Breve historia de la educación en Uruguay

| La cuestión. ¿Cómo llegamos a este estado de situación?

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Leo Maslíah (*)

En una época, los habitantes del lugar habían gozado de un buen nivel de educación, lo que permitía la formación de educadores que educaban bastante bien a los educandos. Además, la educación era una cosa bien vista, por lo que la gente estaba orgullosa de su educación (además, parte de la educación consistía en enseñar a sentir ese orgullo, estuviera justificado o no, ya que si bien la educación era buena, era buena sólo en función de los valores consagrados por una sociedad basada en la desigualdad social retóricamente disfrazada de igualdad). Y el Estado promovía la educación, en parte porque estaba conducido por personas educadas en la necesidad de educar y en parte porque esa necesidad, antaño meramente aplicada a que hubiera de qué hablar en los salones de la alta sociedad (y a que, no existiendo títulos nobiliarios, la gente humilde tuviera que llamar con algún distintivo a los hombres de la clase pudiente; por ejemplo, «doctor»), se había convertido en algo compatible con el desarrollo de la economía y de la producción encomendada al país por los centros de poder. Pero esa encomienda cesó.

Por un tiempo, de todos modos, hubo gobernantes que se la siguieron asignando a sí mismos. Y también por un tiempo la clase pudiente siguió creyendo en la educación, e imponiéndola a sus hijos, algunos de los cuales la asumían también convencidos, mientras sus hermanos se la salteaban pero no dejaban de sentirse culpables por ello, ni de tratar de que sus hijos la adquirieran en su lugar. También se la impartían al pueblo, en el entendido de que un pueblo educado era menos proclive al robo y a los disturbios que uno sin educación. Además, les satisfacía el hecho de dar al pueblo esos bienes espirituales, mucho más valiosos que los bienes materiales que altruistamente optaban por guardar para sí. Sin embargo, poco a poco esos bienes espirituales de la educación empezaron a permitir que cada vez más gente se cuestionara el método de distribución de los bienes materiales, por lo cual la educación dejó de ser un modo eficaz de mantener tranquila a la población. Además, había dejado de ser necesaria para el funcionamiento del aparato productivo, ya disfuncional. Entonces, los gobiernos empezaron a quitar cada vez más recursos a esa educación del pueblo, y a resguardar a los jóvenes de la clase alta de esos antros de perdición, favoreciendo la creación de centros de educación universitaria privada. El plan: cambiar al Uruguay. Que dejara de tener un pueblo ilustrado y tranquilo, (cosa que ya no podía ser) para tener un pueblo ignorante y, si no, tranquilo, al menos, por ignorante, más fácil de dominar.

Pero las sucesivas generaciones de estudiantes, maestros y profesores, sin comprender este plan, o a pesar de comprenderlo, siguieron aferrados a las viejas creencias sobre las virtudes inherentes a la educación, sin concebir que los gobernantes pudieran haber dejado de creer en ellas, o de creer en su socialización. Por eso, al ver tan castigado el aparato de la educación pública, estudiantes, profesores y maestros, como medida de protesta, y como si los gobiernos compartieran su adhesión a esa religión educativa, optaron por castigarla todavía más, paralizando su funcionamiento a intervalos regulares, y siempre sin entender que esa paralización, lejos de servir como mecanismo de presión, era exactamente lo que convenía a los gobiernos, para su plan de desmantelamiento de la educación pública.

Casi nadie entre los estudiantes, maestros y profesores, se dio cuenta de que esta medida de lucha era análoga a la que los obreros de una fábrica próspera que tuviera un competidor, para obtener un aumento de sueldo, habrían tomado si hubieran boicoteado no su propia producción, sino la del competidor. Estas personas hacían huelgas como si eso fuera una medida de presión, como si eso pudiera privar al poder de algo que le interesara, cuando en realidad solamente lograban privarse a sí mismos, y a los niños del país. A los otros no solamente no les interesaba la educación pública, sino que les interesaba aniquilarla, librarse de la pesada carga que representaba. Los huelguistas, en cierto modo, comprendían esto, pero tantas décadas de venerar la educación y de considerarla algo muy importante les habían obnubilado el juicio y les habían infundido un delirio egocentrista que les hacía pensar, por ejemplo "yo soy un estudiante y mi estudio es lo más importante que hay en el mundo; pero no me dan condiciones adecuadas para estudiar; por eso si yo suspendo mi estudio, las autoridades van a entender que esto no puede ser y, como tienen que saber que mi estudio es lo principal en el mundo, me van a proporcionar las condiciones que yo estoy reclamando". Algo parecido pensaban los maestros y los profesores, por más que en teoría entendieran que los gobiernos querían desmantelar la educación pública.

*Leo Maslíah es músico y autor de cuentos, novelas y obras de teatro. Según su biografía oficial tiene publicados 40 libros y 40 discos de música popular. También tiene obra dentro de la "música culta". Este texto fue publicado originalmente en la revista Latitud 30/35 e incluido en el libro de Maslíah, Cuentos Impensados (Menosata, Montevideo, 2008)

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