Un mensaje con altura

El domingo, en la Plaza Matriz, Luis Lacalle Pou habló durante media hora ante la militancia nacionalista en el acto por los 190 años del Partido Nacional. La expectativa era enorme y estaba puesta en otra cosa. Desde que entregó la banda presidencial, en marzo de 2025, había hablado en público apenas dos veces, y el propio presidente del Directorio anticipó que esta sería posiblemente su única aparición del año. Mientras la mayoría esperaba alguna señal sobre sus intenciones para 2029, opiniones sobre la coyuntura política o mensajes efectistas de un líder que está lejos de los conflictos, lo que vimos fue una demostración de estatura política del único líder que hoy tiene el Uruguay.

Su mensaje tuvo distintas facetas, pero su reflexión sobre la diferencia entre poder y autoridad fue uno de los puntos más altos. El poder, dijo, es algo formal, tiene su origen en el voto y está definido por la Constitución y la ley. La autoridad es otra cosa, más difícil de asir: se concede, es intelectual, es moral y sobre todo es afectiva, y supone un vínculo uno a uno con muchos. De ahí extrajo la conclusión que ordena todo el resto: no se puede ejercer bien el poder si antes no se tiene autoridad. Y agregó que esa autoridad no se construye de un día para el otro, que es una construcción casi imperceptible, hecha con acciones que no se publicitan. No hace falta aclarar más: a quien le quepa el sayo, que se lo ponga.

A un año y medio de haber dejado la presidencia, hizo un balance sobrio de su gestión. Propio de quien está tranquilo y satisfecho, pero no conforme, y admitió que hubo aciertos y que, como toda obra humana, hubo errores. En un punto que demuestra la estatura de los verdaderos liderazgos, habló de los aciertos en plural y de los errores en primera persona del singular.

Hubo también una defensa explícita de la política como instrumento, algo que va a contramano de la corriente dominante en el mundo. Sería muy fácil para el expresidente, quien sigue la realidad lejos del barro, trabajando en la formación de personas para la gestión pública en un centro de estudios, aprovechar la decepción generalizada con el gobierno y los políticos para adoptar un discurso más antisistema. La ciudadanía está hoy receptiva a ese tipo de mensajes, y un político popular que ve el barullo desde afuera sin dudas tendría un camino fácil por ahí. Sin embargo, pesaron más la convicción y la honestidad intelectual. Recordó que la crisis de la democracia se anuncia desde que tiene uso de memoria y observó que él nació cuando no había política sino dictadura, de modo que nadie le diga que los tiempos pasados fueron mejores.

Un párrafo aparte merece su identificación ideológica y afectiva con su Partido Nacional. También algo que está poco de moda: se definió dos veces como militante y reivindicó la pertenencia a una divisa porque sabe que es la única forma de sostener una democracia fuerte y pujante. No se conoce otro instrumento que un partido para tal fin.

Sin embargo, aclaró que esto no significa complacencia. También fue un líder que se mostró actualizado, tocando temas como la inteligencia artificial y reclamando respuestas más rápidas en un mundo que ya tiene otra velocidad. Sostuvo que si la política es más lenta que la necesidad de la gente no es la gente la que debe frenarse. Pero enseguida ubicó la dificultad donde está, en los mecanismos institucionales y en la separación de poderes. Exigió urgencia sin prometer atajos. Exactamente lo contrario de la frivolidad tan de moda hoy en día por izquierda y por derecha.

En la misma línea se inscribe el pasaje sobre el cuidado del tono, su ya conocido “firme con las ideas y suave con la persona”. Preguntó si alguien puede unir en el gobierno después de haber dividido en la campaña y respondió que no hay que curar heridas, sino no lastimar. Eso, además de ser un tema de convicción, es la sabiduría de tener mirada larga. Es subordinar el rendimiento electoral inmediato a la gobernabilidad posterior, que es la definición más económica que existe de estadista.

Todo esto lo hace quien es el personaje político más popular del Uruguay con mucha diferencia, un dato que aparece hoy en cualquier análisis de opinión pública respetable. Nada de lo cual es casualidad. Si bien en el corto plazo levantar el tono, responder de forma oportunista o exagerar la adjetivación puede rendir para “existir” en política, es refrescante confirmar que la estatura sigue pagando.

El domingo se confirmó lo que varias encuestas venían mostrando hace meses. Hoy en Uruguay hay un solo verdadero líder político.

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