Hace pocos meses, la Secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, llevó a cabo una video conferencia, tipo entrevista, con un numeroso grupo de periodistas latinoamericanos. El contenido de esa entrevista fue publicado, en nuestras páginas. Se trata de una exposición que revela un pensamiento tan agudo como claro y tan lúcido como convincente. Los temas que allí se abordaron se refieren a los compromisos de EE.UU. con los países del resto de América, a la situación de nuestro continente respecto a la crisis actual, a las soluciones que maneja el presidente Obama, a los objetivos en materia de educación, a los problemas de la seguridad alimentaria y de la seguridad física de las personas, las distintas formas de violencia que prevalecen en la región, la incidencia del narcotráfico, etc.
Llama la atención la vigencia que tienen las palabras de la ex primera dama. Y, lo que nos interesa especialmente, parecería que, en muchos aspectos de su intervención, la Sra. Clinton estaba hablando para nuestro país. Nos referimos a los conceptos que emitiera en materia de educación, seguridad y violencia.
En efecto, para Hillary Clinton, la principal inversión debe hacerse en el campo educativo. La diferencia con lo que ocurre entre nosotros es que no se ocupa de los mecanismos -que, en nuestro medio, constituyen el centro de todas las preocupaciones sindicales y de otros ámbitos- sino del contenido y de los objetivos que persigue una educación al servicio del alumnado y de los intereses del país.
Señala, en ese sentido, que hay que dotar a los 22 millones de jóvenes (que en el hemisferio occidental no estudian) de formación y habilidades que les permitan conseguir trabajo, es decir, ganarse la vida. El objetivo fundamental es, pues, dotar a los futuros ciudadanos, de la capacidad para competir en un mundo cada vez más riguroso en esa área. Lo cual está asociado con un salario justo y digno que brinde seguridad - "comida sobre la mesa"- y un buen techo para el trabajador y su familia. Esto es elemental: la educación impartida debe responder a ese desafío primario. Dar pescado pero, sobre todo, enseñar a pescar.
Nada de ello puede llevarse a cabo sin que medie una garantía para el individuo y para sus bienes, una garantía que se llama seguridad pública. El problema no es local, ni sólo uruguayo, sino universal. Cada vez hay más gente que no se siente segura ni tranquila en ningún lado, llámese calles, carreteras, escenarios públicos día o noche, barrios centrales o marginales. Agréguese la violencia doméstica. Para acentuar aun más este estado de cosas, la drogadicción y las poderosas redes de narcotraficantes se vuelven protagonistas principales de las oleadas de violencia, latentes en todas las manifestaciones de la vida humana.
No es nada fácil combatir estas y otras causas del vicio social, no sólo por su disponibilidad dineraria y su absoluta falta de escrúpulos sino además, porque trasciende todas las fronteras y socava todos los códigos de la moral, incluidos los relativos a la familia, a la amistad y a las más elementales normas de la convivencia. Este es el duro panorama de nuestro tiempo.
Dejamos para el final resaltar la incidencia de otro factor fundamental: los medios de comunicación masiva, en especial la televisión, porque, a su través, el lenguaje de las imágenes -cargadas habitualmente de chabacanería y violencia- llega con suma facilidad y tremendo poder de convicción (y de imitación) a todos los rincones de cualquier país del planeta.
¿Qué se puede hacer, entonces?
Nadie dispone de una receta mágica para poner coto a este quebranto mundial. Quizá la educación pueda experimentar algo, visto que la represión no soluciona más que lo meramente circunstancial. Pero no confiamos en una educación que haga sólo un encare racional de este problema sino en una educación que penetre en el alumno, que instale en el educando, desde los primeros años de su formación, una noción lo más cercana posible a la del pecado, a lo prohibido vitalmente, a lo que una persona, como tal, no es concebible que pueda hacer.
Que la noción de castigo impere desde adentro del educando, no desde afuera. Lograr alcanzar una meta de este tipo sería un enorme paso hacia adelante en el saneamiento de nuestras sociedades.
¿Será suficiente? No lo sabemos. ¿Será posible? Tampoco lo sabemos. Esa es la cuestión, desgraciadamente.