Desde hace días, la escalada bélica en la República Democrática del Congo (ex Zaire) ocupa la portada de los diarios y de los informativos. No es para menos: en el epicentro de esa zona convertida en campo de batalla entre grupos insurgentes encabezados por Laurent Nkunda y tropas o milicias que responden al gobierno del presidente Joseph Kabila, se encuentra un contingente de soldados uruguayos que integran la Misión de Paz de la ONU (Monuc). Son alrededor de 150 soldados (de un total de 968 efectivos enviados a aquel país), que junto con tropas de India están apostados en la ciudad de Goma, muy cerca de la frontera con Ruanda.
Desde su independencia de Bélgica, el Congo ha sido un permanente polvorín de conflictos, guerras, masacres y violaciones de derechos humanos, donde confluyen los intereses -y también el factor étnico- de países vecinos y potencias internacionales por sus riquezas minerales (oro, diamantes, cobalto, uranio) y sobre todo por el coltán. Éste es un elemento poco conocido, pero fundamental para el desarrollo de nuevas tecnologías, como la telefonía móvil, fabricación de ordenadores, videojuegos, armas inteligentes, medicina (implantes) y la industria aeroespacial entre otras, debido a sus singulares propiedades: superconductividad, carácter ultrarrefractario (minerales capaces de soportar temperaturas muy elevadas), ser un capacitor (almacena carga eléctrica temporal y la libera cuando se necesita), alta resistencia a la corrosión y a la alteración en general, que incluso lo hacen idóneo como material privilegiado para su uso extraterrestre en la Estación Espacial Internacional y en futuras plataformas y bases espaciales.
Y es allí donde aparece la figura de Nkunda: la riqueza mineral y el coltán salen del Congo a través de Ruanda, gracias al control que Nkunda tiene sobre una vasta zona del país. Este "señor de la guerra", buscado por crímenes de guerra, responde a los intereses y recibe apoyo a sus milicias de Ruanda.
A pesar de esta riqueza, la República Democrática del Congo es uno de los países más pobres del mundo. Se encuentra en la posición 168 de 177 incluidos en el Informe sobre Desarrollo Humano de la ONU (PNUD). La expectativa de vida de sus habitantes es de 46 años y el Producto Interno per capita solo alcanza a 718 dólares. Basta compararlo con Uruguay para tener idea de lo que esto significa: nuestro país está en la posición 46, la expectativa de vida es de 75 años y el ingreso por habitante está cerca de los 10.000 dólares. El drama del Congo es que la otra fuerza en pugna, es la que defiende al presidente Kabila, un hombre también con antecedentes sanguinarios, con poco respeto a la vida ajena y manejo despótico de la política de su país. Pero por lo menos accedió al cargo mediante elecciones y con el respaldo del 45% de los votos.
¿Qué hace un millar de uruguayos en esta zona roja del mundo, rodeados de peligros que amenazan su vida, lejos de sus hogares y su familia? La respuesta es una y es obvia: el factor económico. Es la razón que obliga a los integrantes de las fuerzas armadas (hay contingentes de la Marina y la Fuerza Aérea también) a que asuman riesgos para mejorar sus condiciones de vida. El soldado que permanece en nuestro país redondea mensualmente un ingreso que oscila en los $ 5.000. Trabajan, pero no pasan la línea de pobreza -al igual que muchos que no trabajan pero reciben asistencia del Estado sin ninguna contrapartida-, están las 24 horas a disposición de su Institución y conviven con la rígida disciplina militar.
En el Congo -o en cualquier otra Misión de Paz de ONU- están en las mismas condiciones, pero la remuneración es distinta: perciben unos de 900 dólares por mes -lo normal es que estén 6 meses-, lo que les permite hacer una diferencia para vivir un poco mejor. No tienen gastos mientras están en el exterior y el Ejército -por exigencia de ONU- debe proveerles todo su equipamiento. En el Congo, desde el año 2001, han participado 10.815 efectivos uruguayos.
Son las paradojas de la vida: hombres pobres deben jugarse la vida en un país pobre y ajeno, amenazado por un rebelde jefe sanguinario sobre el que pesa una orden de captura internacional, para defender un régimen que encabeza un jefe político, con similares antecedentes de desprecio a la vida y los derechos humanos. Mientras tanto, otros en nuestro país no trabajan, pero tienen asegurado su sustento, sin moverse de sus casas, gracias a la "generosidad" del Estado.