En el barrio La Comercial, sobre el mediodía del jueves 14 y en un solo episodio delictivo, un grupo de rapiñeros mató a dos personas, el dueño del comercio asaltado y un vigilante de la cuadra que tenía 21 años. Unas horas después, otros asaltantes mataron a tiros a otro comerciante, esta vez en el Cerro. Hasta hace algunos años, Montevideo era una ciudad a la que podían faltarle las gratificaciones cosmopolitas, los perfiles de modernidad y los privilegios culturales de otros centros más grandes, pero conservaba el rasgo invalorable de su placidez y los márgenes de seguridad que permitían a la gente vivir con algunos valores asegurados, entre los cuales figuraban el derecho a la integridad personal, a la tranquilidad familiar, a la circulación despreocupada, a la confianza en el prójimo y a la paz social, lejos del miedo colectivo, el recelo general, el obligado cambio de los hábitos de vida y el estado de alarma ante la violencia criminal que afligía a otras ciudades. Esas garantías ya se evaporaron.
Ahora, el 60% de la población montevideana opina que la inseguridad es el mayor de los problemas que la afectan, y el 74% sostiene que la política del gobierno en materia de seguridad es mala o muy mala. Son porcentajes abrumadores, capaces de sobresaltar a las autoridades y de explicar las rejas en puertas y ventanas, pero también son suficientes para desmentir a quienes afirman que la inseguridad es una sensación magnificada por el destaque que, según ellos, están dando los medios de comunicación al fenómeno de la delincuencia. Esa suposición se hace pedazos frente a otras cifras: durante el año 2010 se denunciaron en esta capital 2.224 delitos (es decir, 6 por día) sin considerar que según estimaciones oficiales hay un 40% de delitos que no se denuncian, con lo cual esos números casi deberían multiplicarse por dos para llegar a la magnitud real del panorama. El cálculo permite comprender la queja del carnicero que en el informativo del lunes 18 denunciaba haber sido asaltado tres veces en los últimos quince días.
La imagen que tienen los montevideanos sobre la amenaza delictiva que los asedia, es la de bandas juveniles -a menudo integradas por menores y cada vez más numerosas- cuyo desenfreno consiste en atracos a mano armada cometidos mayormente contra comercios, aunque también contra casas de familia o particulares en la calle. El motor principal de esas agresiones consiste en la urgencia por conseguir dinero para comprar drogas, y aunque las generalizaciones no sean un método recomendable, en estos asuntos parece cada día más una conclusión admisible, porque el consumo de estupefacientes crece a un ritmo pavoroso y las bocas de venta de esos productos se multiplican con similar velocidad. En esta ciudad que alguna vez fue apacible, el desmesurado poder económico del negocio de la droga ha desembarcado en gran escala y ha conquistado a los sectores menos ilustrados y más empobrecidos de la sociedad. No será fácil desalojarlo y tampoco controlar su expansión.
Con un ojo puesto en la dinámica de esos procesos, ante Montevideo se levanta el fantasma que ya azota a otras ciudades del hemisferio, desde las favelas cariocas hasta las barriadas mexicanas. El infierno puede estar a la vuelta de la esquina y no hace falta exagerar, ni enfatizar el problema, ni criminalizar indebidamente a nadie, para prever que si el deterioro que vive hoy esta capital en esa materia sigue avanzando en el futuro cercano, los episodios como aquellos de las tres muertes en un día, se reproducirán sin freno. Cuando se comparan los riesgos que podían enfrentarse hace veinte años -sin ir más lejos- con los que se presentan hoy, parece una tarea sencilla calcular los peligros que se correrán en los años próximos. No es necesario ser pesimista sino que basta simplemente con ser realista para contemplar lo que está ocurriendo y sacar algunas conclusiones. La evolución natural de ciertos cuadros confirma lamentablemente esos pronósticos.