Tembladeral de las ideas

Buenos Aires, 27 de marzo. La edición dominical del matutino Clarín (600.000 ejemplares) no puede distribuirse porque piquetes del sindicalismo peronista bloquean la planta de expedición de ese diario. Una medida similar, aunque más breve, afecta el mismo día a La Nación. Ambas publicaciones mantienen una actitud crítica frente al gobierno y la dirigencia de la central obrera CGT.

La Plata, 29 de marzo. La Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de esa localidad bonaerense, otorga el premio "Rodolfo Walsh" -creado para destacar la excelencia periodística- al presidente venezolano Hugo Chávez por "su aporte a la comunicación popular".

La gravedad del bloqueo a Clarín fue desestimada por el jefe de la CGT y por la ministra argentina de Seguridad, achacándolo a una protesta de trabajadores gráficos en conflicto con la empresa, por presuntas dificultades para desarrollar su actividad sindical en ese periódico. La Justicia ordenó dos veces que la policía liberara el domingo 27 la planta de distribución, pero el gobierno no obedeció ese mandato y negó que el incidente afectara la libertad de prensa. Sin embargo el episodio provocó un revuelo a escala internacional y la condena emitida por las notabilidades más prestigiosas del periodismo argentino.

Quienes premiaron a Chávez no tomaron en cuenta que ese gobernante ha clausurado radios y canales de televisión, limitando asimismo los márgenes informativos de la prensa venezolana, y tampoco hablaron de libertad de expresión. Concedieron el trofeo a un hombre que dijo: "no seremos tan irresponsables de seguir dándole concesiones a un grupo de personas para que usen el espacio radioeléctrico -que es del Estado, es decir del pueblo- contra nosotros mismos". Esa afirmación confunde al Estado con el gobierno y propone como estrategia deseable el otorgamiento de ondas solo a quienes piensen igual que él. No obstante, en la fundamentación del premio se aclaró que Chávez lo recibía por "atacar la idea de la comunicación como una mercancía y afianzar las posibilidades comunicativas del pueblo".

Esa argumentación incurre en otras confusiones, califica como mercancía al periodismo independiente y ensalza como posibilidad comunicativa la de un pueblo al que se pretende hacer oír una sola campana. Seguramente los redactores del texto creen que la comunicación se dignifica cuando la mercancía es vendida solamente por el gobierno, como ha ocurrido bajo el stalinismo, el maoísmo, el castrismo y tantas otras formas de fascismo que ha sufrido el mundo, extremos en los cuales hablar de libertad de prensa es perder el tiempo. La Argentina, sin ir más lejos, ha conocido antecedentes del caso Clarín, porque en 1951 el mismo partido político que está hoy en el poder, expropió el diario La Prensa y desde entonces se caracterizó por olvidar el tema.

A esta altura, el manejo de ciertos valores ya es un tembladeral, porque se desvirtúa el sentido de las palabras y por lo tanto se enmascara el significado de los actos en que se invocan esos valores, entre los cuales figura la verdad. Ante las dos situaciones que tuvieron lugar en la Argentina durante el curso de tres días, el observador común queda perplejo y no sabe qué pensar, ignora dónde está la opinión honesta y dónde están en cambio la simulación, la falacia, el doblez político o la complicidad. Ciertos regímenes exhiben una fachada progresista, pero favorecen por detrás de ella un autoritarismo y una intolerancia que se expresan en la guerra contra quienes discrepan con el discurso oficial.

Y sin embargo en esa discrepancia se juega el futuro de la libertad, el de la cultura republicana y el del espíritu democrático. Porque se trata del mismo derecho a discrepar que el ciudadano ejerce en la vida personal, familiar, profesional, educativa o social, y debe defenderse en la vida política si no se quiere que toda una comunidad termine aplastada bajo la losa de la domesticación, matando así "las posibilidades comunicativas del pueblo".

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