Truco y retruco, dio el Dr. Lacalle el sábado en la Convención del Partido Nacional. El expresidente concretó el rumor que como reguero de pólvora se había extendido unos días antes, inclusive por boca de gente de su propio entorno, lo que le quitó algo del efecto sorpresa que era dable esperar; su renuncia a la presidencia del partido.
Sin embargo, una buena dosis de asombro, mezcla de desconcierto y consternación, se apoderó de buena parte de los convencionales del herrerismo allí reunidos, al escuchar la muy breve oratoria del senador, anunciando su alejamiento de la conducción partidaria. Y no solo eso, sino que redoblando la apuesta, hizo saber que tampoco habrá de participar en las internas partidarias con miras a disputar la candidatura para las próximas elecciones.
Si bien anteriormente ya había adelantado la idea de dejar la dirección del partido en un año, año y medio, luego de llevar adelante ciertas iniciativas respecto de la organización del P.N., la doble y categórica notificación con la que cerró la jornada, provocó dos fuertes impactos. Uno de ellos, que trascendió mucho más allá de las paredes del Platense Patín Club, hasta sus múltiples seguidores y votantes, fue de una inquietante sensación de orfandad. Al tiempo que para los que forman parte del conglomerado de la UNA, (al menos algunos) tal como lo dijo el mismo Lacalle, llegaba el momento de luchar por nuevos espacios de liderazgo. Hasta el momento, por ser el vivificador del herrerismo, por su talento, su capacidad de trabajo, su inteligencia y sus probadas credenciales como Presidente de la República, el líder no podía ser otro que Luis Alberto Lacalle. Tanto así, que cuando se apartó, lo tuvieron que ir a buscar. Ahora la mano está echada.