virus, priorizan sus investigaciones antes que las entrevistas. “No tenemos quien hable; los científicos que hay están todos trabajando”, dice la vocera del Instituto Pasteur.

Después de algunas pocas declaraciones en la prensa tras la visibilidad que tuvieron sus contribuciones, los investigadores se volcaron de nuevo al trabajo sin descanso que implica el estudio de un virus que desestabilizó al mundo entero.

En la noche del 17 de marzo, uno de los equipos de Virología de la Facultad de Ciencias (Udelar), en conjunto con el Instituto Pasteur de Montevideo, lograron detectar mediante ensayos la presencia del Covid-19 en muestras que proveyó el Ministerio de Salud Pública. Así comenzó el desarrollo de un test de diagnóstico que hoy está en marcha tanto en Montevideo como en el Centro Universitario Regional (Cenur) de Salto, gracias a un convenio sin precedentes que se firmó entre la Udelar, el Instituto Pasteur y el ministerio.

Ese trabajo levantó el ánimo de los uruguayos en medio de la crisis. Días después, otra buena noticia: un equipo de investigadores del Pasteur logró la secuenciación de los primeros genomas completos del virus del SARS-COV-2 que provoca el Covid-19. Ambos equipos están integrados por científicos que en enero no dudaron en redireccionar sus investigaciones hacia la catástrofe que se aproximaba.

En diálogo con El País, Juan Cristina -que dirige el Laboratorio de Virología Molecular y es el exdecano de la Facultad de Ciencias- comentó que los jóvenes que lidera se movilizaron por iniciativa propia apenas se desató la crisis en China. Para llevar a cabo estas investigaciones, su laboratorio destinó US$ 10 mil, y luego la Udelar unos US$ 35 mil.

Cristina destaca la colaboración de colegas de otras partes del mundo, sobre todo los de Asia, ya que ellos estaban un paso adelante en los ensayos. En la comunidad científica “se comparten muchas cosas”, dice. “Eso nos permitió poner a punto los mejores protocolos que hay para un ensayo”.

Aunque estos experimentos hayan tenido notoriedad y reconocimiento por parte de las autoridades, la pregunta que se hace en voz baja, en un país como el nuestro, casi siempre es la misma: ¿para qué sirve todo esto? En una crisis que afecta al sector social, laboral y económico, que volvió a traer la proliferación de ollas populares y envíos masivos a seguro de paro, ¿por qué habría que mirar a la ciencia?

Cristina pone un ejemplo de la utilidad de una investigación. La secuenciación de genomas, por ejemplo, contesta preguntas que son importantes para el MSP, dice. Gracias a ese experimento, se puede saber por dónde entró el virus, si son uno o varios, si ha mutado, qué día llegó. Y con estas respuestas, el ministerio podría tomar decisiones respecto al cierre o la habilitación de fronteras, por ejemplo.

Por otro lado, los ensayos del equipo de virología aumentan la capacidad de diagnóstico, y esto es esencial para evitar los contagios masivos, como demostró Corea del Sur. Aunque todavía no se hayan realizado los 800 tests por día que estimó en conferencia de prensa el ministro de Salud, Daniel Salinas, los esfuerzos de Uruguay parecen querer estar en sintonía con el país asiático. Al menos de palabra.

Rodney Colina, responsable del laboratorio de virología molecular del Cenur de Salto, dijo a El País que en su laboratorio, donde se están llevando a cabo ensayos diagnósticos como los del Instituto Pasteur, hay capacidad para realizar 50 tests por día. En el Pasteur, unos 90. Sin embargo, en Salto, el primer día se realizaron tan solo siete tests. El segundo, ocho. Desde los laboratorios explican que quien provee las muestras para ser testeadas es ASSE.

En las últimas horas del viernes se realizaron 322 tests, menos de la mitad de aquellos 800 estimados por Salinas, que en declaraciones a El Observador alegó que “la oferta supera la demanda”.
De cualquier forma, Cristina es optimista y se arriesga a decir que, “como vamos yendo, no debería quedar ninguna persona en Uruguay sin diagnóstico de coronavirus que su médico lo indique”.

Segunda fase.

Por más ensayos de laboratorio que se desarrollen, para mover la aguja de los diagnósticos es necesario pasar a una fase de kit. Los diagnósticos en estos laboratorios universitarios son “para salir del cruce”, dice Colina, ya que en el mundo entero hay escasez de kits, y su fabricación implica una producción masiva y estandarizada de acuerdo a normas de calidad internacionales.

Cristina compara un kit con una “receta de cocina un poco más compleja”, y que para desarrollarla se necesitan socios con experiencia farmacéutica. Se necesita alguien que invierta y alguien que fabrique.

