Eduardo "Lalo" Fernandez
E mundial alemán está llegando a su fin. El ruido, la euforia, el trajinar las calles de los fanáticos enfundados en los colores de su equipo han ido cediendo terreno a la vida casi rutinaria de las ciudades.
Es que argentinos y brasileños ya se fueron para casa. Brasil ha sido la gran decepción no sólo para su torcida sino para los alemanes, los que estaban enamorados de la sutileza, simpatía y encanto personal de los jugadores y de cuanto brasileño caminó por sus calles durante un mes.
El marketing fue tan abrumador que terminó adormeciendo a propios y extraños, envolviéndoles en una nebulosa, especie de mundo feliz, en donde no existían las penas ni afloraba la tristeza. Brasil era perfecto, Ronaldinho el niño mimado, con sus ojos saltones, dientes al estilo del conejo Buggs y una sonrisa compradora sumados a una condición innata para jugar al "Jogo bonito" conmovía multitudes entre las cuales no faltaban las niñas que en el colmo del paroxismo casi lo veían tan bonito como su fútbol.
Kaká con sus primeros planos en televisión, de andar casi felino no sólo rompía corazones sino que era receptor de cuanta alabanza pudiera hacerse.
Pero el marketing, el maldito marketing que consigue vender vasos de vidrio como si fueran cristal de Murano, hizo el milagro de convencer a todos que Brasil era invencible. Y no lo era. Para ello bastaba con repasar la eliminatoria sudamericana. Clasificó pero no convenció. Y ya en pleno mundial, con un calendario hecho con el dedo llegó a cuartos en donde recién jugó su primer partido en serio. Y perdió. Y no sólo perdió sino que fue apabullado con una lección de fútbol.
Y el invencible, el que envolvió en su nube feliz a todos se desmoronó ante la luz firme y clara de Zinedine Zidane. Ahora que la nube se rompió y sobre Copacabana llueven lágrimas el marketing apuntará para otros lados. Los que han hecho millones alrededor de los jugadores, hoy en desgracia, buscarán otros para nuevos sueños mientras Cafú, hasta hace una semana venerado hoy es abucheado, Ronaldo maldecido mientras Ronaldinho y Kaká ya no generarán suspiros.
Brasil despertó al mundo real. El de las alegrías y las tristezas, en donde no existen semi-dioses y mucho menos dioses enteros. El de un fútbol brillante con algunos jugadores fuera de serie, con directivos de altísimo nivel pero por sobre todo un país con 180 millones de personas. Por eso Brasil tiene que estar. Siempre tiene que estar porque mueve multitudes y genera riquezas. Por eso nunca tendrá un fixture riguroso. Ahora tendrá un tiempo de calma para armar de nuevo el tablado y dar lugar a un nuevo marketing el que lo volverá a envolver en un ficticio mundo feliz, el que moverá multitudes y generará nuevas riquezas, hasta que la historia se repita.