Rehenes de un sindicalismo nocivo

Hace rato, tanto en nuestros editoriales como a través de algunos columnistas, que venimos señalando un grave problema que frena a Uruguay en su desarrollo y en mejorar la calidad de vida de su gente.

Nos referimos al movimiento sindical, convertido en una organización que se cree dueña del país, que pretende someter a la población a sus caprichos y nadie se anima a hacerle frente.

El sábado pasado, el columnista Oscar Licandro abordó el tema con frontal franqueza. “La joda sindical”, tituló su texto y párrafo a párrafo fue demostrando que efectivamente la dirigencia sindical tergiversó su tarea y la necesidad de que existan sindicatos, cuando se constituyó en “una oligarquía, que se ha apoderado de los sindicatos mediante mecanismos autocráticos de acceso al poder y de permanencia en él”.

Lo estamos viendo en la enseñanza, con una Fenapes que actúa desde un proselitismo donde lo único que no les importa, es educar. Los representantes de los docentes, confiesan que ni siquiera les gusta enseñar. Vaya paradoja. Todas sus agresivas medidas, tomadas sin la debida justificación, solo dañan a los estudiantes y en especial a los socialmente más vulnerables. Apenas en estas semanas, entre paros, feriados y otras causas, no solo se perdieron horas de clase, sino la continuidad del ritmo necesario para que la tarea educativa sirva. Será una generación perdida. Otra más.

La culpa la tendrá el sindicato, sin duda, pero también las autoridades, que no quieren ponerle freno, y una sociedad que les tiene miedo y prefiere callar. Ese miedo ayudó a los sindicatos a tener tanto poder. No es por respeto, prestigio, o aceptación de causas que serían justas. Ya no lo son. Licandro lo dice de modo gráfico con el caso de la Pesca. “La oligarquía que dirige el sindicato pesquero es una de las peores, caracterizada por prácticas mafiosas de apriete, chantaje y violencia física, incluida la afiliación obligatoria de todo marinero para poder trabajar”, y recuerda que “impiden salir a los barcos de las empresas que se niegan a cobrar el aporte compulsivo del 3%, que el sindicato exige a los marineros”. El listado de atrocidades es completo: afiliación obligatoria al sindicato, ilegal, inconstitucional y abusiva; obligación de la empresa de cobrar la membrecía al sindicato o se le hace paro (chantaje descarado); prácticas de tipo criminal que deberían contarse en la crónica roja y no en la mejor historia del sindicalismo.

Otro sindicato se adueñó de Ancap para impedir que su planta de pórtland, que hace más de dos décadas da cuantiosas pérdidas, cierre definitivamente como el sentido común lo requiere y el bien del país lo exige. No perderán su trabajo ni su sueldo, simplemente se aferra a la comodidad de trabajar en un lugar fundido y que para mantenerlo hay que sacar recursos de otras áreas. Cada vez que un ciudadano maldice por la suba de la nafta, de por sí muy cara, tendría que recordar que parte de ese precio solventa una actividad defectuosa.

¿A quién perjudica esta manera tramposa de hacer sindicalismo? Licandro lo enumera con meridiana claridad: “Toda esta joda sindical la pagan las personas más vulnerables, esas que la izquierda dice defender: el jubilado usuario del crédito social del BROU que paga elevadas tasas de interés; el gurí del asentamiento que no puede comprarse el mismo refresco cola que bebe el sindicalista; la pareja de jóvenes impedidos de comprar siquiera el monoambiente que el iluminado senador socialista quiere prohibir; la excelente funcionaria que se quedó sin ascender legítimamente porque no era la candidata del sindicato, los marineros que no pudieron navegar o las madres solteras que perdieron sus jornales en la planta procesadora de pescado”.

A esa izquierda sindical nada le importa. Solo quiere defender sus privilegios, bajo una retórica falsa, impostada, anacrónica y pasada de moda.

La actitud sindical, además de perjudicar al común de la gente, es el obstáculo que paraliza y estanca al país. Directorio tras directorio de Ancap, ninguno se anima a tomar la medida definitiva respecto al Pórtland. La dirección educativa no enfrenta a la Fenapes, las empresas prefieren comprar “paz social”, aunque solo potencian la capacidad de extorsión de los sindicatos. La población ya no compra sus cuentos, y prueba de ello es la baja adhesión que tienen los paros generales. Pero tampoco expresa en forma clara su rechazo.

Así estamos. Si esto no se enfrenta con energía y convicción, las cosas no pueden más que empeorar.

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