Así es que entró en juego la ANII, que en total hizo cuatro llamados relativos a la emergencia sanitaria: uno para la fabricación de respiradores, dos para diseñar planes de comunicación o entretenimiento relativos a la prevención, y otro para la producción de los kits.

Fernando Brum, presidente de la agencia de investigación, dijo en diálogo con El País que la empresa de biotecnología y diagnóstico ATGen, en consorcio con el Instituto Pasteur y la Udelar, fue la elegida para la producción de los kits. Para este proyecto, la ANII unió fuerzas con el Banco Interamericano de Desarrollo y destinarán $ 6 millones. En total, se desarrollarán 10.000 kits que serán provistos al MSP.

Según dijo Brum, estos kits estarán listos recién en mayo.

Rafael Radi, presidente de la Academia Nacional de Ciencias, ve este tipo de llamados como “una señal interesante”, pero opina que son fondos muy pequeños en general. “No hay programas superadores. Acá, con suerte, se financian proyectos para dos años. Con mucha suerte, para cinco”, comenta. “Los volúmenes de financiación, si se comparan con escalas internacionales, son inexistentes”.

Para Radi, el nivel de reacción que ha tenido la comunidad científica uruguaya “es proporcional al nivel del aparato” que se tiene. “Bastante bien se está reaccionando. Hay que resaltar el compromiso y la voluntad de los investigadores participantes y el apoyo de las instituciones”, opina, y hace énfasis en que los reactivos, las maquinas y los grupos de investigación estaban destinados a otras investigaciones, pero que el sentido de responsabilidad social de la comunidad científica hizo que “se esté redireccionando todo hacia la emergencia”.

La deuda eterna.

El 29 de agosto de 2014, en plena campaña electoral pasada, se firmó el Acuerdo Nacional de Investigación e Innovación en Ciencia y Tecnología. En ese documento está el conocido compromiso de destinar el 1% del PIB a la investigación. Quienes firmaron el documento fueron los candidatos del momento: Tabaré Vázquez, Luis Lacalle Pou, Pedro Bordaberry y Pablo Mieres.

La promesa incumplida y la causa de frustración de la comunidad científica recaen, lógicamente, en el expresidente Vázquez. Pero Radi no pierde esperanza y hace un guiño: “Ahora, de los cuatro que firmaron, hay dos que están en el gobierno nacional. Considero que aquel deseo es probable que se mantenga, y que tengan la sensibilidad suficiente”, señaló.

En el programa con el que hizo campaña el presidente Lacalle Pou, antes de que se conformara la coalición, hay quizá un atisbo de esa “sensibilidad” que pide Radi, en forma de reclamo: “No se llegó al 6% del PBI en gasto educativo, ni al 1% en investigación y desarrollo”, sentenciaba el programa, aunque en las páginas siguientes no se planteó el compromiso de destinar ese presupuesto a la ciencia.

Pero, en todo caso, el documento que más importa es el que rige hoy, el “Compromiso por el país” que se consensuó dentro de la coalición. Allí, la palabra “ciencia” no se menciona ni una vez.

No obstante, Radi hace un equilibrio entre lo (no) plasmado y la realidad: “Están dialogando fuertemente el área salud y el área científica, y el ejemplo paradigmático es el acuerdo que se hizo en tiempo récord. Se ve la conexión entre el gobierno nacional y el sistema científico”, dice, y espera que en la próxima discusión presupuestal se tenga en cuenta a la investigación.

En la actualidad se destina el 0,36% del PIB a ciencia y tecnología. Para Radi, el ajuste debe ser más ambicioso que el 1% porque “se perdió un quinquenio y el atraso relativo frente a otros países aumentó”.

Hay que ampliar la mirada, agrega. “Hay que hacer un esfuerzo para mejorar la financiación. Haber invertido en un sistema nacional de ciencia y científicos es también lo que nos permite hoy, cuando no nos venden ningún kit diagnóstico en el planeta, cuando ninguno te vende respiradores, tener capacidades nacionales para enfrentar esto”.

Tanto él como Cristina coinciden en que el desafío que enfrenta el país es retener a los científicos que, en total, costó 20 años formar. Los científicos están; el desafío es que se queden. Para eso, Cristina dice que falta generar programas de recursos humanos. “Si vos ves la foto de la gente joven en mi laboratorio, es toda gente formada por nuestro país, que pagó su educación de primer nivel, y si el Estado no los usa, va a haber otro Estado que no pagó su formación y que sí los va a usar”, advierte.

Lo mismo piensa Radi, que explica esa pérdida del Estado con una analogía conocida: “Si vos exportás un jugador de fútbol, alguien recibe mucha plata. El contratista, el club, el jugador, la familia. Acá te lleva 20 años formar un científico, y si se van, es todo pérdida”, dice. “¿Cuánto tiempo podes esperar a los 26, 27 años, sin tener una oportunidad laboral, cuando por otro lado en Francia y Alemania te reciben de brazos abiertos?”, se pregunta.

