Messi se va, y durante años será el espejo de cada novedad: bueno, este sí podría ser el nuevo Messi. Pero pronto dejará de ser quien siempre fue. En un tiempo, unos meses, un año, los medios ya no hablarán de él todos los días, como tampoco lo harán millones de personas. Tendrá que sucederle algo importante: ir a la playa con sus hijos o cenar con su señora. Tal vez así lo nombremos. Será un cambio brutal: su vida fue que la gente lo mirara y comentara; que lo envidiaran y lo veneraran. Eso hicimos por más de 20 años, desde que tenía 16.
Va a ser raro para él vivir un poco lejos de nosotros; va a ser raro para nosotros vivir casi sin él. Nos acostumbraremos. Lo extrañaremos cuando las cosas vayan mal. Miraremos sus goles en YouTube, cada vez menos. De alguna manera, lo iremos olvidando. Pero todavía falta para eso. En estas semanas de Mundial, Messi está más presente que nunca. Todo lo que hace es chicle mediático. Para muestra, un botón: Messi visitó con su equipo de Miami, campeón de Estados Unidos, al presidente Trump en pleno ataque a Irán. En Argentina algunos se lo reprocharon con vehemencia; otros les gritaron que era Messi, y que podía hacer lo que se le cantara. La Argentina es tan caprichosa, que con su clásica capacidad de grieta, ha conseguido que el kirchnerismo reivindique a Maradona y el mileísmo a Messi. Se armaron barricadas: Maradona era el sindiós diabólico, mientras que Messi era la representación del orden familiar casi cristiano, argentino de bien.
Para creerlo hay que olvidar que Lionel Messi es un producto triste de la Argentina actual. Es, en todo caso, un chico que tuvo que dejar su país a los 12 años para seguir el tratamiento que le permitió sumar esos centímetros que le faltaban para crecer en el mundo del fútbol. La Argentina no pudo o no quiso dárselo, y él se fue haciendo lejano, extranjero de toda extranjería. No vivía en su sitio, pero seguía hablando como si así lo hiciera. Se armó una especie de barrio rosarino en la cabeza, y allí está instalado desde entonces. Es el migrante tipo de estos tiempos, el que se va y se queda. Y es también el más famoso. En un mundo que ataca a los migrantes, él y sus compañeros de triunfo lo son porque se fueron. En los países ricos, otros lo son porque vinieron. Somos tontos: los patriotas más xenófobos gritan los goles de señores que intentan deportar. Los migrantes son el núcleo de este gran negocio de punta que se llama fútbol y la concentración de la riqueza futbolística en tres o cuatro ligas es otra forma de la desigualdad mundial. La enorme mayoría de sus estrellas no juega en sus países, pero no es lo mismo un Mbappé en España o un Rodri en Inglaterra, que la legión sudaca que se vende inevitablemente a clubes europeos porque los suyos no pueden pagarles las vacunas o los Lamborghini. Messi fue uno de ellos y destacó muy pronto.
Alguna vez alguien conseguirá explicar por qué, en una actividad global, los muchachos de dos o tres países son mejores que casi todos los demás. Él empezó chiquito a ser muy grande: el fútbol es un deporte donde los buenos debutan a sus 20 o 21 años, y los extraordinarios a sus 17 o 18. Messi con 17 ya hacía correr ríos de pixeles. Lo querían más en Barcelona que en Rosario: en esos días, cuando jugaba con su selección, los argentinos lo abucheaban por no cantar el himno, por no simular lo innecesario. Entonces, atacó el fantasma: un señor Diego Armando Maradona, el D10S, que tuvo una gran ventaja en su carrera: era el primero y se creía el único. Messi, en cambio, fue desde el principio el sucesor, el adversario y el discípulo y destronador de Maradona: las comparaciones nunca se callaron.
Los dos son lo mismo, y tan diferentes. En la cancha son absolutamente únicos. Maradona era el drama: todo lo que hacía parecía imposible, caminaba siempre al borde del abismo y cuando no se caía, era muy claro que estaba haciendo arte. Messi, en cambio, es la eficacia: el sensato padre de familia, el inversor seguro, el muchacho que nunca rompió un plato, ni pensó nada relevante, o que al menos, quiere que lo creamos. Es el que consigue que lo imposible parezca demasiado fácil, como si no tuviera mérito, y entonces todos dicen 'ah claro, esto lo podría hacer mi vieja en tacos altos', hasta que entienden que de verdad era imposible.
Hubo un momento culminante cuando ambos debieron compartir el escenario. En el Mundial de Sudáfrica 2010 Maradona dirigió la selección argentina que encabezaba Messi. La paradoja era guaranga: Maradona tenía que conseguir que Messi lograra lo único que le faltaba para destronarlo, una Copa del Mundo. No lo hizo: fracasaron ambos, o quizás Maradona prefirió ese final de Sansón en el templo.
