Uruguayo, soltero, 17 años, padre de una niña de pocos meses, JCMG (El Pelón) sale a matar desde su bastión de la Colonia Nicolich, un barrio cercano al aeropuerto de Carrasco que era un lugar tranquilo pero ha cambiado mucho. Como El Pelón es inimputable, esa ventaja de la minoridad le ha permitido cumplir con su meteórica trayectoria homicida. Porque, como es notorio, ha consumado tres asesinatos (a tiros, y en un caso también a patadas) durante los últimos seis meses. Semejante frecuencia ha sido facilitada por lo que prescribe el Código de la Niñez y la Adolescencia, aunque en la conducta de El Pelón no se trasluce ninguno de los rasgos que caracterizan a esas edades de la vida, sino el perfil de un criminal reincidente, cuyos actos la Fiscalía prefiere calificar como "infracción de homicidio", suavizando así la gravedad de los episodios protagonizados por el sujeto.
De hecho, cuando baleó a su primera víctima (a la que asesinaría poco después) estuvo internado en el INAU durante dos semanas, y cuando liquidó a su segunda víctima fue recluido por dos meses. El Código determina que si a los 60 días no se ha dictado sentencia, el menor debe quedar en libertad. Eso permitió a un ministro del tribunal supremo de esta República apoyar la decisión del juez que liberó a El Pelón, señalando que lo hizo dentro de la ley -lo cual es cierto- aunque no agregó ninguna consideración de orden administrativo, social, psicológico o moral, que habría sido bienvenida. La abogada defensora de El Pelón dijo ante cámaras de televisión que su cliente es "un chico como cualquier otro", y una senadora opuesta a que se conserven los antecedentes criminales de un menor cuando cumple la mayoría de edad, sostuvo que eso sería "recordar solamente lo malo". Como puede verse, las argumentaciones inefables (o alevosas, o falaces) abundan, mientras los culpables de "infracciones de homicidio" pueden seguir cobrando víctimas y los parientes de esas víctimas deben sobrellevar su pesadumbre como pueden.
La patología de El Pelón pertenece al rango de la paranoia, esa perturbación mental ligada a ideas fijas y a la sobrevaloración del yo. Un vecino dijo que a veces El Pelón dispara balazos aunque nadie se le enfrente y agregó que "le gusta cuando se habla de su familia". En esa familia figuran ejemplares variados: un padre que ha estado preso varias veces, una abuela y una hermana que fueron detenidas por tráfico de drogas, un hermano que "fue muerto luego de una larga historia delictiva" y otro hermano que está en la cárcel por homicidio. Pero además, la novia de El Pelón (20 años, adicta a la pasta base y madre de su hija) fue arrestada como cómplice de uno de sus crímenes. Según puede observarse, la patología de El Pelón no se ha desarrollado aisladamente, sino que integra un cuadro aterrador que este país no parece capaz de encarar seriamente.
Mientras tanto, los parlamentarios -en receso veraniego- han fijado para el 2 de febrero una Asamblea General en la que debatirán el informe sobre delincuencia juvenil preparado por una comisión bicameral, aunque "como están lejos de lograr un acuerdo" podrían pedir un mes más de plazo para concurrir a la Asamblea con un proyecto que merezca cierto consenso. Luego vendrá una discusión presumiblemente difícil y prolongada que incluirá los plazos para dictar sentencia, la edad mínima de imputabilidad, la extensión de las penas y el mantenimiento (o destrucción) de los antecedentes al cumplir 18 años. La maquinaria del funcionamiento legislativo es lenta y pesada, aunque también lo es la judicial, con magistrados incapaces de dictar el fallo de un caso gravísimo a lo largo de 60 días, aunque sepan que esa demora significa dejar a un criminal en libertad y arriesgarse a que cometa otro homicidio. En verdad, El Pelón fue liberado a fin de año y el 3 de enero mató a su tercera víctima. Pero al cumplir la mayoría de edad, esa foja se borrará. Y así podrá recomenzar a partir de cero.