Es nuestro pequeño Abu Ghraib. El video que ha recorrido el mundo en el que soldados uruguayos de la ONU abusan de un joven haitiano entre risas y festejos idiotas, representa un golpe tremendo para la imagen y la honra del país. Se trata de un episodio aberrante que no admite justificaciones ni explicaciones de ningún tipo, y del que solo cabe esperar que las autoridades apliquen el máximo rigor a la hora de establecer un castigo ejemplarizante.
Este bochorno sin precedentes tiene la potencialidad de convertirse en el detonante de incidentes gravísimos, al poner a las tropas internacionales que realizan una delicada misión en el país más pobre del hemisferio occidental en el centro de un verdadero huracán. El presidente haitiano ha dicho sin medias tintas que "este acto rebela la conciencia nacional", y varios dirigentes locales han reclamado la salida inmediata de los casi 900 soldados uruguayos que cumplen misión allí. Una misión cuyo objetivo principal es marcar un límite a las luchas sangrientas entre facciones rivales y grupos mafiosos que llevaron al país a la más absoluta anarquía en el contexto de la salida del gobierno del expresidente Jean Bertrand Aristide.
Si la presencia de las tropas internacionales, marcada por varios escándalos previos (incluso el extraño suicidio de un comandante brasileño) ya generaba rispideces y polémicas, este nuevo episodio promete poner a toda la misión en la línea de fuego. Esto con la implicancia de que se trata de uno caso especial, ya que la ONU buscó evitar la presencia de fuerzas de países como EE.UU. o Europa, y cedió el control de la misión a fuerzas de la región bajo el liderazgo de Brasil. Es de esperarse que el episodio sea utilizado políticamente tanto en el interior de Haití, como a nivel internacional, para cuestionar la presencia de las fuerzas de paz en el sufrido país caribeño.
Pero por encima de todo esto, el escándalo ensucia de manera lamentable el trabajo de miles de compatriotas que enarbolando los cascos azules de la ONU cumplen misiones sacrificadas en los rincones más lejanos del planeta. Desde 1945 más de 25 mil uruguayos han trabajado en estas misiones en lugares tan peligrosos como el Congo, Cachemira, el Sinaí o Timor del Este. Hace solo unos días una alta jerarca del gobierno de EE.UU. elogiaba el trabajo de estas tropas, señalando su "reconocimiento y agradecimiento por los aportes de Uruguay al mantenimiento de paz, siendo el país el mayor contribuyente mundial per cápita a las misiones de ONU".
Más allá de las discusiones de alta política que determinan la intervención de las misiones de la ONU, la realidad es que se trata de jóvenes uruguayos provenientes de los rincones más alejados, de los estratos sociales más humildes, que se alistan en las Fuerzas Armadas y terminan trabajando por la paz en lugares exóticos de los que poco o nada conocen, con el fin de lograr un bienestar económico para ellos y sus familias. Y que cumplen misiones arriesgadas y con escasos recursos, pero que son trascendentes para las poblaciones civiles donde les toca operar.
Ahora volverán las discusiones estériles, los oportunismos políticos, y los gestos airados de los burócratas internacionales que emitirán juicios categóricos desde sus confortables despachos. Ya se escuchó en Uruguay a algún político señalando cosas como que la causa de estos episodios estaría en la "impunidad" con la que han contado los militares de la dictadura. Justo el mismo día en que se supo que un jerarca del INAU vendía drogas y mantenía relaciones sexuales con sus internos. La cuestión de fondo es que en toda organización, en todo grupo social, particularmente en un entorno violento y al límite como son los que habitualmente encuentran las misiones de paz, puede surgir lo peor de la naturaleza humana. Lo que hace la diferencia es la actitud y la decisión con que las cabezas de esas organizaciones encaran y castigan a quienes no respetan la trascendencia de su misión. Es de esperar que en este caso, quienes ocupan esas responsabilidades hagan lo máximo para rescatar el buen nombre del país.