Vivimos en un mundo en donde la tecnología al servicio de la mejor convivencia social está al alcance de la mano. Sin embargo, hay que ser conscientes de que esa tecnología puede también quedar al servicio de políticas de control antidemocráticas, por lo que se debe extremar la atención ciudadana sobre la limitación y el control de sus usos. El asunto parece teórico, pero es bien real: en el último libro del famosísimo Yuval Harari, “Nexus, una breve historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA”, editado en 2024, hay un ejemplo concreto sobre la dictadura iraní que hiela la sangre porque parece sacado de una película de ciencia ficción.
En efecto, la tecnología de vigilancia impulsada por una inteligencia artificial puede derivar en un mayor control de parte de regímenes que limitan la libertad de los ciudadanos. Narra Harari que el 8 de abril de 2023 el jefe de la policía iraní anunció que a partir del 15 de abril de ese año una nueva e intensa campaña habría de aumentar el empleo de tecnología de reconocimiento facial. En concreto, los algoritmos pasarían a identificar a las mujeres que decidieran no llevar velo mientras viajaban en un vehículo, y como consecuencia les enviaría un mensaje automático a sus celulares. Si las mujeres en cuestión reincidían en el delito, se les ordenaría inmovilizar sus coches durante un período predeterminado y, si no cumplían con el mandato, se les terminaría por confiscar el automóvil.
Dos meses más tarde el sistema automatizado había enviado casi un millón de mensajes de aviso a mujeres que habían sido reconocidas y que no llevaban velos en sus cabezas en sus coches privados. Esto quiere decir que la tecnología fue capaz de determinar que la persona era una mujer; quién era efectivamente; y pudo asociarla con un número de teléfono personal. No contento con eso, fueron cerca de 140.000 los mensajes que luego ordenaron la inmovilización de los vehículos durante dos semanas; y el Estado iraní confiscó dos mil coches y terminó enviando a juicio a más de cuatro mil “infractoras reincidentes”. Explica Harari que las sanciones fueron incluso mayores, ya que a raíz de esta vigilancia tecnológica masiva se suspendió o expulsó de las universidades a gran cantidad de mujeres que habían conducido con su cabellera sin tapar; a otras, por el mismo motivo, se les negó asistir a exámenes universitarios y se les prohibió accesos a servicios bancarios y al transporte público.
Alguien podrá decir que este asunto del mayor control refiere a una dictadura sangrienta como la iraní, y que en definitiva el problema no es el de la tecnología sino el del régimen político concreto en el que se vive, y que esas cosas no ocurren en democracia. Infelizmente, quien así piense está en parte equivocado, ya que el caso del gobierno de Trudeau en Canadá trae consigo un ejemplo tremendo y parecido de utilización de la tecnología de manera ilegítima contra los ciudadanos: al enfrentar una protesta masiva de camioneros, Trudeau llegó a clausurarles cuentas bancarias y a enviar gente a la cárcel por el simple ejercicio de la libertad de expresión.
También, por estos días se están masivamente conociendo los manejos completamente antidemocráticos y censuradores que hicieron que gobiernos como el de Trudeau, o el de Biden en Estados Unidos, por ejemplo, utilizaran a las redes sociales con el fin de aplicar una propaganda digna de cualquier Estado autoritario, para limitar los debates y desinformar acerca de las consecuencias de la pandemia del Covid-19, en plena crisis y cuando muchos de esos países estaban además aplicando cuarentenas obligatorias y políticas durísimas. La tecnología de la información estuvo así al servicio de objetivos completamente desnaturalizados de lo que son los principios de una democracia, tal como lo reconoció recientemente Mark Zuckerberg, el dueño de Facebook: na- die fue preso por ser mujer y dejar sus cabellos al viento dentro de su vehículo como en Irán, pero sí que se utilizó el miedo y la desinformación para operar un experimento social inconcebible, como fueron las cuarentenas obligatorias, que hicieron muchísimo daño económico, social y sanitario en el mundo entero y sobre todo en los países centrales de Occidente, que fue donde más se aplicó.
La tecnología puede ser un instrumento formidable al servicio de mejoras en seguridad y transparencia. Pero debe ser controlada y limitada por los poderes democráticos si no queremos caer en una convivencia social propia de una ciencia ficción orweliana.