Blake Gopnik (*)
Cuando Vincent van Gogh caminaba por la calle, los párvulos le gritaban "chiflado", y los padres pregonaban "ahí va otra vez el loco". Su padre intentaba mantener al joven Vincent tranquilo pero su madre con el paso del tiempo resumiría las cosas claramente: "Creo que siempre estuvo loco, y que su sufrimiento y el nuestro fue el resultado de eso". Van Gogh despotricaba, comía pintura, tomaba trementina y se cortó un pedazo de oreja. "Sentía mi propia enfermedad muy dentro mío", dijo en uno de sus momentos de calma.
Cualquiera sea el diagnóstico para todo eso (¿epilepsia temporal?, ¿desorden bipolar?, ¿esquizofrenia?), van Gogh, hablando claro y pronto, se comportaba como un loco. Esa es la idea general que se hace el lector que recorre las 900 páginas de Van Gogh: The Life, la biografía escrita por Steven Naifeh y Gregory White Smith.
Pero este nuevo recuento de la peripecia del artista también revive una vieja polémica: ¿es importante la insania del artista? Yo digo que sí, porque uno de sus objetivos era pintar su propio trastorno. Mientras usamos sus imágenes para decorar nuestros dormitorios y posavasos, no podemos perder de vista su radical agresión, su locura, y de cómo deliberadamente volcó esa locura en su arte.
La actual generación de expertos no coincide con eso. Cornelia Homburg, una de los curadores de Van Gogh Up Close, una nueva muestra en el Philadelphia Museum of Art, dice que encuentra "muy dificultoso que los actos de un artista como artista sean exclusivamente vistos a través del hecho que era una persona perturbada". Así que la muestra ignora a la persona y en su lugar echa una mirada a cómo van Gogh, el artista sistemático, gustaba de mirar las cosas de cerca y como consiguió así hacer una contribución crucial a la historia del arte moderno. Uno de los sectores de la muestra lo revela llevando sus naturalezas muertas a lo esencial. Otras lo muestran acercándose aún más hacia una mariposa solitaria o una rama llena de flores. Sus innovaciones se ubican en el contexto de la fotografía o los grabados japoneses de su época. La habitualmente revisionista historia del arte, ha revisado al loco desde su mirada. Las obras de arte "son suficientes por sí mismas", dice Joseph Rishel, el co-curador con Homburg de la exhibición en Filadelfia. Eso está bien, pero conviene recordar que en su época van Gogh era conocido como el hombre loco que pintaba unos cuadros que, incluso sus fanáticos, sentían que estaban locos por sí mismos. Uno de sus primeros admiradores dijo: "Es más fácil imaginar que de un día para otro se dejen de producir obras de arte, que imaginar que van Gogh se vaya a volver popular", y necesitamos tener en claro que eso quiere decir que era un loco imposiblemente impopular.
Esos cuidados primeros planos que se ven en Filadelfia también revelan la obsesiva mirada de un maníaco. La mariposa de van Gogh es más siniestra que científica; dos figuras escondidas entre las zarzas están más cerca de Munch que de Monet. Al acercarse tanto, van Gogh se liberaba de sus ataduras.
"Cuanto más cansado, más enfermo, más un cántaro roto, más artista soy", dijo, adhiriéndose a esa antigua noción de que arte y locura tienen un vínculo cercano. "Un grano de locura es lo mejor para el arte", era una de sus citas favoritas. A fines del siglo XIX, sin embargo, no se esperaba que el arte estuviera solo tocado por una inspiración insana. El arte se suponía revelaba al demente que lo hacía. "Quiero sentir lo que pinto y pintar lo que siento", dijo van Gogh y su audiencia esperaba que sus obras lo mostraran en el acto de sentir. El arte se había vuelto "un grito sufrido y triunfante desde el corazón", dijo un sabio, y las obras de van Gogh lo colocan como el gritador más convincente del arte.
