La crítica que merecemos

Desde su atalaya en las redes sociales, donde sienta cátedra para 670 mil seguidores -y muchos más que no lo son-, el croata Hanan Bešovic se alza como el más lúcido de esa nueva casta de comentaristas digitales, que puso en jaque al viejo periodismo del mundo fashion. Sin rencores.

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Daan Sachdev.

Sucedió hace algo más de un año. Dior decidió no renovar votos con Maria Grazia Chiuri, quien había sido su directora creativa durante casi una década, y las redes sociales estallaron en jubiloso clamor. “¡Lo conseguimos!”, se jactaban los comentarios del patio de butacas de TikTok a los palcos de Instagram, pasando por el sumidero de X. Si fue real o no el poder de aquellos usuarios/opinólogos que sembraron de odio el paso de la diseñadora italiana por la firma francesa prácticamente desde el minuto uno en plan lobby electrónico, resulta lo de menos. Lo de más si acaso es el certificado de defunción que se deslizó entre líneas: para los anales, el 29 de mayo de 2025 también quedará como el día en que murió la vieja crítica de moda especializada. Se ruega una oración por el alma de ese periodismo que durante un siglo sostuvo los palos del sombráculo del negocio del vestir.

“¿Que si dije cosas sobre Maria Grazia? Sí. ¿Que si las mantengo? Para ser sincero, también”, admite ahora quien fue uno de los que más palos digitales le puso a las ruedas de la creadora. Se trata de Hanan Bešovic, comentarista de nuevo cuño para las cosas del planeta fashion. Claro que su opinión no es una más entre las ruidosas voces que dominan hoy la conversación a propósito de los dimes y diretes de los directores creativos y los holdings a los que sirven. Con 670 mil seguidores, y creciendo, solo en su cuenta de Instagram —la tercera con mayor predicamento en estas lides—, cuando Hanan Bešovic agarra el compacto Wireless ME, -el minimicrófono de mano inalámbrico de la viralidad-, y se dirige a su cámara, la industria escucha.

“Creo que presta atención porque tiene curiosidad”, dice, “aunque eso no significa que esté de acuerdo conmigo. De alguna manera saben quién soy, lo cual es bueno. Pero tampoco me quita el sueño. Sé que suena fatal exponerlo así, pero no quiero su validación. Buscar el respaldo de la industria de la moda y pretender trepar socialmente a su costa me parece ridículo”, concede el creador de contenido de fama @ideservecouture, la consciencia de clase asomando en el alias…

¿Por qué no va a merecer un joven del antiguo barrio obrero-portuario de Gruž, actual ejemplo de elitismo gentrificante en Dubrovnik, su ración de alta costura? En un terreno abonado para la herencia de apellidos compuestos y la posición que huele a pasantía pagada por contactos, la biografía temprana de este croata de 36 años suena a sopapo de realidad: “empecé a trabajar a los 13, vendiendo almohadas en una feria. No es que pasáramos penurias en casa, pero quería ayudar. Para mí, el lujo entonces, era un pantalón verde de Benetton”.

Una camisa de Yves Saint Laurent encontrada en una tienda de segunda mano —la misma que lució en esta entrevista—, lo puso por accidente en el camino de lo aspiracional. “Si lo pienso, es posible que mis circunstancias me hayan ayudado a apreciar la moda mucho más: hablamos de un oficio que requiere trabajo y esfuerzo, y eso es algo con lo que conecto”, confirma.

Bešovic irrumpió en la escena socio-digital en 2020, rebotado de la hostelería, al quedarse en paro tras el confinamiento por la pandemia de Covid. Lejos de pedirle permiso a cabecera alguna o esperar a que le convalidaran el carnet de crítico, se puso frente a la pantalla y comenzó a contrastar el archivo de las grandes casas de costura con las ocurrencias de los directores creativos de turno, haciendo gala de un desparpajo y un refrescante sentido del humor inauditos en el medio. Cuatro años después, tenía asiento garantizado en primera fila de los desfiles, y entrada propia en el abecedario de los influyentes BoF 500, que elabora anualmente el portal The Business Of Fashion, la biblia de la moda.

