Uruguay y el fútbol

Hoy inicia Uruguay el mundial de fútbol. En una ocasión así siempre es difícil centrar la atención en algo que no sea ese debut. Sin embargo, es justamente un episodio como ese, visto en perspectiva, el que nos puede arrojar luz sobre algunos de los cambios que estamos viviendo como sociedad y de los cuales no somos siempre conscientes.

En primer lugar, es evidente que seguimos siendo una potencia futbolística. Más allá de cuál sea finalmente el lugar que terminemos ocupando en el mundial, lo cierto es que lo estamos jugando y que siempre hemos estado en la élite de ese deporte que va ganando en afición internacional. Esto, naturalmente, debiera de ser un factor de “soft power” para nuestro país, es decir, de influencia cultural y social que nos diera pie a conseguir como país posiciones y ventajas que serían difíciles de lograr si nos atenemos solamente a nuestro peso demográfico o económico.

¿Acaso no tenemos, evidentemente, una experiencia y capacidad deportiva descollante en este deporte, que bien podría servir como intercambio para que grandes potencias asiáticas, por ejemplo, que recién están iniciándose en su práctica, se beneficiaran con intercambios con Uruguay, y a su vez nosotros beneficiarnos con ventajas y desarrollos que esos países ya están logrando por su desarrollo social o económico actual? Hay allí un terreno enorme para avanzar y que, por una vez, debiera de ser una especie de política de Estado alejada de intereses partidistas y menores.

En segundo lugar, tan evidente como que somos una potencia en fútbol es también que hemos perdido lugar relativo con el paso de las décadas. El simple conteo de títulos de la selección y de clubes a nivel internacional muestra que el último período de gran destaque del fútbol uruguayo fue durante la década del ochenta, es decir hace prácticamente cuarenta años: cuatro copas libertadores y tres intercontinentales a nivel de clubes, y dos copas américas a nivel de selección.

No es que nuestros jugadores hayan perdido nivel en su calidad deportiva: el balón de oro del mundial de 2010 fue para un uruguayo, por ejemplo. Es que, en verdad, no alcanza con destacarse individualmente, sino que se precisa acompañar esa excepcionalidad con infraestructura, desarrollo de negocios y perspectivas de largo plazo que hagan del fútbol nacional no solamente un deporte ampliamente disfrutado, sino también muy competitivo en tiempos de nuevos actores en juego.

En tercer lugar, ese lugar de potencia y esa constatación de relativo declive debiera de hacernos reaccionar como país. El éxito en el fútbol no es un asunto de milagros ni de buena suerte. Por supuesto que eso ayuda: pero se precisa una consciencia de trabajo y de planificación que debe modernizarse y tomar la oportunidad que sigue existiendo para nosotros en ese campo internacional.

En efecto, así como somos excelentes en la producción de carne vacuna, por ejemplo, así debemos de preservar nuestro lugar en el fútbol mundial. Es una vidriera para el país, pero además es un negocio que cada vez más va a ganar en adeptos y en capacidad de inversión. Hay allí oportunidades enormes para mejorar dimensiones claves de la formación de nuestros jóvenes y también para que aumenten sus ingresos económicos muchísimas familias que están vinculadas al entorno del fútbol.

Pero, como todo en la vida, precisamos ser conscientes de qué es en realidad lo que genera ese nivel de excelencia para estar en los primeros lugares mundiales: es nada más y nada menos que la competencia. Fue la competencia contra los mejores que hizo de nuestro fútbol un juego de esplendor hace un siglo, por ejemplo. Y en este sentido tiene que ser posible que a nivel del fútbol nacional se genere una nueva ambición que lleve a nuestros equipos a buscar ganar competencias continentales claves: hace demasiados años ya que son muy pocos los protagonistas que han llegado a instancias decisivas. Y lo mismo ocurre con la selección nacional: más allá de lo que ocurra en el mundial, las competencias sudamericanas nos deben tener siempre como protagonistas.

No debe ser un sueño inalcanzable, una utopía, plantearse ser campeón mundial. Croacia, por ejemplo, no tiene un PBI per capita tan distinto al nuestro, su población es de algo más de 3 millones de habitantes, y llegó a la final en Rusia 2018 y quedó tercero en el de Qatar de 2022. Uruguay tiene que ser la Croacia de Sudamérica en estos nuevos tiempos de fútbol internacionalizado como nunca. Es posible siempre que le pongamos empeño, inteligencia y sentido de excelencia a la competencia.

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