La observación fue ingeniosa y la hizo el flamante diputado Gerardo Sotelo, apenas se conoció el resultado del último balotaje: la vieja consigna de “dato mata relato” se vio superada por la realidad. Al día siguiente de la elección pidió en X que “no lo repitamos más: definitivamente los datos no matan los relatos. No tienen cómo”.
Las noticias recientes siguen abonando esa gran verdad. La ministra de Economía saliente Azucena Arbeleche ha comunicado logros históricos de la gestión coalicionista: 111.304 nuevas fuentes de trabajo creadas. Contra la repetida y mentirosa cantinela frenteamplista de que no son puestos “de calidad”, aclaró que la tasa de informalidad es del 21,7%, contra el 25% que exhibía en 2019. Aumentó el salario real un 2,7% por encima de 2019 y la inflación cerró en 5,5%, contra el 8,8% que dejó el último gobierno del FA. La masa salarial alcanzó un máximo de varias décadas, un 6,6% por arriba del valor prepandemia. El país accedió a la nota crediticia más alta de su historia, y todo esto a pesar de la pandemia, la sequía y la diferencia cambiaria con Argentina.
Pero el relato fue más convincente para la mayoría ciudadana.
Una declaración reciente del senador Sebastián Sabini da cuenta de la imposición de un pensamiento binario más propio de barrabravas que de dirigentes políticos: “Yo me pregunto, si los números de la economía están tan bien, ¿por qué perdieron?”.
Este es el tipo de comentarios que menosprecia el dato y construye el relato.
Lo que cabe preguntarse es hasta cuándo los partidos fundacionales seguirán concentrándose en la razón y dejando la emoción en poder exclusivo del adversario.
Una noticia publicada por este diario hace un par de días es reveladora en tal sentido.
Se encuentra en etapa de preproducción una serie televisiva sobre la fuga del penal de Punta Carretas perpetrada por el MLN Tupamaros en 1971. Es un proyecto que la industria audiovisual viene manejando desde larga data y está muy bien que así sea: se trata de un sorprendente y significativo episodio de nuestra historia reciente, con ribetes espectaculares.
Lo complicado es el enfoque que ya se anuncia se dará a semejante hecho histórico. No se hará un revisionismo del período con el rigor académico que han demostrado autores como Heber Gatto, Alfonso Lessa y Leonardo Haberkorn. Se continuará el trillo iniciado por otros antecedentes como La noche de 12 años, de Álvaro Brechner, y Pepe, una vida suprema, de Emir Kusturica. Otra vez los productores cinematográficos apuntarán a una visión romantizada de la guerrilla tupamara. El director uruguayo del proyecto, el reconocido cineasta César Charlone, declaró a El País que la ficción se basará en el libro de Eleuterio Fernández Huidobro, el historiador oficial del MLN (lo mismo pasó con la anterior película de Brechner). Definió al episodio como “una historia apasionante de mi generación. Para mí el túnel (por donde escaparon los guerrilleros) simboliza muchísimo. Porque al final del túnel no estaba la libertad, estaba el sueño de una sociedad mejor, que era por lo que todos luchábamos en aquella época, cuando nos dejábamos el pelo largo, nos vestíamos sin corbata y nos peleábamos con nuestros padres”.
Leer esas palabras da un poco de cringe (expresión a la moda para referirse a algo parecido a la vergüenza ajena), porque uno no puede dejar de preguntarse si merecieron caer asesinados el chofer de Cutcsa, el peón rural y el sereno de Nibo Plast por aquel “sueño de una sociedad mejor”. Otra vez se edulcorará una revuelta que costó tanto dolor al país, como cuando en el documental de Kusturica, Mujica dijo que la ridícula y trágica toma de Pando terminó con todos tomando cerveza, o cuando sonrió admitiendo lo lindo que era entrar a un banco con una 45 en la cintura.
Mientras blancos, colorados e independientes seguimos informando de obras positivas para el país, la cultura frenteamplista prefiere propagar mensajes funcionales a un sentimentalismo barato y falaz.
Lo más complejo es que esa visión romántica de la nefasta violencia política del siglo XX también es funcional a lo que el público europeo presupone de nuestro país, con su visión idílica de América Latina como una especie de Macondo mágico donde los pueblos no hacen otra cosa que rebelarse contra villanos militares. Hay un mercado internacional para esos dislates y quienes abusan de las falacias históricas lo saben.
Tenía razón Sotelo: con tan exitoso relato, la verdad es que no hay dato que aguante.