El croata embutido en una sudadera gris, que desde la comodidad de su casa en Palm Beach Gardens, Florida, decía que los desfiles de Dior eran aburridos, tenía la palabra. “Los departamentos de relaciones públicas no entienden una cosa: la gente nos sigue porque tenemos una opinión propia. Si vas a intentar imponerme la tuya para que la promueva en beneficio de una marca o un diseñador, ya te digo que no va a funcionar. La gente no es tonta, sobre todo los más jóvenes, y por eso nos sigue”, explica.

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Lyas, Besovic y Ayal en la Semana de la Moda de Milán.
VICTOR BOYKO/Getty Images via AFP

El fenomenal alcance de esta nueva guardia de prescriptores/opinadores nativos digitales no es sino la consecuencia directa de la desertización sufrida en las últimas décadas por la crítica cultural. Desde la eclosión de los primeros blogueros a mediados de 2000 -aquella avanzadilla, supuestamente democratizadora de Bryanboy o Tavi Gevinson-, hasta la asimilación comercial de los influencers, los medios de comunicación han vivido un proceso de domesticación sistemática. Las marcas descubrieron que les salía más a cuenta regalarles un bolso a los creadores de contenido, que lidiar con la vieja guardia periodística; y la reflexión y el criterio claudicaron ante la inmediatez y la repercusión global online. Atrapado en la red de servidumbres comerciales y la tijera de sus propios editores, el periodismo de moda ‘convencional’ de repente quedó sin nada que ofrecer, a una audiencia que ya no confiaba y que prefirió la aparente honestidad de un perfil social que pincha el globo con un chiste rápido. “Hay comentaristas que empiezan sus videos diciendo que tal o cual colección es una basura. A mí nunca me oirás decir algo semejante: es el trabajo de un creador, es su visión, su tiempo y su esfuerzo. Me parece una falta de respeto. Creo que tengo una mirada diferente de la moda, precisamente por mi origen: mis padres crecieron en el comunismo y se esmeraron por inculcarme sus valores. Por desgracia para ellos, soy gay (carcajada). Cuando no tienes dinero, simplemente te pones ropa y creas capas. Es diferente venir de un entorno así”, analiza. “Es como picar piedra en solitario; si te apasiona algo, vas a aprender sobre ello tú solo y sin dificultad. Es la academia de la curiosidad. En las escuelas enseñan muchas cosas que luego no usas. La que me formó, encima, es gratis”, concluye Bešovic, quien siente que además le coloca en situación de ventaja, pues no le ata nada ni nadie.

“He estado en desfiles en los que al salir, la gente comentaba: ‘esta ha sido la peor colección de la historia’. Pero luego entraba a Internet y no veía ni rastro de esa crítica. Entonces me quedaba en plan: ‘¿a ver?, aquí pasa algo que no cuadra’. Nosotros solemos recoger lo que los demás cuchichean en privado, y yo no tengo ningún problema en decir públicamente que algo no ha sido bueno o no ha estado a la altura”, confiesa. “Lo que pasa conmigo es que no soy mezquino, tampoco mala persona, y menos insensato. Digo las cosas con la mejor intención y con educación. Esa es mi diferencia: puedo soltar lo que pienso sin necesidad de resultar hiriente. Y por eso creo que las redes sociales siguen apoyando mi trabajo”.

El peligro para cualquiera que juegue a ser la mosca molesta del lujo, llega cuando el sistema decide que es más barato comprarte que ignorarte. En el momento en que las agencias cambian el desprecio por la invitación personalizada, la independencia se vuelve un asunto espinoso. “Claro que he trabajado con firmas que son muy controladoras, con las que no puedes ser crítico, pero siempre me he asegurado de que se escuchara mi voz”, aclara. “Por otro lado, si hago un anuncio o una promoción, lo indico claramente. Soy muy transparente cuando se trata de publicidad. Si no revelara mis colaboraciones pagas, mi audiencia tendría todo el derecho a enfadarse. Al fin y al cabo, eso es mentir, y yo no me metí en Internet para mentir”.

