Vaguedad municipal

La titular de la Intendencia montevideana declaró hace diez días: "Necesitamos trabajar mucho en el tema de los clasificadores. Vamos a trabajar para que los carritos salgan de la calle". Su afirmación aludía a uno de los grandes problemas vinculados con la limpieza de la ciudad y parecía abolir la tolerancia con que sus tres predecesores en el cargo han dejado de lado el tema de los carros hurgadores, llegando a matricularlos para oficializar esa irregularidad, en busca de que lo impresentable parezca decoroso. Ahora la jerarca municipal apuesta a lo contrario, a suprimir esa circulación, mostrando un vuelco de severidad quizá relacionado con el malestar de la ciudadanía, que se refleja en el elevado índice de desaprobación a la actual gestión comunal como consecuencia de la precaria limpieza de la ciudad. A veces la clase política olvida que los contribuyentes esperan respuestas concretas a cambio de los abultados tributos que pagan.

Tres días antes de que aquellas declaraciones se publicaran en la prensa, la intendenta había comparecido ante la Mesa Política del Frente Amplio y allí opinó sobre la inocultable crisis de la basura, señalando que la situación no tiene que ver con la falta de camiones sino con un tema cultural que (según se dijo) "no explicó". Tal vez no hiciera falta una explicación, porque cualquier montevideano conoce la actividad de los hurgadores fuera y dentro de los contenedores de la ciudad y es testigo de la huella que deja a su paso esa flota con tracción a sangre. El Frente Amplio y la propia intendenta saben -aunque no lo dicen- que los carros tienen buena parte de responsabilidad en el penoso estado de la limpieza urbana.

Durante dos décadas, la población montevideana se ha acostumbrado a que el gobierno departamental le saque el cuerpo al tema. Y sin embargo el problema ha adquirido tal gravedad que la jefa municipal no tuvo más remedio que hablar de sacar los carros de la calle. Probablemente sea prematuro creer que esa declaración tenga efecto veloz y también sea optimista suponer que dicho anuncio pueda ser tomado formalmente. Fue en todo caso un gesto político y un giro retórico para enfrentar lo ineludible en medio de una entrevista, una vaguedad más para sumar a la frecuencia con que la jerarca incurre en imprecisiones, desdibujando verbalmente los asuntos que exigen un abordaje inmediato y un tratamiento directo.

Como reflejo de esos vaivenes, al día siguiente de que se conociera la frase "que salgan de la calle", la intendenta mantuvo un intercambio de opiniones con una candidata a concejal. Ante reproches por el estado de los caballos que tiran de los carros, reconoció haber ordenado personalmente "no fiscalizar a los carros con caballo", ya que según ella los inspectores están ocupados en cuestiones más importantes. Llamativamente, reveló así una actitud discordante con lo que se había publicado 24 horas antes. Esa contradicción permite medir la distancia entre una auténtica voluntad reparadora y un discurso indefinido, cuyos altibajos cubren toda la gama que va desde la exigencia hasta el descuido y desde el rigor hasta la omisión, sin miedo de que esas oscilaciones delaten una falta de propósitos veraces, de plazos razonables, de eficiencia administrativa y de credibilidad.

Así la ciudad, en cuyo beneficio deberían tomarse medidas más dinámicas y efectuarse cambios más expeditivos, sigue padeciendo sus deterioros, sobre los cuales se habla mucho y se hace poco (o nada), a una altura en que ya se han cumplido 21 años de gobierno municipal a cargo de una misma fuerza política. Mientras tanto, y a 15 meses de que asumiera la actual titular de la Intendencia, los sondeos de opinión revelan que la desaprobación de su mandato se ha triplicado, creciendo desde un 18% hasta el 52% que indican hoy las encuestas. En parte, esa tendencia debe atribuirse a una autoridad que habla de sacar de la calle a los mismos carros que no quiere fiscalizar. Lo que la ciudadanía desaprueba es la inoperancia que asoma bajo esa paradoja.

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