Como suele suceder con cada tema en Uruguay, apenas se conoció el resultado de la reciente elección en Hungría, aparecieron 3 millones de expertos en la vida y obra de Víctor Orbán, el hombre que manejó con puño de hierro los destinos de ese país europeo durante los últimos 16 años.
Más allá de lo irritante que puede resultar ver a gente que lo más cerca que ha estado de un libro ha sido pasar caminando por la puerta de la Biblioteca Nacional, dictando cátedra sobre geopolítica europea, el caso definitivamente amerita la atención. Porque toca varios temas centrales que están impactando al mundo hoy, desde la crisis de representación política global, a la guerra de Ucrania, pasando por el aparente boom de los líderes de eso que algunos llaman “ultraderecha”.
Para intentar acercarse a un fenómeno, a entenderlo que es la función del periodismo (también del de opinión), es importante profundizar en sus orígenes. Y los orígenes políticos de Víctor Orbán son casi tan interesantes para comprenderlo, que todo lo que está detonando su derrota.
Es que Orbán comenzó como un líder estudiantil liberal, que se oponía al despotismo de los gobiernos títeres de la Unión Soviética en los años 80 y 90. Hay que recordar que Hungría protagonizó uno de los alzamientos más heroicos allá por 1956 contra la influencia soviética, ferozmente aplastado por el imperialismo comunista.
A partir de allí generó una carrera política fulgurante. Declarado admirador del movimiento anticomunista polaco “Solidaridad”, de Lech Walesa, lideró una camada de jóvenes idealistas cuyo florecer político coincidió con el derrumbe del Muro de Berlín. En 1998 logró por primera vez llegar al gobierno, luego tuvo un período en “el llano”, para volver en 2010 y mantenerse hasta hoy.
Pero en algún momento algo hizo un click en Orbán, que pasó de ser un joven idealista muy opuesto a la influencia rusa en su país, a convertirse en el “topo” oficial de Moscú en la Unión Europea. Además, su mirada ideológica viró radicalmente, hasta proclamar orgulloso que lideraba un gobierno “iliberal”, y dedicarse a confrontar con la agenda social que en buena medida viene impulsando en el mundo su némesis y compatriota, el magnate George Soros.
Este nuevo Orbán no sólo hostigó a la prensa, vulneró todos los pesos y contrapesos de la democracia húngara, sino que en los últimos años ha sido un aliado incondicional de Vladimir Putin. En los días previos a la elección, se difundieron audios privados de su canciller hablando con jerarcas rusos, que dejan en evidencia una verdadera situación de vasallazgo, no muy distinta a la que Orbán combatió en su juventud.
También se convirtió en el póster que han usado todos los líderes de izquierda global, esos con los que en breve se va a juntar nuestro presidente Orsi en España, para apuntar a una avanzada ultraderechista que amenaza la democracia. Un detalle curioso, las tres dictaduras que hay hoy en América Latina son de izquierda, sus mandatarios se han reunido a los abrazos y risas con muchos de estos líderes que van ahora a España, y ninguna agencia de noticias europea los ha tildado nunca de “ultraizquierdistas”.
¡Ah! Y a diferencia de todos ellos, Orbán perdió las elecciones, lo admitió, y se fue para su casa.
Pero el cambio de gobierno en Hungría tiene un impacto mayúsculo para la geopolítica europea. Debido al poder de veto que tiene la UE en su organización, Orbán frenaba todo empuje que apuntaba a fortalecer su postura frente a la agresión rusa. Desde la incorporación de Suecia o Finlandia a la OTAN, pasando por envíos de armas o dinero a Ucrania, o incluso la imposición de sanciones más severas contra Moscú.
A partir de ahora, con la llegada de un mandatario mucho más pro europeo como Péter Magyar, el clima cambiará radicalmente en esa zona del centro de Europa, que durante siglos ha sido frontera con el mundo otomano primero, y ruso después.
Pero hay algo más profundo y global que deja este cambio de gobierno en la lejana Hungría. Y es que deja en evidencia lo caduco de muchas definiciones políticas que se usan hoy. Las contradicciones de Orbán, alguien que surgió como paladín de la libertad, y mutó a aliado de Putin, que defendía el nacionalismo, pero siempre dentro de la Unión Europea y la OTAN, alguien que combatía la influencia poco democrática de muchas ONG y agencias globales, pero que usaba a oligarcas prebendarios para comprar los medios de comunicación y hostilizar a la prensa libre. La derrota de Orbán es buena noticia. Pero hay que leerla con atención y dejando de lado etiquetas con olor a naftalina.