Sensibilidad, política y realidad

El debate sobre el famoso “impuesto a los ricos”, no termina de apagarse, pese al empeño del presidente Orsi y su ministro de Economía. Se trata de una verdadera tragedia, ya que cada día que el tema sigue en el tapete, es dinero que se va, o que no viene al país, dañando las posibilidades reales de progreso personal, de muchos compatriotas.

Pero en los últimos días, los impulsores de esta propuesta funesta, apelaron a uno de sus elementos más simples, y por ende, errados. Hablamos del sentimentalismo.

Una columna publicada en el semanario Búsqueda, e inmediatamente replicada por todos los diletantes de fogonean esta idea, esbozó la línea de pensamiento que se busca imponer. Allí, la articulista apelaba a una sobredosis emotiva como herramienta de convencimiento, señalando que “¿Tenés hijos? Bueno, cerrá los ojos e imaginate a tu hijo acostándose con la panza haciendo ruido, en una cama sin abrigo que probablemente comparte con alguien más, muerto de frío de mañana cuando va a la escuela con apenas más ropa que la túnica, viviendo en una casa de chapa y piso de tierra”. No contenta con este comienzo, el cierre de la pieza era todavía más efectista. “No sé si este es el camino, quizás haya otros y mucho mejores. Pero si los 25.000 uruguayos más ricos no están dispuestos a repartir un poquitito de lo suyo para que 1 de cada 3 niños deje de ser pobre, pero qué tristeza.”

Parece mentira, pero hay que empezar por una obviedad. ¡Y sí, claro que la pobreza es terrible! ¡Vaya novedad! Es insólito que haya gente que se crea tan superior moralmente, que piense que el resto de sus conciudadanos necesita que le recuerden los impactos trágicos de este flagelo, para convencerlos de una determinada política pública. Si sabremos los uruguayos lo que es la pobreza, que permitimos que el estado cada año se nos quede con proporciones impúdicas de nuestros ingresos con el fin de enfrentarla. Con los resultados que conocemos.

El problema siempre con la izquierda y los socialismos es que confunden los medios con los fines. Todos en Uruguay queremos que no haya niños con hambre, el problema es que no compartimos que esa propuesta, sea el camino para evitarlo.

Y no es por falta de humanidad, ni solidaridad. Es por conocimiento económico, y experiencia histórica.

Sobre el conocimiento económico, los expertos han dado detalles más que contundentes de que este tipo de medidas, basadas en datos falsos como que hay 25 mil “millonarios” en Uruguay, (que la columnista da por buenos) nunca han logrado el fin que se proponen. La experiencia histórica, por otro lado, muestra que en los países que se intentó este tipo de políticas, desde la Francia de Hollande, a la Argentina kirchnerista, no sólo no se recaudó lo que se creía, sino que por el contrario, el Estado recaudó menos.

Pero hay otro tema clave que también la experiencia destruye de forma implacable. El sentimentalismo, la apelación a criterios de emotividad exacerbados, jamás en la historia sirvió para ejecutar políticas públicas.

A tal punto, que los socialismos de los años 60 y 70 debieron reconocerlo, y apelaron incluso a rediseñar al ser humano, con aquella pedantería criminal del “hombre nuevo”, para intentar aplicar sus recetas políticas.

La realidad es que el ser humano es como es. Describirlo, calificarlo, criticarlo, puede ser muy útil en foros sicológicos, en “talk shows” de la tarde, o en tertulias de periodistas acomplejados.

Pero cuando uno diseña políticas públicas, tiene la obligación de asumir la realidad tal cual es.

La gente maneja su dinero con criterios profesionales, contrata gente que responde por esos criterios, y va a poner su capital donde la rinda más y le genere mayor ventaja. A nivel humano, es claro que mucha de esa gente, de forma libre y voluntaria, apuesta a apoyar a las causas sociales que cree más beneficiosas. Y de hecho estas ayudas suelen ser mucho más eficientes (y honestas) cuando se hacen en forma directa, que cuando es extraída a prepo por el Estado, y distribuida por un burócrata que no responde por los resultados de sus acciones.

Pero cuando se analiza un impuesto, como cualquier política pública, hay que ver de manera fría y objetiva los efectos reales que eso genera en la sociedad, separándolo de manera muy clara de las intenciones y gustos de quien lo implementa. No hace falta leer a Maquiavelo (que nunca está de más), alcanza con leer la historia reciente. Donde sobran los casos de aquello de que “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.

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