En la víspera se cumplió un año de la desaparición de la joven Nadia Caches. Una chica de veinte años, estudiante de profesorado, de la que nunca más se supo desde aquel día en que iba a encontrarse con un familiar en Canelones. La investigación policial no ha logrado avanzar en este suceso enigmático pero no por cierto único.
Hay otras chicas que desaparecen y de las cuales no se tienen más noticias. Y esto nos lleva a una realidad: con demasiada frecuencia, ante los delitos, la policía no logra avances. A veces es peor, porque ni siquiera se recogen indicios que podrían ayudar en una investigación.
Mucho se habla de la inseguridad que nos rodea en el Uruguay de hoy. Esa inseguridad es una realidad escalofriante. Pero cabe destacar que la inseguridad aumenta acrecidamente si los que toman por la senda del delito hallan que la misma está relativamente despejada.
Es habitual que en casos de hurtos no se dé intervención a la policía técnica, que no se tomen huellas digitales en el lugar del hecho y que se omita toda averiguación posterior. Algo similar acontece en los robos de automotores, donde aunque se suele saber en qué lugar los desarman y cómo los comercializan, enteros o por partes, las fuerzas del orden no calan hondo. En lo que tiene que ver con drogas, ocurre en ocasiones que hay una omisión similar.
Tomemos un caso concreto: los copamientos. En lo que va del año, hubo 43 copamientos en Montevideo, pero de ese total unos 35 a esta altura no se han aclarado.
La lucha contra el delito debe librarse en varios frentes y entre ellos se cuenta el de la labor investigativa posterior al hecho concreto, el de la búsqueda en el revés de la trama.