Un problema de esperanza

El presidente Yamandú Orsi tiene un problema con las en cuestas. Según el último sondeo de la empresa Factum, apenas un 24% aprueba su gestión, luego de solo 1 año y cuatro meses de gobierno. Por el contrario, un 56% la desaprueba, y otro 20 dice que “ni fu ni FA”. Datos preocupantes que han llevado a una reflexión profunda tanto a oficialistas como opositores.

¿Por qué ocurre esto? ¿Acaso puede mejorar? Esas son dos preguntas casi permanentes, a la que se suma una tercera, que sólo se escucha en voz muy baja, y en corrillos casi secretos: ¿puede sostenerse cuatro años más si sigue cayendo a este ritmo?

En un país institucionalista hasta el tuétano esa última pregunta, más propia de un parlamentarismo europeo, parece absurda. Si hasta Jorge Batlle, golpeado por la peor crisis financiera de la historia moderna del país supo terminar su período, no parece haber motivo ahora para dudar de que eso vaya a ocurrir.

Sin embargo, las otras si lo son. En particular la primera, porque no es habitual que un mandatario vea despeñarse su apoyo popular de manera tan rápida.

La respuesta a esa pregunta suele venir atada a los gustos políticos del que contesta, o a su ambición intelectual. Están quienes dicen que el gobierno no ha tenido rumbo claro, que no hay grandes proyectos que lo sostengan, incluso se hacen bromas con aquello de “la revolución de las cosas simples”. Después tenemos a quienes sostienen que Orsi sería una especie de traición a la mirada “de izquierda”, por negarse a imponer el “impuesto a los millonarios”, y otras medidas que buscaban un enfoque de socialismo duro en la gestión. Esa gente parece olvidarse como le fue en la elección a quienes proponían ese tipo de medidas en la campaña.

Después tenemos enfoques más inspirados. Uno de los se publicó en este diario el pasado domingo, en pluma de Alexander Castleton, profesor de filosofía de la Universidad de Montevideo. Según Alexander, “el malestar con Orsi, Bergara o cualquier otro dirigente no debería verse como una reacción coyuntural frente a problemas de gestión, aunque estos existan y sean muy relevantes. Quizás expresa la frustración de una sociedad que sigue esperando de la política -y especialmente del Estado- una promesa de orientación y futuro que encontramos cada vez menos en otros ámbitos de la vida”.

Lo que sugiere Castleton es que en una era donde la gente encuentra tan difícil hallar caminos de realización personal y espiritual que le hagan más satisfactoria la existencia, donde las religiones por un lado, y los proyectos políticos absolutos por otro, han caído en desuso o en descrédito, se exige a los gobiernos llenar un vacío imposible.

Se trata sin duda de un punto desafiante, pero que en el caso de un liderazgo como el de Orsi, le pone una exigencia directamente imposible. Y que nadie que conociera al personaje, podía seriamente abrigar una esperanza de satisfacción.

Lo que sí tiene de razón el planteo es que la política implica necesariamente un componente anímico. La forma en que los gobiernos avanzan no es solamente con proyectos y planes concretos. Sino también con la “venta” de una ilusión. De que si al menos hoy no estamos mucho mejor, estamos haciendo cosas que nos dan alguna certeza de que nosotros o nuestros hijos van a estarlo.

Y aquí está el principal problema de este gobierno de Orsi, y de este Frente Amplio de Fernando Pereira.

Se trata de un partido que se ha convertido en una máquina electoral afinada y eficiente. Que tiene a un líder bonachón, que cae (o caía) simpático, y generaba escasa resistencia. A la vez que sostiene una jerarquía partidaria aguerrida, y que representa a uno de los pilares ideológicos de es partido, el movimiento sindical.

Pero pasado un año y cuatro meses de gestión, está claro que detrás de esa fachada, la casa está en ruinas. No hay un proyecto político claro, no se tiene un programa de hacia dónde se quiere llevar el país, hay tironeos permanentes y fraticidas entre gente que empuña la misma bandera, pero tiene objetivos radicalmente distintos. Si hacer convivir a Oddone y a Andrade ya parece difícil, hacerlo con un liderazgo débil, y sin un plan claro a futuro, parece directamente imposible.

Y acá se conecta un poco con lo de Castleton. Lo que parece haberse dado cuenta la sociedad uruguaya, incluso antes del “camionetagate”, es que la máxima esperanza que puede generar este gobierno, es terminar su gestión más o menos como está ahora. Nada más, y con suerte, nada menos. Eso genera este profundo sentido de desesperanza que marcan las encuestas.

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