Un ritual de nuestra democracia, que a veces pasa inadvertido, ocurre cuando la Asamblea General procede a la apertura del Segundo Período ordinario de la actual legislatura. Con una sencilla ceremonia, el domingo pasado se dio comienzo al nuevo año legislativo. A eso se sumó, anoche, la concurrencia del presidente de la República, Yamandú Orsi, a la Asamblea General para brindar su balance del primer año de gestión.
La Constitución requiere que el presidente presente su informe anual a la Asamblea, y eso suele cumplirse con la entrega de un detallado documento escrito. Desde que volvió la democracia, el presidente Luis Alberto Lacalle Herrera fue el primero en ir personalmente y cumplir de ese modo con el requisito. No todos los presidentes adoptaron esa modalidad, y el último en concurrir fue el expresidente Luis Lacalle Pou.
Ya llegará el momento de hacer un argumentado análisis de lo dicho por Orsi ya que el presidente aún estaba hablando en el momento de entregar este editorial. Sí en cambio, es bueno enfatizar la importancia de ambas ceremonias. Con sobria solemnidad, estos rituales repetidos año tras año sirven para recordarnos del rol crucial de las instituciones que otorgan estabilidad y continuidad a nuestra democracia y garantizan nuestras libertades.
Al ofrecer el presidente su balance anual a la Asamblea, no solo le habla a los senadores y diputados presentes en sala, sino al país entero en la medida que ellos representan a todo el abanico político, a todas las distintas formas de pensar.
El presidente defiende su gestión y destaca la labor de sus ministros y de su partido en el gobierno, pero al hacerlo ante la Asamblea, quiere que su mensaje llegue no solo a sus votantes sino también al resto del país. Importa señalar esto en una época en que vemos en el mundo un desprecio a estas prácticas con democracias simplificadas, a veces en manos de populistas patoteros.
Por eso hay que valorar estos ritos, más cuando el acontecer político por momentos se crispa y la relación entre gobernantes y opositores se vuelve tensa.
Es bueno saber que para ventilar tales choques hay un lugar donde deben respetarse las reglas para disentir y discrepar sin que la sangre llegue al río. Los tiempos que vivimos, no solo en Uruguay sino en el mundo, están llevando a reclamos a veces exasperados, para que los gobiernos (sean de derecha o de izquierda) actúen con energía avasalladora o, como decía Cristina Kirchner, a “ir por todo”.
Esa intransigencia, principista en la retórica y autoritaria en los hechos, es un reclamo que se reitera en las redes, pero no en las urnas, que es donde se dirime como conformar el Parlamento y como repartir las cuotas de poder. Y vaya que son repartidas en Uruguay. Al punto de que, a veces con más eficacia y otras con más timidez, es desde el Parlamento que se ejerce un cierto control a los desbordes del Ejecutivo.
Sin embargo, desde algunas redes lo que se pide es que efectivamente haya desbordes y se culpa al Parlamento de tibieza. En realidad, quien decide que así sea un Parlamento es el votante, que no se vuelca masivamente a una única y abarcadora acción. Vota a partidos que a su vez tienen fracciones. Obliga a formar coaliciones que implican acuerdos entre partidos y grupos que tienen similitudes, pero no son iguales.
Por eso, el arte de hacer política en una democracia es presentar iniciativas, discutirlas, negociar, avanzar, ceder y acordar. Primero hacia adentro de los partidos que integran el gobierno y luego hacia la oposición. Nada de esto quieren los que reclaman unanimidad populista y autoritaria.
Para los que evalúan la marcha de la democracia a nivel global, Uruguay figura entre las pocas “democracias plenas” en el mundo. Hoy, que está de moda despreciar su sano pero complejo funcionamiento, este es un valor que el país debe preservar aunque la tendencia mundial vaya en otro sentido. Por eso, el inicio de un nuevo período legislativo el domingo y la presencia anoche del presidente, es un hecho que merece resaltarse. Seducen las promesas mesiánicas de conductores que, si bien fueron elegidos, luego imponen sus reglas y aunque resuelvan problemas acuciantes, terminan por transformarse en déspotas liberticidas que van cambiando desde su poder las reglas de juego. Los ritos ocurridos en estos días nos recuerdan que las instituciones en un Estado de Derecho tienen sentido, garantizan nuestros derechos y libertades y nos consolidan como sociedad democrática, respetuosa de las reglas y tolerante en sus diferencias.