La pregunta del título parece de respuesta obvia si desde esta riba del Río de la Plata nos atenemos a la historia de los últimos ochenta años de nuestro vecino: un carrusel de emociones, con altos y bajos estruendosos que nos hacen suponer que ni sus crisis son eternas ni sus mejoras son sostenibles en el tiempo.
No obstante, intentar una respuesta consistente esta vez es muy importante porque estamos ante un tiempo internacional muy diferente al de décadas pasadas, y porque Brasil por su lado también tiene una definición política relevante con su elección presidencial del próximo octubre. El problema a entrever en el horizonte argentino es doble: a sus dificultades económicas se suma una incógnita política que recién se develará del todo con su elección presidencial del año que viene.
En primer lugar, la dimensión económica no termina de afirmarse en un camino de alto crecimiento y largo aliento. Es cierto que hace meses que financieramente Buenos Aires luce tranquila, y que sus planes de cumplimiento de sus desafiantes compromisos de deuda externa dan certezas al mercado. Sin embargo, es evidente que parece asentarse una economía a dos velocidades. Hay sectores que crecen y muestran su potencial cuando hay reglas claras para la inversión, como el energético girando en torno al petróleo y al gas natural o como el agroexportador. Pero hay otros sectores que no terminan de encaminarse y que tienen fuertes repercusiones electorales, como por ejemplo los vinculados al consumo interno de las grandes metrópolis. Algunos están en recesión, como el comerciante minorista. Y el salario real inició este 2026 a la baja.
Está el riesgo de siempre de Argentina: su encarecimiento en dólares, percibido ya por todas partes. Trae enormes problemas de competitividad en materia de exportaciones, con su repercusión negativa sobre el crecimiento y el empleo. De hecho, varias encuestas señalan que tanto el desempleo como de nuevo y casi siempre la corrupción, empiezan a ser los dos mayores temas de preocupación de la opinión pública.
En segundo lugar, a esta economía que en los últimos 18 meses sufrió una inflación en dólares cercana al 60%, hay que agregarle las previsibles dificultades políticas que vendrán este año sobre todo con el horizonte de la elección presidencial en la primavera de 2027. ¿Acaso es hoy fácilmente pronosticable un triunfo reeleccionista de Milei? ¿O las dificultades políticas dentro de su propio campo y el malhumor social que empiezan a percibirse por causa de una inflación que parece estancarse en el eje del 30% anual y de un desempleo que no baja, instalan, desde ya, una gran interrogante para el año que viene? Si no gana Milei, ¿vuelve el peronismo-kirchnerista a dirigir la Casa Rosada?
La perspectiva de un posible triunfo peronista congela automáticamente toda decisión de inversión de parte de actores internacionales que están dispuestos a llegar a Argentina y participar de su crecimiento y de su esperanza de un futuro mejor, siempre que se les garantice que no se repetirán los años en los que desde el poder no se respetaban las mínimas reglas económicas de mercado. Y ese congelamiento termina teniendo consecuencias sobre la Argentina actual: se transforma en una profecía autocumplida, ya que al paralizar el impulso económico de estos meses finales de la presidencia de Milei termina complicando su posible reelección de 2027.
Una Argentina cara, demorada en decisiones importantes por causa de la presidencial de 2027, y con un riesgo político tanto más acuciante cuanto la opinión pública interprete que la vuelta kirchnerista al poder es posible, genera consecuencias muy negativas para la región. Por un lado, el riesgo de la devaluación del peso argentino desestabiliza tanto el comercio como los flujos turísticos hacia Uruguay. Por otro lado, la apuesta de Estados Unidos de contar con un socio fuerte en Argentina exige que Buenos Aires continúe a buen ritmo por una senda de normalización que, infelizmente, parece haber entrado en un período de expectativa prudente, algo así como un “wait and see” (esperar y ver) con relación a la presidencial de 2027.
Hay una posible sinergia positiva para Argentina y es que el resultado de la elección presidencial en Brasil le sea políticamente favorable con un triunfo de Flavio Bolsonaro, y que por lo tanto el humor regional sea propicio a la línea de Milei para 2027. Sin embargo, con eso no alcanza para afirmar, hoy, que la estabilización argentina tiene su futuro asegurado.