"Aquí lo que progresa es el atraso"

| "Considero que nuestro básquetbol en el ámbito internacional va camino a desaparecer"

JOSE MARIA BELLO

Washington Poyet fue un grande de nuestro básquetbol, pero paradójicamente ese no era —ni es— su deporte preferido. "Todos los que me conocen saben que siempre fui un hombre del fútbol y que ese fue el primer deporte que practiqué jugando en las inferiores de Danubio, donde recuerdo, entre otros, la presencia del "Negro" Tomás Rolan, quien luego fuera un fenómeno jugando para Independiente de Avellaneda".

Pero sin duda que Poyet fue reconocido y se ganó un lugar en la historia como jugador de básquetbol, habiendo sido un referente no sólo de su Tabaré, sino también de la selección uruguaya.

—¿Cómo se dio tu vinculación con el básquetbol?

—De casualidad. Yo nací y viví toda la vida en el Parque de los Aliados (actualmente Parque Batlle) y en una oportunidad andábamos por el barrio en bicicleta con una barra de amigos y pasamos por la cancha de Tabaré, y como vimos que había pibes jugando entramos y yo, de careta que era, le pregunté al que estaba dirigiendo si podía entrar a la cancha a tirar y me dijo que sí. Desde ese día comenzó mi idilio con el básquetbol.

—Seguramente que al técnico le habrá interesado tu altura más que tus condiciones.

—(Se ríe) Claro que sí, date cuenta que yo medía 1.92 y para esa época era una altura considerable. Pero lo que son las cosas, ahora me achiqué y mido dos o tres centímetros menos.

—Hablame de los técnicos que tuviste.

—Tuve la suerte de que me hayan dirigido grandes técnicos como Dante "Coco" Méndez, Olguiz Rodríguez y Héctor López Reboledo, entre otros y todos me dejaron algo, pero hubo uno que me marcó de por vida: el profesor Alberto Langlade. Aunque como técnico no sabía mucho me dejó enseñanzas. Un día estábamos jugando contra Goes, pidió tiempo y le dijo a los otros cuatro jugadores que lo dejaran sólo conmigo y ahí me dio para matar: "Dígame Poyet, dónde se cree que está, anda a las escupidas, a las patadas, insultando a todo el mundo ¿quién se cree que es?. Vaya, haga un doble y cállese, haga otro doble y cállese y no se haga el vivo". No tuve más remedio que obedecer, primero por el lógico respeto y segundo porque yo no era bobo y el profesor era grande y guapísimo. Hice lo que me dijo, ganamos y no hubo problema. Cuando terminó el partido me llamó de nuevo y me dijo: Mire Poyet, vamos a hacer una cosa, a partir de hoy a usted lo insultan, hace un gol, a usted lo escupen, hace otro gol, a usted le tocan la cola como se la tocaron en la cancha de Unión, y hace un gol, cuando termina el partido si a usted le gusta la pinta para pelearlo salimos, yo le hago rueda y pelea mano a mano con él, si no le gusta la pinta nos metemos en el coche y nos vamos a comer panchos a La Pasiva".

—¿Cuándo fue tu debut internacional con la celeste?

—Tenía 19 años y en esa época Uruguay le ganaba a Colombia, a Bolivia y a Chile por 50 tantos y con Ecuador ni te cuento. En el partido ante los colombianos iban 10 minutos y el salteño Ramiro Cortés hace el tercer foul —en esa época el máximo era cuatro fouls— y López dice "Poyet". No lo podía creer; recuerdo que me temblaban las pierna. Voy junto al técnico y me dijo: "Entre a la cancha y póngase a las órdenes de Costa". Entré y le dije a Costa: "Coco, me dijo López que te preguntara dónde juego" y me respondió: jugás al rebote conmigo y si agarrás la pelota me la das a mí porque estos —señalando al resto de los compañeros— son todos unos burros ¿Sabés quiénes eran los burros? ¡Oscar Moglia, Eber Mera y el "Inglés" Blixen!. En ese primer partido hice ocho puntos pero fue facilísimo, lo único que había que hacer era estar atento porque en cualquier momento llegaba el pelotazo de Moglia y si no prestabas atención te reventaba la cara, pero si estabas atento no tenías que hacer más que ponerla en el aro.

—¿Cómo nació aquel Tabaré de comienzos de la era del 60 que ganó todo?

