Un evento que invita a la reflexión

No mucho tiempo atrás, el trance que le tocó vivir al periodista que trabajaba para Montecarlo TV como camarógrafo, al finalizar el partido de fútbol entre Peñarol y Cerro -pudo haber ocurrido en cualquier otro encuentro-, habría dado lugar por lo menos a una protesta de todos los medios de prensa. Y no tenemos dudas que hubiera sido planteada en forma enérgica exigiendo se tomaran medidas ejemplares para que el episodio no se repitiera.

Ahora, sin embargo, lo que pasó, pasó. Alguna expresión de rechazo casi como de compromiso, informaciones sobre la búsqueda y detención del agresor, en fin, una reacción tibia, si de reacción pudiera hablarse, ante un suceso más de un fin de semana largo. Y eso es lo más grave del asunto, la sensación que ha quedado de acostumbramiento a tolerar estos hechos como si fueran de rutina, quizá porque no valga la pena incomodarse con una preocupación adicional en el marco de un proceso de degradación social signado por la continua pérdida de valores. La convicción que es inútil la protesta porque en definitiva no pasará nada con ella, el bajar los brazos aceptando con resignación que en el marco general de deterioro, las balas que esta vez picaron cerca de un trabajador de la prensa le pueden pegar a cualquiera pero aquí no ha pasado nada, es un índice de la gravedad del momento.

El peor para quienes alimentan expectativas que la realidad de hoy puede revertirse con un par de medidas y que todo es la consecuencia de la pasividad de gobiernos que la dejaron venir. No se toma conciencia que esa pasividad atribuida a los gobernantes es consecuencia de la pasividad de toda la sociedad que quedó sin respuestas luego de sumergirse en la inercia que siempre apareja el no sentirse parte de un problema que la involucra hasta la médula.

¿Consecuencias del estado de bienestar social en que el país vivió dándose gobiernos paternalistas que todo lo solucionaban? Quizás. No es por casualidad que hace siete años que tenemos gobiernos del FA, que ahora expresan el paternalismo del Estado quitándole dinero a quienes trabajaron o trabajan con retribuciones acordes con la responsabilidad de las tareas asumidas, para dárselo sin exigencia de contrapartida alguna a aquellos que optan por no trabajar o hacerlo en negro para no perder el subsidio. Pero en fin, las pretensiones de este editorial están mucho más acotadas que la de introducirnos en la problemática social del país. Se limitan a la intención de transmitir nuestra solidaridad con el trabajador de la prensa por el mal momento vivido, tratando que este mensaje llegue a quien le tocó en esta oportunidad sufrir en carne propia el descontrol y la violencia en que estamos viviendo.

Y para el agresor, llegue también el repudio que merece por su proceder. Quien haya presenciado los hechos filmados, podrá observar que primero quedó registrada en la cámara una especie de travesura de un adolescente que recogiendo una piedra del piso, la tiró hacia un grupo de parciales del otro equipo. Aparente y afortunadamente el cascotazo no tuvo consecuencias, pero la eventualidad de consumar un homicidio debió ser ponderada por este David montevideano del Siglo XXI. Y enseguida, el rapto de salvajismo del fortachón que con un fierro en la mano, se abalanzó, no contra la persona del camarógrafo, sino contra su cámara a la que pegó con saña propia de la expresión de violencia que se vio claramente que crecía a medida que asestaba un golpe tras otro.

No es fácil encontrar la figura típica que además del delito de violencia privada por el que fue procesado y el de daño, encuadre en el marco de la responsabilidad penal más severa. Pero quien haya presenciado la filmación convendrá en que una actitud de esa ferocidad es una demostración de inadaptación social de un sujeto con características peligrosas para la convivencia. No estamos pidiendo la cabeza de nadie, pero si a un rapiñerito de panadería se le imputa nada menos que rapiña -y está bien que así sea si se dan las condiciones que exige la ley penal- a quien la televisión mostró como una persona ya formada con una tendencia imparable al descontrol, no se le puede dar un tratamiento benévolo. Los antecedentes tendrán que pesar.

Son hechos de todos los días, pero cuando trascienden, dan jugo para la reflexión.

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