Por otro lado, esa distancia es la que le permite poner nombre y apellido a las derivas creativas del negocio, sin necesidad de usar los eufemismos habituales de la prensa subvencionada. “Te voy a contar el problema que teníamos con Maria Grazia Chiuri”, se ofreció resuelto. “Nada personal; desde luego que seguro es una persona increíble. Pero lo que veíamos en Dior era que no estaba a nivel de la casa. Y aquí está el porqué: los comentaristas actuales crecimos con John Galliano. Y Galliano nos arruinó Dior, pues era demasiado bueno. Luego vino Raf Simons, y para nosotros la cosa empezó a ir cuesta abajo, incluso con la llegada de Maria Grazia. Pasó del pico de la creatividad, a una diseñadora con mucho talento, sí, pero que se apoya en su propia fórmula, reiterativa hasta el sopor”, soltó, y asunto zanjado.

Lo mejor es que a continuación, tampoco gasta saliva en fingir que él mismo no es otra pieza del engranaje; la única forma honesta de no convertirse en un farsante que pontifica desde el asiento reservado de un desfile. “No tengo nada que decir en mi defensa. Soy parte del problema, exactamente igual que todos los demás. Puedo hablar de un vestido de Schiaparelli que cuesta 60 mil dólares, lo que no significa que lo vaya a comprar, porque incluso si tuviera el dinero, ¿sabes cuántos años tendría que trabajar aquel niño que vendía almohadas para pagarlo? Siempre digo que es una industria problemática, seguramente más que otras, pero tendemos a olvidar sus cosas malas. A veces me da la sensación de que sufro una especie de síndrome de Estocolmo con la moda. Es como si me tuviera cautivo, pero me pasa trozos de queso por debajo de la puerta, me los como y tan contento”.

En una suerte de speed dating periodístico, Bešovic lleva toda la mañana respondiendo a las preguntas de varios redactores de la vieja guardia. La curiosidad que despierta resulta inevitable, porque comparece en Trieste (Italia) en calidad de jurado del premio ITS, el concurso de talentos emergentes del diseño del que salieron laureados Demna o Matthieu Blazy, elegidos en su día para la gloria, por un selecto grupo de representantes de la industria, la academia y la prensa. La periodista y escritora estadounidense Dana Thomas también estaba allí como jueza. Este periodista no los vio cruzar palabra, pero sí asistió a una animada charla entre el comentarista y el sociólogo y filósofo Emanuele Coccia. “Mira, nunca me llamaría periodista, porque os tengo demasiado respeto”, afirma, consciente de que las reglas de esta competencia vienen amañadas de serie por el algoritmo: “cuando me preguntan qué se siente al ser un crítico de moda, siempre respondo: ‘habla con Cathy Horyn; habla con Suzy Menkes. Pregúntale a ellas, pues ese no es mi cometido”.

Quizá la cuestión nunca haya sido esa, sino si se siente validado por profesionales como las que nombra. Sobre todo ahora que la soberbia impresa cotiza a la baja ante unos números de audiencia digitales al alza. “Cada cierto tiempo se publica el mismo artículo: ‘¿tienen lugar los comentaristas de moda en la industria?’. Y me parece fenomenal que escriban lo que quieran. Mi ego no es tan grande (risas). No le guardo rencor a nadie. Pero creo que nosotros también tenemos algo que decir. Y se nos respeta un poco más desde que se dieron cuenta de que hemos llegado para quedarnos. Si hay una, dos o tres cosas que he hecho bien en mi vida, han sido casarme con mi marido, tener un perro, y abrir mi cuenta @ideservecouture aquella noche; exactamente en ese orden”.

(Derechos exclusivos, El País de Madrid).

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