—Había surgido en el club una camada de jugadores muy interesantes, en ese momento nombraron como técnico a Dante Méndez y la verdad que no sé de dónde sacó tres o cuatro jugaditas correlativas, las que nunca los rivales pudieron controlar. En cada serie de esas jugadas se creaban cuatro o cinco chances de gol y siempre alguna entraba. Años después nos calzaron los puntos, pero mientras tanto ganamos casi todo lo que jugamos.

—Poyet, Márquez, Gómez, Piñeiro, Lalo Fernández y Otero.

—No era un plantel largo y teníamos una gran contra que era que el entrenador, Méndez, no cambiaba los jugadores. De los 40 minutos, si no salía nadie por foul, jugaba 38 o 39 con los cinco titulares.

—Así y todo fue un equipo muy difícil de vencer.

—Absolutamente, lo que sucedía era que salíamos a jugar de la misma manera todos los partidos, así fuera por el campeonato Invierno, Preparación o Federal y así fue que ganamos los tres de corrido. Ese equipo fue a Brasil y arrasó con Palmeiras y Botafogo y perdimos creo que con Flamengo por un punto. Enfrentamos a Racing, que era el campeón argentino, en el Luna Park y lo destruimos. Acá le ganamos hasta al Sirio de Brasil, que eran unos cucos y también lo hicimos en el exterior, donde no era fácil.

En un partido internacional en que nos reforzó el Oscar, en una jugada el Tito Piñeiro cruzó la mitad de la cancha y Moglia fue a recibir en la línea de personal, de espalda al tablero. Se la da y así como la recibió, sin darse vuelta, la tiró para atrás como si estuviera jugando al voleibol y la metió seca. Era un monstruo.

—Con Tabaré ganaron el campeonato de 1960, 61 y 62, qué pasó en el 63.

—Perdimos el campeonato por un muy mal arbitraje de Julio César Sánchez Padilla. Reconozco que fue el mejor juez uruguayo que vi, pero en esa oportunidad se equivocó feo. En la mañana del partido final ante Bohemios él fue a la audición que en Radio Sport tenían Genaro Carleo y Armando Sagrada. Allí Carleo le preguntó cómo iba a hacer para aguantarme a mí esa noche porque yo le protestaba a todos los jueces y Sánchez le respondió que no se preocupara que sabía qué hacer con Poyet. Dicho y hecho. A los siete minutos no sé qué le dije y de aire me echó. Quiso demostrarle a Carleo que él era el más poderoso, pero se equivocó y desde allí nunca más le arbitró a Tabaré.

Reconozco que era flor de juez, un "loco" de marca mayor que se paraba enfrente de la tribuna y le decía a la hinchada qué artículo de las reglas de juego había aplicado, pero esa noche nos cocinó.

—En 1964 vuelven a salir campeones pero luego por dos años seguidos los agarró aquel tremendo equipo de Welcome y no pudieron.

—Welcome nos liquidó, era un equipazo con el Oscar, "Piroco" Ceriani, el Bebe Blanco, "Bolita" Silva, aquel jugadorazo que fue Jorge Maya, Leonel Moreira, el "Chupa" Schweizer y otros más. Nosotros pegamos un bajón pero por suerte en 1967, con alguna incorporación que tuvimos, volvimos a salir campeones y allí se terminaron los triunfos.

—Tus primeros Juegos Olímpicos fueron en Roma.

—Llegamos a esos Juegos con la mochila en la espalda ya que Uruguay venía de ser tercero en los dos Juegos anteriores y por lo tanto la obligación, por lo menos, era de repetir esa posición. Recuerdo lo que fue el partido ante Estados Unidos. Acá nadie sabía lo que era la marcación a presión en toda la cancha y por los antecedentes que tenía Uruguay, los norteamericanos salieron a ahogarnos y fue un desastre, en determinado momento miro el marcador y perdíamos 48 a 8. Creo que ahí fue donde comenzó a cambiar el básquetbol y donde Uruguay inició el declive y por más que hubo un resurgimiento con la generación de López, Núñez, el "Fefo" Ruiz y Peinado, ahora estamos nuevamente en caída y nuestro basquetbol en el ámbito internacional va camino a desaparecer. El problema físico es determinante ya que si no tenés dos aleros buenos de dos metros de cada lado y no tenés tres o cuatro "animales" de 2 metros 10, no podés jugar al basquetbol.

