Sobre la democracia

Hablar mal de la democracia es una actitud que nace con el comienzo mismo de este sistema y continúa hoy en día. Quizá influya en ella un cierto grado de soberbia que impulsa a algunos sectores intelectuales o de decadente aristocracia, proclives a desautorizar todo lo que huela a imposición popular.

Pero también están, desde luego, quienes asumen su defensa, reconociendo sus fallas, sobre la base de perfeccionar la aplicación de los principios que forman parte de su esencialidad irrenunciable.

En esta última posición se encuentra el filósofo español Rafael Alvira, entrevistado recientemente por F. Llambías para El País. El catedrático de la Universiad de Navarra no vacila en afirmar que "existe un cansancio ante la democracia... porque promete mucho y cumple poco".

A pesar de que el triunfo de las democracias occidentales ante el desafío del nazi fascismo le valió un período de merecido prestigio, poco después volvió a ser cuestionada a partir de la difusión mundial de las corrientes ideológicas y políticas afiliadas al marxismo leninismo.

Algo que en estos tiempos se está viendo. Todos somos conscientes de que la democracia tiene debilidades e imperfecciones pero los totalitarismos no tienen empacho alguno en señalarlas y exagerarlas buscando, por esa vía, abrirse paso en la voluntad popular y llegar al poder, sin desechar el uso de las armas.

Otros, en cambio, como queda señalado, siguen confiando en sus virtudes intrínsecas e intentan corregir sus fallas.

Es la postura de Alvira. Para este autor, en efecto, el sistema al otorgar un peso al sufragio, puede suceder que el elegido por las urnas se crea poco menos que investido por un poder sacrosanto que le permite hacer, deshacer y controlar todo discrecionalmente. Este camino puede conducir a la corrupción. Puede, dice Alvira, controlar e inducir a los otros poderes del Estado mediante la política del amiguismo con el P. Judicial o de las listas cerradas para elegir parlamentarios. Y llegar a controlar, a los medios de comunicación de tal modo que incluso los mitines, las concentraciones y los movimientos de masas se digitan y manipulan según su conveniencia.

Esta visión realista y pesimista no tiene valor general: no es aplicable a los países anglosajones, porque en ellos no impera la tradición del Estado absorbente, sino a aquellos otros donde el Estado está en poder de una izquierda radicalizada que sólo respeta de la democracia sus apariencias formales.

Habría que poner en el banquillo de los acusados, también, a la acción sindical desmedida, con sus enfrentamientos incesantes a quien se oponga a sus intereses y su desconocimiento del origen electoral de las autoridades cuando tratan inútilmente que sus medidas de lucha no afecten esenciales derechos de la colectividad.

En la permanente corrección de cualquier desvío, sostiene Alvira, no hay que olvidar la vigencia de los valores permanentes de la democracia: la defensa de la libertad, la necesidad de garantizar cierto grado de igualdad y la constante lucha por la justicia social.

El ser humano no es infalible y, por ello, debe ajustar su conducta a normas limitantes y encauzadoras. Más que nunca debe adaptarse la técnica del ensayo-error, ensayo-error y, así, hasta llegar a lo mejor.

Porque la democracia -como sostiene F. Fukuyama- es el punto que señala el fin de la historia política de la humanidad. Es el ápex al cual se dirige toda sociedad, pues ha superado a todos los regímenes que la han precedido y porque, cuando es circunstancialmente derrotada, no se vislumbra otra salida a esa crisis que el regreso a su vigencia.

La lección de los hechos que ocurrieron en el S. XX confirma la certera opinión de Winston Churchill, emitida en plena lucha contra el nazi fascismo:

"La democracia es el peor de los regímenes existentes... salvo todos los demás.

No olvidemos el legado del sabio político inglés.

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