Hay que reconocer que los sectores de izquierda y “ultraizquierda” tienen un talento muy especial a la hora del marketing. Son capaces de empaquetar la cosa más funesta, y venderla como la solución a todos los problemas del mundo. Por ejemplo los impuestos, una carga 100% negativa que se pone sobre la espalda de los individuos con el fin único de solventar los gastos que genera la vida en sociedad. Pero que los políticos del Frente Amplio suelen disfrazar casi como una bendición, y el arma para corregir cada situación indeseable en el país. Pero pocos han llegado a los extremos de nuestra ministra de Salud, Cristina Lustemberg, que la semana pasada patentó un concepto realmente revolucionario: un “impuesto saludable”.
Todo empezó con una penosa conferencia de prensa, donde el Instituto de Economía de la facultad de Ciencias Sociales, (casi un antónimo), presentó un estudio sobre el consumo de tabaco.
Allí se decían cosas peculiares, como por ejemplo que crece de forma exponencial este consumo entre mujeres jóvenes, y que a este paso la mortalidad atribuible al tabaco pasaría de las 2.800 anuales actuales hasta más de 4.000.
Es curioso, porque distintas páginas web oficiales del gobierno uruguayo dan cifras muy diferentes, sobre este dato, como que en 2022 morían 6500 personas al año por tabaquismo, y otras de 2014 hablaban de 4800. Difícil saber a quien creer, pero ante la duda, en temas matemáticos, uno desconfiaría de lo que dice la gente de Ciencias Sociales.
Pero más allá de ese detalle algo jocoso, la intención de la conferencia (y obviamente del estudio) era muy otra. Buscaba sostener que el costo que tiene para la sociedad uruguaya el consumo de tabaco, supera largamente lo que hoy el estado recauda por concepto de impuestos al producto. Por lo tanto, 2+2 en la cabecita de nuestros científicos sociales bienpensantes, lo que se impone es aumentar los impuestos al tabaco, al menos hasta financiar lo que a todos nos cuesta pagar luego los tratamientos y gastos sanitarios. Es a eso que Lustemberg llama “impuesto saludable”.
Lo primero que cabría señalar, es que esa es una mirada que desnaturaliza por completo la función originaria de los impuestos. Los cuales, de nuevo, se inventaron para que entre todos financiemos los costos de la vida en común. Desde el sueldo de quienes gobiernan, hasta las calles por las que circulamos. No para hacer ingeniería social, y que algún burócrata nos imponga su mirada sobre lo que está bien o está mal.
En segundo lugar, este tipo de actitud abre una puerta muy peligrosa. Ahora resulta que hay que aumentar el impuesto al tabaco, ¿y después? ¿Va a venir un impuesto al choripán? Porque las comidas ultraprocesadas, altas en sodio y grasas, también generan un costo enorme a la salud pública. ¿Y después? ¿Vamos a poner un impuesto al fútbol y al basquetbol? ¿Cuántos casos de problemas cardíacos son atribuibles a los finales infartantes en estos deportes? Es inaceptable que gente que solo juega al ludo o a la conga, tenga que hacerse cargo del costo que nos provocan estos irresponsables.
Ese camino que propone Lustemberg, no tiene final. Y es totalmente ridículo, porque todos tenemos actitudes y conductas que no son necesariamente saludables. Pero que son parte de las decisiones que tomamos a partir de nuestro libre albedrío. Y el estado, o sea todos nosotros, pagamos la salud pública en general, no haciendo un inventario de cada conducta individual que se aparta del ideal de vida saludable del momento.
Es tan insólito todo, que el mismo estado subsidia la eutanasia y el aborto, pero quiere que quienes fuman, paguen por el costo en salud que generan. Pero en el fondo hay un concepto todavía más peligroso, y hasta fascista. Y que es esa noción de que la vida en sociedad es una especie de comunitarismo de hormiguero, donde el colectivo a través del estado, tiene derecho de dirigirnos la vida hasta en su más mínimo detalle.
¡No! El rol de estado es coordinar la vida de las personas, para que pueda haber una coexistencia pacífica y ordenada en sociedad. Cada persona mantiene su libertad individual, de hacer lo que quiera con su vida. Incluso destruirla. Como mucho, el estado tiene la obligación de aportar información de calidad a la gente, para que tome las mejores decisiones sobre su vida personal. Pero hay un punto donde es clave, es necesario, que el estado se aparte, y respete las decisiones de cada uno. Pretender gravar impositivamente cada acción que no satisface al político de turno, no es saludable.
Es profundamente tóxico.