¿Quién atiende al bien común?

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En la semana antepasada, un profesor salteño de 64 años fue condenado a penitenciaría por abusos sexuales contra su nieta de tres años. En los mismos días, una modelo top de 27 años marchó a la cárcel al descubrirse que viajaba a Europa traficando drogas.

Por definición, la misión de todo profesor es educar en el respeto a la persona; y la función de toda modelo es inspirar pasión por la belleza y la elegancia. Lo que hicieron estos dos réprobos está, pues, reñido con la esencia ética y estética de sus respectivas profesiones.

La recuperación personal de los involucrados -que a eso debe tender toda pena, según dispone el art. 26 de la Constitución Nacional- solo puede esperarse de que, en el hacinamiento o en la soledad del ergástulo, adquieran conciencia de la magnitud legal y moral de las infamias en que incurrieron.

Pero a fuerza de repetirse, los delitos por sexo y por drogas ya no son asunto solo personal. Fracasó la promesa pseudocientífica de que las aberraciones y el tráfico de psicotrópicos iban a disminuir si se hablaba sin tabúes de lo erótico, si se liberaba las costumbres de toda sujeción y si dejaba de castigarse el consumo de drogas y, en cambio, se le abría una escotilla a la marihuana.

En el Uruguay hicimos el experimento entero. En los cortos años del nuevo proceso penal -nacido tras 14 cirugías legales- se han instalado, tan solo para el Departamento de Montevideo, 8 -ocho- Fiscalías de Delitos Sexuales, Violencia Doméstica y Violencia basada en Género. De ese octeto, una sola llegó a tener abiertos 900 expedientes, de los cuales archivó 220 -un 24,4 por ciento. Y más allá del entredicho injustificado e injusto que provocaron, esas cifras confirman que, como hemos señalado reiteradamente, el nuevo sistema de trabajo penal no da abasto.

Otro tanto ha pasado en materia de drogas. En la capital, tenemos 3 -tres- Fiscalías de Estupefacientes y no hay semana en que no se perpetren asesinatos por ajuste de cuentas entre traficantes.

Estamos ante una situación donde no podemos esperar la solución solo de la ley penal ni del Estado. La sociedad espontánea debe adquirir protagonismo, perocupándose por sembrar ideas y conceptos y dejando de pactar con el silencio.

Hay algo más grave aún: en el Uruguay de hoy, las drogas infestan a la sociedad al injertar adictos en todos los niveles socioeducativos, lo mismo en las llamadas clases altas que en las llamadas clases bajas. Los “saques” instalan vicios que arruinan no solo a los consumidores sino a sus familias, a sus allegados y hasta a sus compañeros de trabajo, infligiéndoles un cortejo de sufrimientos que les machacan el alma aun cuando no figuren en las estadísticas ni en los diagnósticos.

No hacen falta nuevos balances ni nuevas encuestas para que nos demos por enterados de que estamos ante un desbarajuste cultural que es muy anterior al Derecho Penal y que clama a gritos porque dejemos de distraernos: y en vez, encaremos la reeducación colectiva en principios y valores, volviendo a fundar e inculcar una idealidad firme arrancando de cuajo la maleza de los relativismos enclenques que empujan hacia la destrucción de nuestro modo civilizado de vivir.

Todas las cuentas hechas, es hora de revisar el efecto que produjeron los nuevos prejuicios importados y martillados. Es hora de darse cuenta de que ha nacido el deber de ampliar las conciencias, en vez de transar con su aniquilación. Es una cuestión de orden público, moral y espiritual.

Nada de esto se arregla haciendo que el Estado ceda a la grita crispada de colectivos que ululan en torno a una idea fija. En realidad, estamos en una situación donde no podemos esperar la solución solo de la ley penal ni del Estado entero. La sociedad espontánea debe adquirir protagonismo, preocupándose por sembrar ideas y conceptos, dejando de pactar con el silencio y la pereza mental.

Para enfrentar esta tragedia, habrá que iluminar la vida pública con ciudadanos libres que no se aglutinen mecánicamente por mera pertenencia. No estamos necesitando más unilateralidades fanatizadas sino una apertura a lo humano total, que, sin perdernos en la utopía de revoluciones futuras, nos empuje a asumir responsabilidades por el destino del prójimo, como enseñaron los fundadores lejanos y cercanos del mejor Uruguay que supimos construir por el artiguista “nosotros mismos”.

En la República, la atención por el interés general y el bien común no es tema que se entrega a los gobernantes. Es asunto de todos.

Nos reclama que volvamos a ser un semillero de pensamiento creador, sin dejarnos atropellar ni adormecer por modas mentales que nos vienen vaciando la esencia de nuestro quehacer y nuestro ser.

Nos impone recordar que el bien común es reflexión y misión que debe atender cada uno.

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