Un parque testigo de decadencia

A veces el periodismo capitalino comete el trágico error de asumir que Montevideo es todo el país. No es así, y alcanza con visitar varias de las capitales del interior para comprobar la diferencia radical que en muchos aspectos culturales se tiene con Montevideo. Una diferencia cultural que la capital no compensa con los millones de dinero del contribuyente, que las administraciones del Frente Amplio han tirado en sus artistas compañeros, hablando de su compromiso con el rubro.

Es que la cultura es mucho más que cuatro shows de artistas subsidiados. Tiene que ver con la convivencia, con el respeto por el otro, y por los espacios compartidos.

En esa línea, pocas cosas muestran de forma más descarnada la decadencia de la capital del país, y de la forma de entender la convivencia de una mayoría de sus ciudadanos (hay que hacerse cargo de lo que se vota) que el viejo Parque Urbano, hoy conocido como Parque Rodó.

Este parque, que cubre más de 40 hectáreas, y que fuera diseñado por arquitectos franceses a fines del siglo XIX, buscaba mostrar el empuje de un país que todavía ni siquiera cerraba su ciclo de guerras civiles. Sin embargo, ostentaba un lujo urbanístico, una ambición estética, y una preocupación por los espacios públicos, que la capital del país ha olvidado por completo.

Desde su arbolado, pasando por sus elegantes lagos, la iluminación a la europea, y la prolijidad de su caminería, el paseo era una ostentación de buen gusto, y planificación urbana pensando en el futuro.

El contraste con lo que se puede ver por estos días es tan doloroso como un reflejo fiel de lo que es Montevideo.

Quien visite hoy el Parque Rodó primero que nada se sorprenderá con los espacios públicos tomados por un clima de feria permanente, con juegos infantiles, y locales de venta de alimentos, que invaden los lugares y chocan con un estilo y un colorido plástico, barato, descartable.

Luego de esa primera impresión, lo que sigue es todavía peor.

La caminería y la iluminación se encuentra abandonada, vandalizada, sin un mínimo de cuidado y mantenimiento. Los espacios verdes muestran una imagen similar, con todas las palmeras mustias atacadas por el picudo rojo, que se han convertido en campo de reproducción de esta plaga, frente a la cual la administración no sólo ha bajado los brazos, sino que ni siquiera se ha preocupado de remover los ejemplares afectados, al menos para que no se siga expandiendo la peste.

Ni que hablar de los lagos, en un estado deplorable, o el componente escultórico, completamente vandalizado y destruido por delincuentes para vender el bronce a cambio de alguna dosis de pasta base. Sobre esto, hay que destacar que buena parte del parque se encuentra tomado por drogadictos y malvivientes, que acampan a sus anchas, extorsionando a los paseantes, consumiendo drogas y haciendo sus necesidades a vista y paciencia de quienes concurren a disfrutar del espacio público.

A tal punto, que en una zona del parque, y con la complicidad de una institución estatal dependiente de la UdelaR, se ha generado una especie de cantegril, “aguantadero” de todo tipo de personajes que se han apropiado de una zona que es de todos los montevideanos.

En las últimas semanas se han viralizado los videos de cientos de ratas moviéndose a plena luz del día, y actuando como lo que son, las verdaderas dueñas de ese parque, que la intendencia capitalina ha sometido al olvido completo.

Una cosa realmente asombrosa es que cuando se hace encuestas de opinión a los montevideanos sobre la gestión municipal, que siempre son muy críticas, se destaca como algo positivo de la intendencia ... ¡el estado de los espacios públicos!

Acá es cuando se percibe con mayor claridad el nivel de decadencia cultural que mencionábamos al principio, y que dolorosamente patenta la capital del país. Cuando la población de una localidad tiene tan poco espíritu crítico y se resigna a vivir en ese estado de abandono, cuando le parece normal que un espacio público diseñado para ser ostentación de pujanza y sofisticación estética se haya convertido en un nido de ratas, y de malvivientes, es que la debacle es casi total.

José Enrique Rodó decía que “el que ha aprendido a distinguir lo delicado de lo vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva hecha media jornada para distinguir lo malo de lo bueno”.

Lo que sugiere el parque que lleva su nombre es que los montevideanos están hoy muy lejos de hacer esa media jornada.

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