Pocos inicios de año han sido tan movidos en materia internacional como este 2026. Todo ocurre por un cambio radical de política exterior de Estados Unidos (EE.UU.) que muchas veces no termina de entenderse bien.
En primer lugar importa dar un panorama de las enormes consecuencias que tendrán estos cambios. Para nuestra región, la caída de Maduro ha significado el fin del signo internacional dictatorial de Venezuela. Es evidente que falta mucho aún para poder decir que en Caracas rige una democracia. Sin embargo, es claro que ese país ya no es más refugio estratégico de grupos terroristas como el Hezbolá libanés o de narcoguerrillas, ni aliado de potencias autoritarias como Rusia o Irán, ni tampoco sostén de la dictadura cubana, ni desestabilizador mayor de las democracias del continente con su arma de emigración poblacional masiva. También, los cambios que se avecinan en Cuba son fundamentales: el fin de la dictadura castrista, que tanto daño ha hecho a su país y a todo el continente, será histórico.
Para la política mundial, es evidente que las distintas guerras llevadas adelante en Medio Oriente están cambiando la ecuación geopolítica de las grandes potencias. Si la guerra en Irán termina con un acuerdo de paz que implica la limitación de la influencia de Teherán en esa región a través de sus grupos terroristas aliados, y si también se termina la amenaza de que un país gobernado por un grupo de fanáticos musulmanes radicales pueda acceder a la bomba atómica, definitivamente estaremos ante un mundo muy diferente. No solamente para la seguridad de la única democracia de esa zona, que es además la primera trinchera de Occidente, como es Israel. Sino también para la estabilidad y desarrollo posible de países como Líbano, Irak o Siria, por ejemplo, que han sufrido por lustros la nefasta intervención iraní.
Se está configurando también un nuevo orden en Europa. A partir del discurso de febrero pasado de Marco Rubio en Munich, EE.UU. puso a los viejos países aliados europeos de frente a sus responsabilidades civilizacionales y militares, tanto con relación a la invasión demográfica que sufren hace décadas y que va cambiando el rostro identitario de su continente, como con relación al necesario aumento en los gastos de defensa para garantizar cierta seguridad soberana de cada uno de ellos. A eso se suma la renuencia de varios de ellos, como Francia o España, que forman parte de la OTAN, a ayudar con protagonismo a EE.UU. a librar la guerra en Irán. Seguramente todo esto decida a Washington a rever los fundamentos de esa alianza militar. Ella nació en el contexto de guerra fría de 1949 y por lo tanto ya no puede tener la misma razón de ser que en aquel entonces.
Un mundo occidental que haya limitado fuertemente la nefasta influencia terrorista iraní en la escena internacional -recordemos su protagonismo en los atentados de la década del noventa contra objetivos judíos en Buenos Aires-, que replantee los contornos y designios de la OTAN, y que verifique en nuestro continente la caída de las dos dictaduras más desestabilizadoras de las últimas décadas, es sin duda alguna un mundo completamente diferente al que existía antes de 2026.
En este sentido las señales de Washington han sido claras: todo el continente americano es estratégico para sus alianzas militares y políticas. Esto ha sido llamado la doctrina Donroe, es decir, la doctrina Monroe de 1823 interpretada por el presidente Donald Trump. Para EE.UU. el rival es China, que nadie puede dudar que ocupa un lugar comercial clave con Sudamérica, pero que para Washington de ninguna manera puede tener a futuro una influencia política tan grande que sea capaz de poner en tela de juicio la unidad de los valores occidentales que identifican al continente americano.
Frente a todo esto están quienes critican a EE.UU. por su imperialismo, brutalidad, unilateralidad y excesos guerreros. Tienen a un presidente disruptivo que es visto como autoritario o imprevisible. Sin embargo, luego de constatar esas críticas tan extendidas, un análisis sereno debiera de responder las siguientes preguntas desde una posición realista y pragmática: ¿hasta cuándo Latinoamérica iba a tener que sufrir la nefasta influencia de Maduro o de la dictadura de los Castro? ¿Acaso era posible aceptar que en algún momento el Irán de los ayatolás, que es un reconocido Estado terrorista, accediera al arma nuclear?
Este nuevo panorama mundial llegó para quedarse. Debe ser integrado a las definiciones de nuestro interés nacional.