"Cómo ha trabajado tu cerebro, y cómo debiste arriesgarlo todo en ese límite alejado donde el vértigo se hace inevitable", dijo Theo van Gogh, el hermano del artista y marchand de su obra, cuando vio las arremolinadas, destempladas obras que Vincent envió a París desde el asilo de Saint-Rémy. El nuevo arte propuesto por van Gogh y sus semejantes ("nosotros, los que estamos locos", como decía) fue creado y aceptado como un arte del trastorno. Van Gogh se jactaba de la "fealdad", la "vulgaridad", y la "terrible dureza" de su famosa pintura del oficial Zouave y de su pincelada "inquietante e irritante". De acuerdo a Theo "uno tiene que sacarse de encima los convencionalismos para llegar a su verdadero significado". Cuando surgió el impresionismo, en 1874, fue ridiculizado como "pura locura". Quince años después, van Gogh y sus colegas aceptaban esos insultos como si se trataran de los más grandes elogios. Cuando van Gogh se volvió la sensación del Salon des Indépendants de 1890, una crítica elogiaba sus imágenes pesadillescas, mientras un perfil anterior lo había calificado como un fanático cuyo arte era más que nada acerca del exceso, como un pintor medio loco que consiguió atrapar el pulso de la demencia total del mundo de fin de siècle. Ese era el único mundo -y el único mundo del arte- en el que tiene sentido el arte de van Gogh. El académico Aaron Sheon arriesga que van Gogh podría presentarse a sí mismo como "enfermo y excéntrico" para reflejar la visión de moda de que la humanidad se había deslizado hacia la ramplonería.
Mirándose en un espejo en junio de 1890, un mes antes de morir, van Gogh dijo haber visto: "la descorazonada expresión de nuestro tiempo". Sentía que vivía en un universo creado por un Dios que "no sabía lo que estaba haciendo, ni tenía idea de qué hacer con él". Ese es el mismo universo que los demás veían en las pinturas de van Gogh.
"La mayoría de la gente que está mentalmente enferma no es extraordinariamente creativa y la mayoría de las personas que son creativas no son mentalmente enfermas", insiste Kay Redfield Jamison, profesora de siquiatría en la Johns Hopkins University. Por otro lado, ha demostrado que los lunáticos están mejor representados entre los artistas que en cualquier otro lugar. Ella misma una maníaca depresiva -una condición que no esconde-, Jamison ha hecho coincidir los síntomas que van Gogh comparte con ella y otros bipolares (Hay evidencia genética también: la insania no corría por la familia de Vincent; galopaba). Rishel, el curador de Filadelfia, dice que para ser alguien tan famoso por "estar fuera de sus cabales", van Gogh demostraba una "sorprendente disciplina", pero Jamison no ve eso como una prueba de que su locura es irrelevante para su arte. "Claridad y lógica son perfectamente compatibles con los retrocesos y los derroteros de la enfermedad maníaco depresiva", escribió en su libro Touched by Fire.
Lo que es especial acerca de van Gogh es que para que su particular marca de arte disciplinado fuera un éxito en el momento en que lo hizo, tenía que expresarlo como si estuviera chiflado. No hace la diferencia que él fuera exactamente eso.
La historia siempre ha dicho que murió a causa de su enfermedad por un autodisparo en un estómago, como él mismo le dijo a los policías en su lecho de muerte. La nueva biografía revive otra posibilidad que hacía años que nadie la mencionaba: que uno de los atormentadores adolescentes de van Gogh, conocido por su gusto por las armas, fue de alguna manera el responsable. Si eso es cierto -y la evidencia no es tan débil- podría ser que van Gogh, al acusarse a sí mismo, decidió morir como el genio loco y atormentado que sus fanáticos estaban esperando que él fuera.
37
años tenía van Gogh cuando murió por un autodisparo en el vientre. Nunca se encontró el arma.
Final. Una reciente biografía revela que quizás van Gogh no se suicidó sino que fue asesinado.
Un mal difícil de determinar
Oficialmente nunca existió un diagnóstico preciso sobre la enfermedad mental que padecía Vincent van Gogh. En 2002, un artículo del American Journal of Psychiatry se concluía que a pesar de que más de 150 siquiatras habían estudiado el caso, no se había podido llegar a ninguna conclusión. El diagnóstico más firme es que en los dos últimos años de su vida, padecía epilepsia psicomotora a la que poco ayudó el alto consumo de alcohol, particularmente ajenjo, del paciente.
(*) Newsweek. Blake Gopnik fue 10 años, el jefe de los críticos de arte del Washington Post.