Para Cristina, el valor que se le dé a la ciencia va más allá de la bandera política: “Los países que científicamente han logrado salir adelante son los que han logrado esos acuerdos nacionales. Que se entienda la ciencia es algo esencial en lo que hay que invertir. No importa el partido político”, comenta. Para los dos, el mensaje ya está dado.

Las ciencias sociales y económicas en la mira

Para Rafael Radi, presidente de la Academia Nacional de Ciencias, que un país apueste a una inversión significativa en ciencia y tecnología implica una apertura en la mentalidad, en cómo se concibe la ciencia. En cuanto a la crisis sanitaria, no se limita a hablar únicamente de los virólogos y los bioquímicos, sino del otro campo de la investigación y la ciencia: lo social y lo económico. “Así como se tiene que hacer
una proyección epidemiológica y sanitaria, hay que hacer otra proyección científica también, que es la social y la económica. Cualquier modelo o proyección va a ser estimativa, pero el valor del aporte de la ciencia social y económica pueden ayudar a entender los impactos”, dice. El académico elige ser optimista, y opina que hay que “potenciar” el “terrible mal momento” para tomar acciones en lo social y reforzar el sistema científico, ya que “esto nos va a acompañar mucho tiempo”, agrega.

La austeridad que acecha.

Por supuesto, no todo son buenas noticias. Menos aún en los tiempos que corren. El decreto de “austeridad fiscal” aprobado el 11 de marzo por Lacalle Pou preocupa a la dirección del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (Pedeciba), que teme un recorte del 15% de su presupuesto.

En particular, les inquietan los artículos 1° y 6°, donde se hace referencia a una disminución al 85% “de los créditos comprometidos del Ejercicio 2019, correspondientes a gastos de funcionamiento e inversiones, cualquiera sea su fuente de financiamiento”.

En el mismo, se excluyen las partidas de naturaleza salarial y el “grupo 0” (servicios personales). Por otro lado, el decreto expone que “los proyectos de compromisos de gestión (...) se ajustarán, como mínimo, a los límites de ejecución presupuestal establecidos en el artículo 1°”, (que es el que define la disminución del presupuesto al 85%).

En Pedeciba, al no ser un organismo público sino un organismo no estatal que se financia por un subsidio del presupuesto, “todo su rubro es gastos e inversiones”, dice David González, su director.

Por lo tanto, ateniéndose textualmente al artículo 6º, la disminución al 85% afecta no solo al presupuesto de gastos e inversiones del organismo sino a la totalidad del presupuesto, “incluyendo los salarios del personal técnico y administrativo”, dice González. “A diferencia de los organismos públicos, no tenemos un ‘grupo 0’ (servicios personales)”, señala.

Los empleados del Pedeciba no son funcionarios públicos, sino que se rigen de acuerdo al derecho privado, y los fondos para sus salarios provienen de una parte del subsidio recibido a través del presupuesto.

El impacto a la liquidez es grave, dice González, y también la perspectiva presupuestal del año. En pocas palabras, esto significaría un recorte del 15% al programa que formó a varios de los científicos que hoy pusieron al servicio de la salud sus conocimientos.

Pero González elige la prudencia en tiempos de caos: “Sabemos que hay flexibilidad. Y sabemos ponernos en los pies de la gente del Ministerio de Economía, que tiene que elegir a quién le saca para ver a quién le da”, concluye.

laboratorios

Uruguay se acerca a una carrera más competitiva

Los laboratorios se rigen por cuatro niveles se seguridad. El 1 es el menos restrictivo, explica el virólogo Rodney Colina. Allí se trabaja con agentes infecciosos que no causan ningún tipo de daño a la salud. El de nivel 2 “tiene equipamiento específico que protege frente a patógenos que pueden causar enfermedad grave”, explica el virólogo. En esos laboratorios se desarrolló el test diagnóstico y, por ahora, es el nivel de seguridad más alto que tiene Uruguay.
Aunque estrictamente correspondería un laboratorio de nivel 3 para investigar este virus, la OMS habilitó que se trabaje en ellos “solamente para diagnóstico” y con estricto equipamiento de seguridad, ya que de otra forma, muy pocos laboratorios del mundo podrían colaborar. No obstante, el primero de nivel 3 se está construyendo en
Salto. “Eso te pone en el mapa en cosas que hoy no podemos hacer. Podríamos.
por ejemplo, agarrar este virus de ahora u otro, cultivarlo y probar con distintas drogas a ver cuál es la que lo afecta”, dice Colina.

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