La historia dice que la mayoría de los cambios que se hicieron en el reglamento a partir de los Juegos de Melbourne fueron para matar a Uruguay, sobre todo cuando pusieron los 30 segundos que ahora son 24.

—Si volvieras a tener 13 años y entraras a la cancha de Tabaré pensás que sucedería lo mismo y que serías jugador de basquetbol.

—Creo que no. Estoy convencido que si hoy yo jugara al básquetbol tendría pocas posibilidades de ser lo que fui. Todo cambió, tendría que entrenar mucho más, agarrar manejo de pelota y gol desde afuera para jugar de alero porque abajo del tablero hoy no la agarraba.

—¿Eras un jugador sucio?

—Era sucio pero nunca intentaba lastimar a nadie; eso sí, siempre jugaba a muerte. Cuando jugábamos contra Goes iba mano a mano con Waldemar Rial a muerte y si el rival era Olimpia el mano a mano era con Sergio Pisano y cuando llegó Arrestia yo lo enfrentaba con todo y no le gustaba, pero en condiciones normales no los hubiera podido marcar.

—¿Actualmente vas al basquetbol?

—Muy de vez en cuando, estoy muy desilusionado. En el deporte uruguayo lo único que progresa es el atraso. Gracias a mi hijo en los últimos 10 años estuve en Europa y ahí se nota los años luz que estamos atrás. Yo escucho todo, leo todo y veo que todos tienen buenas ideas, pero nadie concreta nada. Nadie se ocupa de arreglar los reglamentos, nadie le hinca el diente a la violencia, un tema de muy fácil solución. ¿Cómo puede ser que en un país donde van 500 personas a las canchas no arreglamos el tema de la violencia? Yo tengo certeza que la violencia en el deporte se arregla solamente agregando a los códigos actuales una enmienda que diga: "El que cometa un desmán en cualquier espectáculo deportivo será penado con seis meses a un año de cárcel". Si los vivos saben que van para adentro se termina la violencia.

Pero no sólo la violencia, acá la desorganización es total. Los dirigentes tienen que pactar partidos para el 2007, con Turquía, con Yugoslavia. Los pactos internacionales se hacen con tiempo no como quieren hacerlo acá, 15 días antes. Acá se acabaron los Lafitte, los Del Campo, los Iocco, los Roca Couture, los Arsuaga, todos desaparecen del fútbol y los que están le ocurre como a Damiani, que tiene un lío bárbaro porque le llegaron los años y además le dan palos de todos lados.

El señor Fossati en vez de estar en Europa tendría que estar acá, trabajando con un grupo de jugadores en fundamentos, ganándose el sueldo; Jorge es amigo mío y se va a enojar; que se enoje, no me importa, porque digo lo que siento.

—¿Qué te parece la Liga Nacional?

—Me gusta la idea. Cuando vi uno de los partidos finales entre Paysandú y Salto con 7.000 personas en las tribunas hice una comparación con el público que había llevado el fútbol ese fin de semana: nueve partidos y no había esa cantidad de gente.

—¿Por qué sucede eso?

—Porque se le ha perdido confianza al fútbol. No puedo aceptar que se convoque jugadores a la selección que no juegan en ningún lado. Hay que respetar a los de acá. Aquí hay muchos que están para los mandados. Yo creo que hay gente que le ha hecho bien al fútbol y le ha dado un buen pasar a los jugadores.

—¿Te referís a Francisco Casal?

—Sí, estoy hablando de él. Me merece un gran respeto Casal, pero lo que hay alrededor no me merece respeto. Yo no puedo aceptar lo que le está pasando a Bueno y al "Cebolla". Yo no estoy a favor ni en contra de Damiani ni de Casal, pero lo que está pasando con estos muchachos es un disparate.

Acá los reglamentos se acomodan, se aplican en relación a la cara de quien se pueda beneficiar o perjudicar. Este es un país de jueces de fútbol y de basquetbol que son brillantes en el exterior y acá son una calamidad.

—¿Qué jugador de fútbol uruguayo te gustó más?

—No había nacido acá pero era uruguayo, Juan Eduardo Hohberg, un monstruo.

—De tu deporte cuál destacás

—Oscar Moglia. Le hacía 40 a Brasil, 40 a Argentina y llegaba al vestuario caliente porque no les había hecho más. Fue un ganador nato y el único jugador que por sí sólo era capaz de llenar una cancha.

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