Messi siguió adelante, para confirmar que era un jugador incomparable. Bajo, las piernas breves bien robustas, era más rápido que nadie en las distancias cortas. Aun a esa velocidad, llevaba la pelota como si fuera parte de su cuerpo en recorridos imposibles. Manejaba bien el pie derecho pero era claramente zurdo; con esa extremidad extrema conseguía que la bola hiciese lo que se le ocurría. Messi hacía a gran velocidad lo que la enorme mayoría no puede hacer parada, y sobre todo, tenía un privilegio que solo los más grandes tienen: ese segundo más que los demás carecen, para hacer todo antes. Ningún jugador de alta competición sostuvo su promedio de 0,79 goles por partido a lo largo de más de 20 años. Por supuesto, lo hacía parecer fácil: lo que cualquiera podría hacer, si no fuera que nadie lo hizo. Il miglior fabbro, (el mejor artesano) célebre frase que el Dante dedicó al poeta Arnaut Daniel, y que luego utilizó T.S. Eliot para homenajear a Ezra Pound, tremebundo poeta, un artista auténtico.
Su excompañero y gran rival, el francés Mbappé, comentaba hace unos días que una mañana, en un entrenamiento, estaba compitiendo en disparos desde el mismo punto con Neymar y varios más del PSG, y que él y el brasileño eran los mejores: convertían seis o siete goles sobre nueve tiros. “Entonces llegó Messi e hizo nueve veces el mismo gol, parecía que estaba dando un pase al arco, uno tras otro, todos iguales. No lo podíamos creer, es otra cosa”.
Las lesiones lo respetaron y él perdió más oportunidades con su selección, pero siguió ganando ligas españolas, dinero, fama, y esas cosas que estos muchachos ganan. Hace unos años, cuando solía andar por África, llegué a la conclusión —siempre provisoria— de que uno de cada 20 chicos menores de 15 años usaba la camiseta del Barça con el 10 de Messi. África tiene unos 300 millones de menores de 15 años: si mi cuenta era correcta había, en cada momento, 20 millones de messitos. De Jesús o Mahoma para abajo, es difícil pensar en algo semejante. Seguramente Messi no lo sabe, pero sabe los privilegios que eso le asegura. Los vive, los disfruta, y los viven y sufren sus defensores: millones de personas que te dicen 'cómo te atrevés a hablar de él, gusano inmundo, vos no me diste nada y en cambio él me dio más felicidad que nadie', como si el ídolo jugara para eso y no para cambiar de clase, de vida, de lugar en el mundo.
En cualquier caso, había ganado todo menos aquello que Maradona sí, que Pelé sí, y que haría la diferencia: una Copa del Mundo. Ya se había ido del Barcelona en una especie de rabieta. No tenía sentido que la separación entre el criador y la criatura fuera por dinero. A Messi le alcanzaba con hacer un contrato simbólico por un euro al año y proclamar que seguía en ese club que era su casa, lealtad y reconocimiento, y ese gesto de fidelidad penosamente rara le habría reportado millones de las marcas que habrían querido pegotearse al héroe. Pero no quiso o no supo, y se fue a París y a Miami, dos momentos distintos de la historia de Occidente. Que fue amable con él: le dio una chance más.
Para la Copa del Mundo de Qatar le armaron un equipo a su medida, conjurado para que el gran ganador no perdiera. Era su última oportunidad, y fue su cumbre. Lo ganó porque el arquero de su equipo estiró bien la pierna izquierda en el momento decisivo y un marcador suplente de su equipo pateó bien un penal con la derecha justo después, en el momento más decisivo aún. Así de raras son las cosas de la vida: si el joven Montiel le hubiera pegado a esa pelota un pelo más arriba, si no la hubiera convertido, la vida de Messi habría sido, paradoja mediante, un gran fracaso: sí, claro, era bueno, muy bueno, pero nunca fue campeón mundial.
Lo fue entonces, se lo sacó de encima. Debe ser muy extraña la noche de un día en que acabas de coronar tu vida, de lograr eso que habías querido desde siempre, de confirmar, que pase lo que pase, serás para muchos una forma de héroe, y sobre todo para vos, que es lo que al fin importa.
Lo consiguió, ya está tranquilo. Ahora lo va a intentar de nuevo, pero como decía mi abuela Sagrario, ya es recochineo. Ciertas frases cambiaron: los jugadores argentinos ya no anuncian que van a ganar la Copa del Mundo; vamos a defenderla, dicen. Y lo harán con Messi, por Messi, y para Messi. La defensa nunca fue lo suyo, pero todo es posible. Después se le terminará. Durante un tiempo su vida va a ser una catástrofe. Eso que era una satisfacción al margen, el famoso reposo del guerrero, se volverá su centro: días y días con su señora, con sus niños, tan lejos de los gritos y las adoraciones.Debe ser raro tener que inventarse a los 40 años; debe ser raro no tener que inventarse; saber que uno ya ha sido; debe ser raro saber que haga lo que haga, nada estará a la altura. Debe ser raro pero sospecho que en la Tierra hay 8.400 millones de opciones peores.
Ser Messi. ¿Cómo será ser Messi?
(Derechos exclusivos, El País de Madrid).